Onofre Guevara López
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Varias personalidades evangélicas han salido en defensa del laicismo del Estado, burlado por el gobierno y, paradójicamente, también por la Asamblea Nacional, de donde emanan las leyes, cuna de la Constitución Política, ahora de vigencia relativa y ocasional. Los pastores reaccionaron después de que el día 4 de diciembre el parlamento sesionó en una iglesia de la ciudad de León, en homenaje al 150 aniversario de la celebración de la “Concepción de María”.

Desde su óptica, los pastores acertaron al calificar los Poderes del Estado como confesionales, la conversión del país en territorio de la Edad Media y gobernado por ayatolas irrespetuosos de las leyes. Y opinaron sobre un viejo tema discrepante entre religiosos: el culto a María. Es decir, ellos enfocaron el asunto desde un punto de vista religioso, pero defienden el carácter laico y democrático del Estado ante la ofensiva reaccionaria de jerarcas y estadistas católicos de nuevo cuño.

¿Y en dónde están los intelectuales orteguistas, ante este viraje oportunista de sus jefes? No se les escucha. Están más interesados en proteger sus cargos, o defender al gobierno a ojos cerrados, y faltos de sensibilidad ante la manipulación del reformismo social y de la religión que practica en detrimento de los sectores humildes. ¿O es que les parece de poca monta la desviación de sus líderes hacia el oscurantismo sólo para amarrar alianzas políticas con la Iglesia Católica, pese a los estragos en la salud mental del pueblo y la vida de las mujeres, como está comprobado desde que penalizaron el aborto terapéutico? No cuestiono sus esfuerzos por defender su poder, porque tras de eso anda todo el mundo, sino lo deshonesto de manipular las necesidades sociales y las creencias religiosas de la gente.

La penalización del aborto terapéutico era aspiración exclusiva de lo más retrógrado de la sociedad, pero ahora es bandera en manos de administradores de nuevas riquezas, iguales ya a los tradicionales potentados de leva y sotana, y a nombre de la “revolución”. Esta involución y el abandono de los principios contradice la firmeza en la lucha por la democratización de la sociedad tradicional, conservadora y oscurantista, de cuando se discutió y aprobó la Constitución Política (1986-1987), sin haber caído en la intolerancia respecto a la religión. Entonces, no usaban la religión como instrumento de dominación espiritual y cultural de los sectores populares con fines políticos, cosa que hasta ahora sólo había hecho la oligarquía.

Cuando se discutió el prólogo de la Constitución, los sandinistas fueron los más sensatos y tolerantes con los diputados creyentes que --de verdad o por política-- pretendían proclamar la Carta Magna como fruto de la inspiración divina. Y fue alguien, que ahora es ideólogo anticomunista, y entonces ardiente “marxista-leninista”, quien se opuso con el discurso ateísta jamás escuchado en el parlamento.

Entre aquellos dos extremos, la representación sandinista fue tolerante y, sin hacerles concesiones plenas a ninguno, propuso y se aprobó, que el prólogo dijera algo justo y objetivo: también en nombre… “de los cristianos que desde su fe en DIOS se han comprometido e insertado en la lucha la liberación de los oprimidos…” Se menciona a Dios, pero no como “autor y supremo legislador universal”, como rezaban, más o menos, los prólogos de ocho de las once constituciones que ha tenido nuestro país. Las constituciones liberales de 1993, 1905 y 1939 ni siquiera hicieron referencia a Dios.

La mención a Dios en el prólogo actual no estuvo libre de compromisos políticos. ¿Por qué en el prólogo el nombre de Dios aparece escrito en letras mayúsculas? Porque fue una concesión al doctor Clemente Guido Chávez, líder del Partido Conservador Demócrata y vicepresidente de la Asamblea Nacional. Él puso como condición para firmar la Constitución, que el nombre de Dios apareciera escrito de esa forma; se le aceptó su condición, pero el doctor Guido no la firmó.
Hoy sucede todo lo contrario; los orteguistas se han echado en brazos de la Iglesia Católica y han cambiado para mal la relación Estado-iglesia. Esta relación es opuesta a la Constitución, y refleja dependencia de los representantes del Estado ante los jerarcas católicos. Esto quedó demostrado cuando las mujeres organizadas demandaron a los diputados orteguistas rectificar su voto sobre el aborto terapéutico; éstos reconocieron que las mujeres tenían la razón, pero su “argumento” fue que si ellas convencían a los obispos de cambiar su posición, ellos cambiarían la suya. ¡Vergonzosa e inmoral sumisión! Saben que por su voto van a morir muchas mujeres, pero truecan sus vidas por mezquinos sus intereses políticos.

El cambio de la relación horizontal por la dependencia ante la iglesia, repercute en varias instituciones estatales. El Ejército, la más ejemplar institución estatal, puso en la portada de su revista la imagen de la Virgen del Hato (edición noviembre-diciembre de 2005); la Policía celebró su 28 aniversario con una misa en la catedral, los alcaldes se han hecho cargo de costear la celebraciones religiosas en sus municipios, el cardenal Obando fue nombrado responsable de una comisión gubernamental y los diputados sesionan en honor de eventos religiosos.

El acto anti constitucional de haber ordenado a todas las dependencias del Estado rezar y cantar la Concepción de María, lo encabezó el presidente en la “Plaza de la Revolución”... ¡para el escarnio pleno a la Constitución! Antes, la señora líder del Conpes y de los CPC y co-gobernante al 50%, había excitado a nombre del gobierno a “rescatar la tradición de rezar el Rosario en familia todos los días”. El presidente Ortega hace invocaciones a las divinidades y expone sus iconos en cada acto político partidario y de gobierno, aparte de los documentos públicos emitidos por su partido, facturada de forma muy similar a las homilías.

Tan flagrante y continua es la violación del precepto constitucional de que “el Estado no tiene religión oficial”, que el orteguismo parece haber agotado la posibilidad de rectificar. No sólo ha cooptado al cardenal de la Iglesia Católica para el gobierno y hacer real el Estado confesional, sino que se le supedita.

Con los esfuerzos de Ortega por “baypasear” su poder caudillesco, utilizando a los CPC con su arte de ventrílocuo, está vendiendo “al pueblo” una ilusión de poder para disfrazar el suyo. Y, simultáneamente, manipula el factor religioso con el mismo fin. Con este juego maquiavélico con Dios y la religión, el orteguismo abrió otro frente de lucha con la derecha al ver invadido su viejo territorio, y también con los sectores democráticos y de izquierda, porque con su seudo religiosidad desprestigia su causa.