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“Solo el amor detiene la violencia del tiempo”. He ahí uno de los versos admirables y memorables del poeta Enrique Fernández Morales, a quien se le dedicará en Granada el undécimo Festival Internacional de la Poesía, decisión que aplaudo y reconozco como un acierto de su junta directiva. Así el “habitante de los cinco continentes del arte”, que fue Quico —hipocorístico con el que se le conocía en casi todo el territorio nacional—, recibirá un merecido homenaje consagratorio, similar a los que se le han tributado a nuestros grandes poetas: Rubén Darío, Azarías H. Pallais, Alfonso Cortés, Salomón de la Selva, José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos, Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal.

Designado por el presidente del festival, Francisco de Asís Fernández, para seleccionar y prologar la obra creadora de Quico —nacido en Granada, en 1918, y muerto en Managua, en 1982— titulé esta con un verso de su más célebre y celebrado texto: “Morir por la belleza”, la cual distribuí en quince apartados: I. Helena de Troya; II. La Poesía; III. La música extremada; IV. Ángeles; V. Retratos; VI. Poemas a Nuestra Señora; VII. Laudes sacros; VIII. Epigramas; IX. En el primer día; X. Poemas espaciales; XI. Varia; XII. Germania lumen terrae; XIII. Judas; XIV. Babosadas y XV. Diez minicuentos sobre la muerte.

Contiene, por tanto, esta antología esencial de Fernández Morales 49 poemas, un cuento y una decena de minicuentos, y un monólogo teatral: “Judas”. Estrenado en el Teatro Nacional Rubén Darío el 17 de junio de 1978, culmina la dramaturgia de Fernández Morales, quien reinterpreta —a lo Paul Claudel— al personaje bíblico, alcanzando un fuerte dramatismo universal. En cuanto a “Babosadas”, se trata de un cuento maestro: dialogado, ofrece una riqueza léxica popular; y “Diez minicuentos sobre la muerte” sorprenden por el rescate del ingenio también popular.

Su poética tuvo dos dimensiones: una sacra, representativa del catolicismo tradicional; y otra pagana, hedónica. Asimismo, asumió la ruptura con la tradición judeocristiana y, entre otras temáticas, cultivó la histórica-cívica y la epigramática, la impresión viajera y la recreación homérica, la incursión fantacientífica y la metapoética. Es considerado uno de los más valiosos sonetistas y versificadores de Centroamérica. Estos fueron sus poemarios: “La música extremada” (1955), “Prosa jubilar al padre Juan B. Cassini” (1958), “Retratos” (1962), “Viacrucis” (1980), “Aunque es de noche” (1977) y el más completo de todos (que incorpora textos en prosa): “Y aunque es de noche” (1994), con un estupendo prólogo de Julio Valle-Castillo.

Primer archivero de la literatura nicaragüense, Fernández Morales fue además compositor de boleros, dibujante, crítico de arte y coleccionista. A su magisterio y estímulo se le debe parte del desarrollo moderno de la plástica nicaragüense. También fue promotor, en su ciudad natal, del grupo juvenil ‘los bandoleros’. En los años 50 lo había sido de poetas como José María Lugo, Omar D’León y Nicolás Navas. En la antología “Morir por la belleza” se insertan fotografías que ilustran la camaradería intelectual que aglutinaba Quico desde los años 40. En una de ellas aparece con el padre Ángel Martínez Baigorri, Carlos Martínez Rivas y Rafael Mejía Martínez (Ramen); en otra, de los 60, con René Sandino Argüello, Fernando Gordillo, Raúl Xavier García y tres miembros de la “generación traicionada”: Edwin Yllescas, Roberto Cuadra e Iván Uriarte.

Quico estudió de joven en la School of Fine Arts de San Francisco, California, y en el Arts Students League de Nueva York. Graduado como educador de adultos en Alemania y como restaurador de obras de arte en México, fue profesor, libretista radial, asesor del Ministerio de Educación y director del Museo Nacional.

A raíz de su fallecimiento, mereció esta valoración de Pablo Antonio Cuadra: “Enrique Fernández Morales tuvo su propio y singular dominio enriquecedor de nuestra tradición literaria, por haber asumido y renovado una de las herencias barrocas más hondamente prendidas en el alma popular, levantando en alto para la poesía la lengua de los rezos, de los trisagios, de las oraciones que circulan en octavias en los mercados. Con ese castellano y sus ritmos hizo el poeta su lengua, o los filtros de su lengua entre parroquial y ecuménica, lengua del XVIII vuelta a pasar por el alambique del XX…”.

Y concluye Pablo Antonio: “Como la de Rubén, su psiquis mariposeó entre las ruinas paganas y la catedral de su fe: Cristo. También su sonrisa humilde y suspicaz vagó entre la sátira y la piedad”.