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Con la frase “Je suis Charlie” (Yo soy Charlie) se han solidarizado muchos con la publicación satírica francesa Charlie Hebdo, víctima de un ataque criminal yihadista en la sede del semanario en París, después de publicar varias caricaturas ofensivas contra Mahoma. Esa acción de los yihadistas la condeno enérgicamente como brutal asesinato terrorista; y lo que voy a decir a continuación no justifica dicho crimen.

Poco antes de publicar caricaturas ofensivas contra su profeta Mahoma, la persona más sagrada del islam después de Alá, el semanario había publicado una caricatura de la Santísima Trinidad en una orgía sexual en la que el Hijo penetraba al Padre y el Espíritu Santo penetraba al Hijo. Todo verdadero cristiano debe sentirse indignado por esa caricatura que ofende lo más sagrado de nuestra fe. Los sentimientos religiosos deben ser respetados, se esté o no de acuerdo con ellos. Para el ser humano lo divino y lo vinculado a su fe tienen mayor importancia que los sentimientos familiares o patrióticos. Si usted es cristiano, ¿no le indignan las caricaturas que presentan a la Virgen María, madre de Jesús, como prostituta, o que presentan a la Sagrada Biblia como papel higiénico?

Me indigna la acción criminal contra Charlie Hebdo, pero me indignan también sus caricaturas contra nuestra fe cristiana y contra la fe de cualquier otra religión, incluyendo las caricaturas contra Mahoma. Por eso no puedo decir “Je suis Charlie”, ni condenar el ataque sufrido por esa publicación como un atentado contra la libre expresión, sino como un atentado extremista contra la vida humana. Porque la libertad de expresión tiene límites marcados por la decencia y el respeto. Se puede hacer sátira religiosa sin caer en la vulgaridad, la chabacanería y la ofensa.

Hay personas que dan la vida por su fe, como los miles de mártires del cristianismo y miles de judíos, musulmanes y de otras religiones. La fe de cada cual merece respeto, aunque no compartamos sus creencias. Cuando los filibusteros incendiaron Granada, el padre Villavicencio arriesgó su vida sin importarle ser devorado por las llamas para rescatar el copón con las hostias consagradas; para algunos será locura o fanatismo arriesgar la vida por unas galletitas de harina; para los católicos es la presencia real y completa de Jesús en apariencia de pan. Los símbolos y personajes religiosos merecen respeto, incluyendo --por cierto-- sus actuales dignatarios. Como merecen respeto los próceres o la bandera de toda nación, por la cual muchos también dan la vida.

El papa Francisco dijo al respecto que la libertad de expresión es un derecho humano fundamental, pero tiene un límite: no ofender. Que no se puede provocar ni insultar la fe de los demás. Que ciertamente matar en nombre de Dios es una aberración y no se debe actuar violentamente. Pero que si alguien le mienta la madre a otro, es normal esperar un puñetazo.

Con esas palabras el Santo Padre no justifica en absoluto el atentado criminal, pero advierte sobre la innecesaria provocación que hacen Charlie Hebdo y otros medios por una malentendida “libertad de expresión”. Declaraciones que extrañamente en Nicaragua no publicaron algunos medios escritos de familias conocidas como católicas. Tampoco publicaron nada sobre el viaje a Sri Lanka, en donde Francisco se reunió con líderes de distintas religiones, incluyendo mahometanos, aclarándose que una cosa es el islam y otra los yihadistas. Ni del viaje a Filipinas donde celebró misa bajo la lluvia revestido de un capote, apartando el discurso escrito para hablar con el corazón donde recientemente un huracán mató a millares. ¿Ahora censuran al papa?