Jorge Eduardo Arellano
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Los que en nombre de la ética pública y las buenas costumbres se rasgan las vestiduras cada vez que hay algún acuerdo político o algún proceso propio de este sistema en el que desgraciadamente debe actuar el FSLN, no son precisamente los más indicados para tirar piedras a nadie. Veamos el caso del MRS, partido que surgió de la que fue en la primera mitad de los años noventa la Bancada Sandinista en la Asamblea Nacional, o sea, en lo que ellos comenzaron a llamar cuando ya no estaban ahí, la chanchera, calificativo que no es para nada ajeno a lo que ellos hacían cuando tenían en sus manos el primer poder del Estado.

El MRS fue fundado por un sector del sandinismo que ya desde los años ochenta se había derechizado y cuyas posiciones prevalecieron en el rumbo de la Revolución en la segunda mitad de aquella década, impidiendo el surgimiento de un nuevo sistema político que respondiera a las características del proceso revolucionario. Y durante la primera mitad de la década siguiente --ya estando el sandinismo en la oposición--, promoviendo el cogobierno y ante lo cual hubo un llamado al cambio de estrategia por parte del que se conoció como el Grupo de los 29, cuyas posiciones terminaron prevaleciendo en el FSLN contra las de los que hasta entonces habían predominado y que al ser derrotados a lo interno, se fueron a hacer tienda aparte.

Luego de promover el cogobierno, y una vez constituido como partido político, el MRS se dedicó a acusar al FSLN de estar cogobernando con doña Violeta Barrios y Antonio Lacayo, exactamente lo contrario a lo que había sucedido con anterioridad; y esto obedeció a que, una vez lanzado el proyecto renovador, el grupo de la derecha moderada encabezado por el yerno presidencial y entonces hombre fuerte del país, comenzó a ser visto por el nuevo partido disidente del sandinismo como una amenaza en su propósito de cautivar a un electorado que no se apostaba ni a la derecha antisandinista, ni a la izquierda sandinista. Entonces, Sergio Ramírez, quien poco tiempo antes era aliado de Antonio Lacayo, había defendido el derecho de éste a ser candidato presidencial, comenzó a pronunciarse con vehemencia a favor de inhibir a los parientes del mandatario de turno “para evitar el regreso del poder dinástico”; y lograron su objetivo introduciendo tal inhibición en las reformas constitucionales promovidas en aquel entonces por los renovadores. Luego, el Consejo Supremo Electoral --controlado por el MRS como producto del pacto entre los partidos pequeños que controlaban el Poder Legislativo donde se elegía, al igual que ahora y sin que nadie hablara por ello de partidización, a los magistrados del Poder Electoral y del Poder Judicial; y cuya Presidenta, Rosa Marina Zelaya, respondía a este partido-- hizo el resto del trabajo al inhibir a los otros estorbos que veía en su camino Sergio Ramírez por la conquista del centro político del país: Edén Pastora y Álvaro Robelo.

Ese dominio que tenían los partidos pequeños en la Asamblea Nacional se debía a que las dos grandes fuerzas políticas que eran el FSLN y el PLC no tenían fuerza en el Poder Legislativo, porque al primero se le habían ido casi todos sus diputados con el MRS, y el segundo tenía una cantidad de diputados en correspondencia con su condición de micropartido cuando fueron electos, lo cual ya no era así, pues fue precisamente en ese período que el PLC se llegó a convertir en la única fuerza política capaz de enfrentar y derrotar electoralmente al FSLN. Y los partidos pequeños --algunos de cuyos integrantes de entonces (incluyendo a Rosa Marina Zelaya) pretenden ahora ser símbolos de honestidad política-- no desaprovecharon aquella oportunidad e hicieron una Ley Electoral a su medida, según la cual un candidato a diputado de un partido pequeño podía quedar electo con trescientos votos, mientras un candidato de un partido grande no quedaba electo aunque tuviera quince mil. Incluso Rosa Marina Zelaya manipuló descaradamente los resultados para favorecer a su esposo, Samuel Samper, conocido desde entonces como el diputado consorte.

Los que acusan al FSLN de instrumentalizar con fines partidistas las instituciones, fueron los primeros en hacerlo cuando tuvieron oportunidad, y con toda razón, porque este sistema no da otras opciones a ninguna fuerza política para defender sus posiciones dentro de esta sociedad, y es precisamente por eso que el FSLN lo quiere cambiar por un sistema político que no esté basado en la representatividad partidista institucional, sino en el protagonismo de la sociedad civil institucionalizado, y es la derecha con participación del MRS quien se opone.

Pero ahí no termina todo, y para muestra un botón: los que acusan al FSLN de no ser revolucionario y al Gobierno del Comandante Daniel Ortega de no ser de izquierda, fueron los que renunciaron al socialismo, al antiimperialismo y a la lucha popular, cuando al igual que tantos ex revolucionarios, apostaron a la industria del arrepentimiento, pero en este caso perdieron; los que acusan al FSLN de traicionar los principios por llevar un ex somocista en su fórmula presidencial, apoyaron a un somocista de ayer, hoy y siempre, como candidato a vicealcalde de Managua; los que acusan al FSLN de haber pactado con el neosomocismo representado por Arnoldo Alemán, terminaron apoyando a los candidatos de éste en las recién pasadas elecciones municipales, y junto con éstos pretenden desconocer sus resultados, con el abierto respaldo del Imperio, ante el que los líderes de la derecha oligárquica han gestionado el retiro de la mal llamada cooperación, con lo cual pretenden chantajear a un país que ha demostrado repetidas veces su capacidad de levantar la frente ante los poderosos del mundo, y de salir adelante hasta alcanzar la libertad y la justicia, a pesar del poderío de quienes siempre lo han oprimido, pero que nunca podrán someterlo.