Jorge Eduardo Arellano
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Nicaragua es un país que ha venido convulsionando desde hace mucho tiempo. Por esta razón el país ha perdido muchas oportunidades de desarrollo y se ha quedado rezagado en relación con los demás países del istmo.

Nuestro país ha venido siendo azotado a lo largo del último medio siglo por todo tipo de calamidades; desde dictaduras sangrientas, catástrofes naturales, gobiernos corruptos, dictaduras refritas. Es, nuestro país, en suma, una nación en franco proceso de africanización.

El más reciente de los episodios desastrosos que hemos vivido, el pasado proceso electoral municipal, ha desatado un clima violento y de mucha intolerancia política. Este estado de cosas es el resultado lógico de las estrategias y tácticas que ha puesto en marcha la clase política nicaragüense. El primer error, gravísimo, ha sido el premeditado debilitamiento de la estructura institucional y la credibilidad del órgano supremo en materia electoral del país.

El modelo político que actualmente funciona en Nicaragua está diseñado, al parecer, para que las elecciones se ganen en el Consejo Supremo Electoral (CSE) y no con los votos de la mayoría de los ciudadanos. Quien tenga de su lado al árbitro ganará siempre la justa electoral, o al menos, tendrá una monumental ventaja sobre el adversario. Esta situación es, en definitiva, el derrumbe estrepitoso y hasta desafortunado para el país de las fuerzas opositoras otrora pujantes y mayoritarias. En el ajedrez político nacional el partido de gobierno acorraló paso a paso a las principales fuerzas opositoras, principalmente al Partido Liberal Constitucionalista, mismo que ató su suerte como institución a la de su caudillo rehén, que a la postre les llevó a ceder espacios cada vez más importantes en el aparato estatal en favor del hoy partido de gobierno.

Lo que ahora constatamos en cuanto al rol de la oposición en el nuevo marco institucional planteado para Nicaragua, no es más que el resultado de una estrategia al mejor estilo de Arnoldo Alemán y su grupo hegemónico, tanto para el PLC como para el país entero. El manoseo de las leyes y las instituciones le está costando muy caro a la nación y hasta a las fuerzas de oposición. El principal partido de oposición está desarticulado y con muy poca influencia institucional. En medio de esta confusión generalizada, ni siquiera los magistrados liberales han aparecido para reivindicar absolutamente nada. Tanto en el sistema judicial como en las demás instancias estatales el PLC está en franco declive.

Como último recurso, ahora la oposición se revela y confronta a las turbas divinas, quienes en este tópico les aventajan por mucho, ya que conocen muy bien la praxis de la violencia callejera. En las actuales circunstancias recobra total vigencia la célebre parábola de la víbora, que en las elecciones de 1996 pronunciara el cardenal Miguel Obando, acerca de un campesino que se apiadó de una moribunda serpiente y le brindó protección y calor. Al final, ésta terminó por morderlo cuando se recuperó. Al PLC le sucedió algo similar, la víbora lo terminó mordiendo. Si de buscar culpables se tratara, el asunto se resuelve en un minuto. El PLC y su caudillo son los principales culpables. Fue este partido de tendencia liberal que rescató y oxigenó políticamente al Frente Sandinista mediante el nefasto pacto de 1999. Diez años después, la víbora está mordiendo a su benefactor. Qué ingenuo fue Alemán y su grupo o, tal vez, la parábola terminó siendo una profecía.

La discusión sobre los resultados de las elecciones ahora se traslada al terreno de la violencia callejera, una palestra de discusión que el partido de gobierno conoce mejor que ninguna otra organización política en el país. Esto revela simplemente desesperación, la confrontación ante una realidad que se venía anunciando desde hace muchos años. La oposición liberal tiene muy pocas posibilidades de cambiar la realidad electoral que le ha planteado el partido de gobierno. Muy pocas de verdad, porque simplemente están desarticulados y marginados en todas las instituciones estatales críticas a la hora de decidir sobre los resultados que ha oficializado el CSE. Recurrir por inconstitucionalidad ante una Corte Suprema en donde no cuentan con los votos necesarios para cambiar el destino que se ha trazado es una misión casi imposible. Y para colmo, el partido de gobierno tiene aún un as bajo la manga. Como último recurso, que ni siquiera lo necesitará, el Frente Sandinista tiene aún como rehén a Alemán, y en cuanto las cosas se pongan difíciles, lo mandarán de regreso a La Modelo para destrabar cualquier situación compleja.

Con esta situación postelectoral poco clara pierden todos los bandos; hasta los que ganan la elección. Pierde el país y pierde la institucionalidad del Estado. La manera en que se desarrolla y concluye la elección debilita aún más la credibilidad e imagen internacional del gobierno sandinista, cuyo presidente presenta el índice más bajo de popularidad en todo el continente. El país también sale perdiendo porque se han congelado recursos como la Cuenta Reto del Milenio (CRM), que venían aportando valiosos recursos en divisas.

Por ello, resulta lamentable que altos funcionarios del gobierno salgan a la palestra pública a declarar sin ningún empacho, que con la suspensión de la cooperación de la CRM Nicaragua es más libre. ¿Más libre? En todo caso no es el país quien resulta más libre, sino que la clase política actual que se siente más libre de la presión internacional. Después de este complejo episodio electoral Nicaragua tiene que replantearse el futuro inmediato de cara a las elecciones generales dentro de unos años. La oposición tiene que replantearse una nueva estrategia política. Los líderes opositores tienen que mantenerse en un contexto mínimo de consenso, ya que si continúan abriendo diferencias en lo concerniente a liderazgo personal, van a causar un mayor daño al país. Sin duda, muchos en el PLC están contentos de que Eduardo Montealegre haya sufrido su segunda “derrota” electoral importante, porque esto les abre espacio para cuestionar su liderazgo. No deben caer en la tentación de destruir el capital político de este carismático líder en pro de rancios liderazgos pactistas que sólo han hundido al Partido Liberal Constitucionalista y al país entero.

*El autor es especialista en economía gubernamental. Catedrático Invitado de la Universidad Autónoma del Noreste, México.