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Desde el 2001 se configuró una nueva agenda política internacional: la lucha contra el terrorismo no es un asunto eventual, sino una amenaza sistemática global.

La semana pasada, en Nigeria, 200 ciudadanos de ese país murieron a causa de un acto terrorista perpetrado por Boko Haram. Miles de nigerianos, ahora buscan refugio.

Nadie se manifestó, en ninguna parte, por los nigerianos muertos.

El diario italiano Ilmessagero hace poco editorializaba, con desaliento, acerca de las diversas calidades de las víctimas asesinadas.

Pero, en suma ha habido actos terroristas dantescos en Europa, Asia, África, América del Norte y del Sur (Argentina). Y no había habido en Australia, pero ya hubo uno hace poco en Sídney.

Con esos “tipos de enemigos”, ahora hay nuevas políticas y presupuestos para defender las fronteras, la seguridad nacional, los ejércitos y las migraciones. Y dentro de poco, lo serán del electorado.

Y ya en Francia, Alemania, Austria, Dinamarca y Grecia hay partidos políticos de derecha que atraen más prosélitos a sus filas, gracias a las acciones terroristas de ciudadanos que poco a poco han ido entrando a esos países. En ellos son recibidos, beneficiados, protegidos y nacionalizados. Se vuelven, con cierta facilidad, ciudadanos europeos.

Los paquistanos en Inglaterra, los argelinos en Francia, los turcos en Alemania, los marroquíes en España, y los libios, senegaleses y etíopes en Italia, se han convertido en minorías crecientes e influyentes de estas naciones eurooccidentales. En su mayoría son musulmanes.

El punto es que el terrorismo que hace mucho tiempo era un fenómeno esporádico, hoy ya es una epidemia global que parece no tener freno. Se están gastando muchos recursos en enfrentarlo, pero no se está consiguiendo frenarlo.

Contra el terrorismo, el derecho internacional tiene solo pirotécnicos recursos. Los organismos internacionales solo redactan declaraciones ambiguas que muy pocos leen.

Y son los Estados solos los que deben luchar para enfrentar ese flagelo que pretende destruir a Estados Unidos, Canadá, Europa occidental e Israel. Por un lado, no solo se trata de mayores presupuestos, organismos de inteligencia y seguridad, sino de grandes controles a miles de ciudadanos. De manera contraproducente, se coartan derechos y libertades civiles.

Pero el terrorismo hoy no solo abandera causas nacionalistas sino que quiere destruir valores culturales masivos y bien establecidos. Y ahora dispone de múltiples recursos y medios digitales para hacer su propaganda y proyectarse como un frente que crece exponencialmente.

Es promisoria la postura de algunos países medio-orientales que rechazan con amplitud las posiciones terroristas.

Esa debería ser una preocupación: se juntaron antioccidentalismo, antisemitismo, religión, cultura y absolutismo para acometer ataques que lleven a conflictos de mayores proporciones.

En este nuevo contexto, democracia y libertad de expresión están en jaque. Y percibo que esos mecanismos-valores han llegado a un punto de vulnerabilidad tal que algunos países de cultura oriental han comenzado a desconfiar de los mismos, por su relativismo y fragilidad.

¿Qué podemos hacer los civiles que vivimos en Occidente?

Si se avecina un conflicto mayor, causado ya no por las injusticias de los tiranos sino por quienes enarbolan banderas religiosas, se estaría consolidando una amenaza punzante, desestabilizadora y sistemática contra la seguridad occidental.

Ya sabemos cuánto daño han causado los terroristas intolerantes. Pero aún no sabemos cuánto más afectarán la estabilidad y la paz de toda la humanidad.

No lo sabemos. Pero lo podemos intuir.

Ahora hemos entrado a un nuevo capítulo de guerras donde su desarrollo es cada vez más sorpresivo, impreciso y dañino, por que mata no a soldados sino a civiles indefensos.

Y no es que no se pueda dialogar, es evidente que hay un bando que se justifica diciendo que los del lado contrario son infieles y deben morir.

Si el próximo cataclismo global fuera bajo justificaciones de líderes religiosos, ¿qué detendrá las desbordadas pasiones cuando los enfrentados tienen en común al Dios de Abraham?

Lo triste es que lo que pueda suceder en los próximos escenarios sería muy sangriento y divisorio para toda la humanidad.

¿Dónde se perdió el propósito noble de las religiones de volver a los hombres a su redil? ¿O ya no hay cabida para la reflexión, la cordura o la buena voluntad? ¿Están vencidas también la política y la diplomacia?

¿Qué otros factores crearán nuevos cismas? Es un imperativo moral buscar la paz, no como una esperanza, sino como una construcción global y urgente.

Marchas, como la de París, la semana pasada, son una expresión contundente de la fuerza moral. Pero para vencer al terrorismo, hace falta más que eso.