Jorge Eduardo Arellano
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“Me llamo Joseph Inmaculada y tengo 40 años. Soy madre soltera y me gustaría gritarle al mundo lo que las personas hacen por otras para ayudarlas a cambiar su manera de vivir. Cuando yo vine por primera vez al Ceprev me sentía totalmente hecha pedazos. Mi familia estaba quebrada, mi hijo adolescente no quería nada con la vida y con la sociedad.

En esta organización nos apoyaron a ser familia otra vez. Mi hijo tomaba alcohol, fumaba, robaba, me trataba mal, entraba a los colegios a destruir las aulas de clases y llevarse lo que podía y hoy, un año después de visitar el Ceprev dejó el alcohol, los robos, va a volver a la secundaria este año y se ha integrado a trabajar conmigo en una venta de comida a domicilio. A mí me dieron una beca para aprender a cocinar como toda una chef, y ahora vendo los tres tiempos a domicilio. En este trabajo, también participa mi papá que está discapacitado y nos distribuimos las tareas, yo cocino y él con mi hijo distribuyen la comida.

No tenemos grandes cosas, pero puedo decir que ahora, con el apoyo del Ceprev somos una familia normal, tenemos comunicación y estamos más unidos que antes. Todo esto fue posible porque vinimos a los talleres y capacitaciones donde entendimos por qué había tanta violencia entre nosotros y aprendimos a querernos y respetarnos mutuamente. Yo antes trataba muy mal a mi hijo, lo golpeaba con lo que encontraba, le gritaba, le decía palabras obscenas que dañaban su autoestima. El respondía violentamente y buscaba situaciones peligrosas porque decía que no le importaba la vida y para qué lo había traído al mundo si lo trataba tan mal.

Yo crecí en un hogar donde había mucha violencia, mi padre golpeaba a mi madre, y desde niños nos hicieron trabajar. Mi madre descargaba sus frustraciones en los hijos y la situación fue tan grave para ella que murió de un derrame cerebral a causa de tanto maltrato, en los tiempos en que no existían leyes ni apoyo para proteger la vida de las mujeres.

Yo no quería a mi padre, le guardaba mucho rencor, pero ahora nos llevamos bien y prácticamente estoy a cargo de él porque he sabido perdonarlo. Yo comprendí en los talleres que también a él su mamá lo violentaba y prácticamente había crecido en las calles. Vi que es una cadena que pasa la violencia de generación a generación, que los maltratos que yo había vivido en mi hogar y los que vi sufrir a mi madre, eran el mismo patrón que yo estaba repitiendo con mi hijo mayor. También hablé con él, le pedí perdón y le prometí que no habría más violencia de mi parte. Al comienzo reaccionó violentamente, no creía en nada de lo que le estaba diciendo, pero después de un año, puedo considerar que somos amigos, lo trato con respeto y él a mí, le expreso que lo quiero, jugamos los tres con mi hijo menor y salimos una vez al mes a comer o vamos al cine.

Antes aguantábamos mucha hambre porque yo no trabajaba, me enfermé, me hospitalizaron y teníamos muchas limitaciones como familia. Yo creo que mi cambio emocional y sicológico fue muy importante para mi superación económica. A raíz de ese cambio, entendí que podía ponerme metas aún a la edad que tenía y ahora puedo decir que he alcanzado un triunfo al terminar mis estudios e iniciar un negocio bastante provechoso.

Junto con los estudios de cocina a la carta, aprendí repostería y un curso de manualidades. Todo eso me sirve porque también vendo repostería y hago arreglos florales en mi casa. A mi hijo también lo becaron por un año como operador en computación y se siente emocionado al saber que junto con sacar su secundaria puede forjarse un futuro laboral.

Por todo el apoyo que me han dado a mí, busco dar lo que aprendí en los talleres y en las sesiones de terapia a las mujeres de mi comunidad. Les digo que hay una puerta para salir de la violencia y que no podemos esperar que sean las autoridades las que rescaten a nuestros hijos de las pandillas y las drogas, sino que somos los padres los responsables de cambiar y apoyar el cambio de nuestros hijos. Hay muchas mujeres que nos olvidamos de ser madres y con nuestros errores tiramos a nuestros hijos a la calle. Ahora veo que somos nosotros mismos quienes podemos cambiar nuestra sociedad, empezando por nuestra familia y nuestra comunidad.”

 

(La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio)