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Con motivo de los 90 años de Ernesto Cardenal, quisiera destacar su oportuno estímulo y apoyo decisorio en el inicio de muchos poetas de la generación de los 60. En mi caso, el grupo de Los bandoleros surgido en Granada (enero, 1963) tuvo en él un ídolo literario e incluso religioso. De ahí que, a raíz de la publicación de nuestro manifiesto, fuimos a conocerle en Managua y pronto nos elogió en un artículo por haber levantado “la bandera del sandinismo literario, denunciar las granjerías de los malos eclesiásticos y exigir la práctica de un cristianismo auténtico”. Luego nos remitió un mensaje más extenso, solidario y consagratorio.

Para entonces, Cardenal no se había ordenado de sacerdote (ceremonia que tuvo lugar el 15 de agosto de 1965) ni había fundado la comunidad de Solentiname, referencia nacional e internacional para sus miles de admiradores de casi todo el planeta. También para entonces confesaba la catolicidad esencial de la poesía nicaragüense contemporánea. Más aún: no disimulaba su aversión a “los poetas comunistas” que, según él, “no han podido escribir una buena poesía social en América Latina sino que han hecho una poesía débil y romanticoide, totalmente carente de sentido social, o bien, han hecho una poesía social, pero pedestre y ramplona, que no es sino propaganda versificada”.

Como se sabe, tras su viaje a Cuba en 1970, otra fue su hermenéutica de la existencia y del mundo; de manera que nos hizo admirar el socialismo a la cubana. Su conversión política, sin duda, había impactado a mi generación. El poeta, a punto de abandonar su pacifismo ghandiano —a lo Lanza del Vasto—, creía ciegamente que Fidel Castro aplicaba en su sistema de inspiración staliniana las doctrinas evangélicas. En este contexto, le consagré todo el número doble, 5/6, correspondiente a junio/julio de 1971, de El Güegüence, revistilla de doce páginas que editaba desde febrero del mismo año. Pues bien, en ese número monográfico apareció el ensayo de Gladis Miranda Arellano: “Ernesto Cardenal y el socialismo”.

Cardenal estaba en la cima de su fama y éxito editorial. Y no solo fuera de Nicaragua. Aquí los libros más vendidos de la librería de sus parientes (Los Chicanos), según anuncio inserto en El Güegüence, eran cinco de sus obras: Antología, El estrecho dudoso, Epigramas (con prólogo mío, por el cual la Editorial Lohlé de Buenos Aires, me había pagado 25 dólares), Salmos y Vida en el amor. Por eso no me extrañó que El Güegüence 5/6 se agotara muy pronto. De los 300 ejemplares que constó, 80 se adquirieron en una semana, más de cien en las siguientes, 60 se remitieron a suscriptores, 35 obsequié a los amigos y 20 envié al homenajeado, como lo había pedido.

El mismo Cardenal sería la figura más descollante de las actividades organizadas, desde el Consejo Superior Centroamericano (CSUCA), por Sergio Ramírez en San José, Costa Rica, septiembre del 71. En este país, asistí a su recital en la plaza de la Universidad de Costa Rica. Con su ya distintiva vestimenta —boina azul, cotona blanca y pantalón oscuro—, Cardenal convocó a casi mil estudiantes. Su voz resonaba emocionada en los altoparlantes, leyendo epigramas, salmos y poemas, antisomocianos y denunciadores. Cuando concluyó su lectura fue iniciado el diálogo. Cardenal respondía —seguro de sí mismo y a veces con sarcasmo— las preguntas; otras con profunda fe en sus convicciones políticas. Menudo y magno, representaba un profeta de nuestra época. Este evento se realizó la mañana del 17 de septiembre. El poeta tenía 46 años.

Otra actividad importante de esa convocatoria cultural fue un “Encuentro de escritores”. Cardenal también concentró ahí la atención al expresar la necesidad de un cambio de estructura, la revolución y la justicia social. Exaltado, pedía que todos los humanos tuvieran oportunidad de ser poetas y que los ministros de Cultura de Iberoamérica debían, como en Cuba, propiciar la poesía a todo nivel.

Refería Cardenal cómo, gracias a Fidel Castro, un limpiabotas se había convertido en excelente poeta. Ocho años más tarde, sería el ministro de Cultura del gobierno revolucionario y llevaría a cabo un experimento social, político y literario que, aunque controversial, tendría una proyección y un reconocimiento indiscutibles al que han dedicado tesis doctorales en Estados Unidos y Europa.