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Esta semana fuimos testigos de dos hechos monstruosos que ponen en punta nuevamente el tema de la violencia de género. En el primer caso, un sujeto de 28 años le cortó el cuello a su hijastra porque esta no quería obedecer a su madre, pareja del tipo. En el segundo, un hombre de 27 años apuñaló el corazón a su exesposa, de 21 años, tras discutir ese día por celos, la manutención y tutela del hijo de ambos.

La ira, claro está, es la motivación inmediata de estos sucesos. Pero ¿qué subyace a esta desmesurada respuesta irracional? Los expertos en biología, sicología y derecho, convergen en que las causas son diversas, pero hay recurrencias que se deben tomar en cuenta para descifrar el enigma de su solución.

El factor biológico es una de ellas. Hace seis años una universidad californiana demostró que los estrógenos, y no sólo la testosterona (hormona con presencia 10 veces mayor en el hombre), podrían jugar un papel importante en el hecho de que estos desarrollen patrones de conducta más duros o agresivos.

Aunque, cada vez se acepta más la variable de la cultura como determinante en el comportamiento agresivo del hombre. Así lo señaló una experta de la Facultad de Derecho de la Universidad de Cantabria, que la violencia (sólo como último recurso, claro), el uso de la fuerza y cierto desprecio hacia la vulnerabilidad ajena son componentes esenciales de la masculinidad todavía hoy. Porque se sigue educando a las niñas para que no expresen agresividad y a los niños para que no manifiesten inseguridades ni ternura.

Por su parte, una sicóloga de un Centro de Investigación de Criminología español, explica que las niñas tienen metas relacionales, afectivas, lo que indica que su práctica social está dirigida a mantener sus relaciones y no ponerlas en peligro. Los niños son más activos físicamente, algo más agresivos y con menos habilidades sociales. Estas diminutas diferencias de la infancia se acentúan a medida que la persona camina hacia la madurez. Sin embargo, enfatiza la experta, las mujeres no son ni mejores ni peores; tienen estilos de conducta diferentes.

Estos estudios conducen a desarticular la agresividad masculina desde los momentos iniciales de la actuación social. En cambio, en Nicaragua lo que se ha propuesto es una ley que si bien es buen instrumento jurídico, no soluciona el problema básico: la construcción de sujetos socioculturales como propuesta para insertarla como política de Estado para la educación.

Mucho hay que decir de esta Ley a favor y en contra. En julio de 2013 asistí a un diplomado --financiado generosamente por países europeos-- dirigido a periodistas para actualizar el tratamiento informativo de esta nueva legislación en los medios de comunicación. Los temas abordados fueron: micromachismos, nueva masculinidad, apropiación de la ley, mujer y propiedad, etc. No hubo ni un solo tópico periodístico, pues quienes lo impartieron fueron una sicóloga y una abogada. A las que les hice preguntas sobre si la ley podría ser permeable a engaños. Respuesta: la mujer no mentiría en estos casos.

Si de algo hay que estar conscientes, es que el principal actor de estos hechos --y me avergüenza decirlo-- es el hombre. Los dos femicidios lo atestiguan de manera brutal. Pero también debemos estar claros que desde que nos insertamos como entes sociales lidiaremos con la otredad, sus caracteres, sus debilidades, etc., por lo que siempre estaremos expuestos a respuestas culturales distintas de las nuestras.

Yo siempre le he dicho a mi pareja --con la que convivo hace ocho años-- que los problemas se solucionan conversando, pues nadie --ni hombre ni mujer-- puede decir que no ha pasado un conflicto, un momento de ira, pero en la medida que demostremos mesura, respeto y cambio, la violencia cesará, para esos aprendizajes no hay ley, únicamente existe la voluntad.