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Este miércoles entrevisté al vicario para la Familia, Monseñor Silvio Fonseca, y al comunicador del Movimiento María Elena Cuadra, Silvio Narváez, para abordar el tema de la violencia de género, pero desde la perspectiva de la otredad, es decir, la que la mujer inflige al hombre, y qué tanto influye en esta la Ley 779. El tema --espinoso por la carga simbólica que conlleva en el contexto violento actual-- se desovilló de una manera fraterna, pues tuvo mucho más puntos de encuentro que divergencias.

Abordé a Monseñor Silvio cuando se disponía a reunirse en la Curia con el grupo de fieles pertenecientes a la comunidad familiar, así que amablemente me invitó a acompañarlo y en el camino lo inquirí. De inicio explicó que el concepto de género se ha implementado mal, pues incluso se eleva sobre el de derechos humanos y rompe la igualdad hombre-mujer. Con él se ha venido a masculinizar a la mujer, y no a fundamentar su feminidad, que sería lo lógico.

Aunque de antemano dejó claro su condena al femicidio, para Fonseca el instrumento utilizado, la Ley 779, es arbitrario porque puede ser manipulable y usarse con intenciones vengativas. El hombre quedó indefenso frente a esta norma, que roza incluso con los derechos constitucionales, como el de presunción de inocencia. Penetra en la intimidad y destruye familias. No da tiempo para reconsiderar una decisión precipitada o emotiva, y anula todo proceso de reconciliación. No toma en cuenta que cada humano, cada pareja, es un misterio. Si bien considera que la intención es buena, la ley tiene muchas lagunas jurídicas y no inserta el componente educativo sino solamente el punitivo.

Por su parte, Silvio Narváez coincide en que la ley fue precipitada, pero necesaria ante el incremento de violencia de los hombres contra las mujeres. “Se quedaron muchas cosas en el tintero, pero la ley tenía que aprobarse. La mediación también era necesaria, y se aprobó luego. Pero no es para todos los casos en que se debe usar la mediación”, explicó el comunicador.

Narváez también reconoce que la norma es extremadamente punitiva y que puede ser manipulada por la mujer. Y citó casos que él ha atendido en que mujeres usan la ley como venganza contra los hombres. “Hay muchos abusos de la ley. Sí existe una violencia que no es percibida por el sistema, pero porque el hombre no la denuncia. Aquí han venido hombres que han sido golpeados por mujeres, pero no se les atiende porque aquí solo se atiende a las mujeres. Yo los remito a la Red de Hombre contra la Violencia”, finalizó el también asesor jurídico del movimiento de mujeres.

Las dos apreciaciones son acertadas: la ley es un instrumento de castigo que por su naturaleza no toma en cuenta el entorno, la relación íntima, y por el contrario, juzga, sin miramientos, desde el exterior. Sí era necesaria, como también una ley preventiva educacional que los movimientos feministas han olvidado en su objetivo de corregir penalmente actos que debieron amonestarse desde el inicio de la inserción social del individuo --hombre o mujer--. También la ley ha creado una sensación de superioridad femenina que crea una tensión en las relaciones de pareja.

Hacia el final de la tarde, Wendy Báez, asistente del Centro de Prevención de la Violencia, dibujó mejor el tema. “La violencia abarca a todos, tanto a hombres como a mujeres”, dijo. Entonces recordé las palabras de Raquel Bartolomé, psicóloga del centro de Investigación de Criminología de Albacete: “Las mujeres no son ni mejores ni peores que los hombres”. Entonces, ¿existe una violencia de género que no percibe el sistema? Narváez, Fonseca y Báez coinciden en que sí. Y debe denunciarse, aunque se corra el riesgo del estigma social.