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La diplomacia se representa, por una bella señora a la que el olivo laurea su frente, a sus pies yacen trofeos de guerra destruidos y blande en su mano un pergamino, en similitud de sabiduría. Esas virtudes que esta iconografía intenta simbolizar, están a prueba, en plena agonía planetaria, cuando en el filo de la navaja las esperanzas están en el ajedrez de la diplomacia colectiva y unilateral, en espera de que esta logre converger intereses y cognición para frenar el deterioro ambiental.

Como nunca, la diplomacia está tan provista de elementos del Derecho y la Ciencia como lo hace ahora en lo ambiental. La Ciencia ha dado --aunque no en igualdad-- confort y comodidad al ser humano, pero con nefastas consecuencias al entorno natural a causa del desarrollo. Hoy, para que el mundo siga por buen camino, a la ciencia se le demandan tecnologías: amigables con el medio y restauradoras de los daños causados.

Con la creación de una técnico-científica y abundante normativa internacional ambiental, la diplomacia ha llegado a perfilar --un antes y un después-- del Derecho Internacional, logrando nutrirlo de reglamentaciones que buscan cumplir objetivos internacionales ambientales colectivos, saliéndose de los tradicionales tratados contratos con intereses contrapuestos entre las partes. Algo muy difícil de lograr, ya que el cumplimiento de un tratado internacional pasa necesariamente por lo económico; ventaja con la que no todas las partes firmantes cuentan. También, las condiciones temporales bajo las cuales se firma un tratado cambian, pero, esto en materia ambiental se acelera de forma vertiginosa por los descubrimientos acelerados producto de una tecnología que tampoco todos poseen.

La diplomacia de los Estados, a veces dedica tiempo a las negociaciones iniciales sintiéndose satisfechos con lo alcanzado en un Tratado Marco, omitiendo por desconocimiento que en lo ambiental, los tratados tienen “especial tendencia a establecer procedimientos de enmienda y modificación especialmente en el caso de los anexos y apéndices”, y es ahí, donde la estrategia egoísta de las potencias suele aparecer de forma sutil y enmascarada, fundamentalmente aquellas diplomacias que sirven al capital trasnacional, quienes al poseer las armas del tecnicismo diplomático y del conocimiento basado en el dominio de los adelantos tecnológicos, siempre están al asecho, buscando aprovecharse de las debilidades, de las que generalmente son víctimas los países en desarrollo.

Los tratados internacionales ambientales en “crecimiento y complejidad de difícil lectura y comprensión” encierran en sí mismos trampas que a veces los Estados pequeños no miran. En afán de corregir lo anterior, se han dotado de “mecanismos con clara tendencia a la institucionalización, como la creación de órganos para su aplicación”.

Las misiones, son en el caso de la “Convención relativa a los humedales de importancia internacional (Ramsar-1971)”, mecanismos de apoyo y seguimiento de lo dispuesto en este tratado. Nicaragua, en buena hora en medio de tanta complejidad, dispone dotar discrecionalmente de documentos del Gran Canal a la Misión Ramsar, demostrando transparencia en la mega-obra y fortaleza diplomática ambiental.

 

* Catedrático