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A partir de enero, 1910, Rubén Darío comenzó a publicar en La Nación, de Buenos Aires, una serie de breves crónicas tituladas “Films”. Cuarenta y cuatro sumaron esas entregas: “Films catalanes” (una), “Films de la Corte” (cinco), “Films de París” (veintinueve), “Films de travesía” (una), “Films de viajes” (cuatro), “Films habaneros” (tres) y “Films” únicamente (dos). Pero cada serie consta, en su mayoría, de tres piezas relacionadas entre sí, la cantidad de filmes suman casi el centenar. Estas series han sido rescatadas por el dariísta alemán Günther Schmigalle en el segundo volumen de su compilación crítica: ‘Crónicas desconocidas, 1906-1914’ (Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, enero, 2011).

Otras, exactamente dieciocho, las incorporó Darío en la sección inicial de su libro ‘Todo al vuelo’ (Madrid, Renacimiento, 1912): “Films de París”. No contienen juicios literarios, ni opiniones sobre aspectos políticos, sino retratos vivos de personajes y precisas descripciones urbanas, parisinas, en una prosa condensada, influida por las imágenes sucesivas de lenguaje cinematográfico. Véase este fragmento de un “Film habanero”, tomado de las crónicas recogidas por Schmigalle. Me refiero a “El Vedado”, barrio de gentes ricas, de cuyos pintorescos chalets con jardines “salen las amas blancas y las criadas negras, unas a montar en sus automóviles o carruajes, las otras a hacer sus compras. Por las calles pasan cantando su mercancía los vendedores de frutas, y por las mañanas, en ciertas calles, hay un ruido de dos mil diablos. Son los proveedores, son las carretas que vienen de las huertas cercanas, son los mulatitos que gritan, el Habana Post, El Mundo o El Triunfo. Por las noches se oyen ecos de cantos y música de pianos en las moradas en que hay mujeres admirables. ¡Admirables las habaneras del Vedado!”.

Y prosigue Rubén en ese film publicado en La Nación el 26 de diciembre de 1910, describiendo: “En un chalet del Vedado he sabido lo que es un ciclón. Imaginaos un ejército de Eolos soplando a dos carillos, rompiendo todos los odres en que se encierran los alientos del espacio. Cae la lluvia, copiosamente, mugen, rugen, gritan los vientos, vuelan techos, se arrancan árboles de cuajo, se mutilan las estatuas de mármol, se vuelvan los tranvías y los coches, se derrumban muros que aplastan gentes; se cree ha llegado el fin del mundo, las señoras se encomiendan a Dios y unos ingleses y yo nos dedicamos al ‘whisky-and-soda’. Por fin huracán cesa de agitarse; se procura salvar a las víctimas de las inundaciones y aplastamientos; el presidente recorre las calles en su auto, los periódicos publican detalles de los desastres. La Isla de la Voluptuosidad tiene sus inconvenientes”.

Cuatro años antes Darío había asistido en Londres a una amplia sala, presidida por un telón blanco, para admirar el “bioscope” americano, uno de los pioneros sistemas de proyección cinematográfica. El artista de circo Randall Williams lo había popularizado en Inglaterra cuando, en 1879, convirtió la Ghost Show, que solía presentar en las ferias, en una “Films Show”. En su crónica “Londoniana. Diversiones inglesas” (La Nación, 14 de junio de 1906) Rubén escribe: “Entre los temblorosos chorros de luz que atraviesan la sala a obscuras, surgen en la gran sábana muchedumbres en movimiento, barcos que cortan las aguas, muelles embanderados. El rey de Inglaterra desembarca en Atenas; y cuando el soberano se lleva la mano al bicornio, las gentes baten palmas. Y ha de acabar el número óptico con las sabidas payasadas de cómicos incidentes. Aquí es un hambriento tramp que se roba una pierna de carnero y es perseguido por todo un ejército de transeúntes. Después son las aventuras y desventuras de una vieja de mala sombra. Noto que las gentes ríen con parsimonia, sin faltar carcajadas que podrían pasar por absolutamente meridionales.” (RD: Crónicas desconocidas, op., cit., pp. 15-16).

Como se ve, Rubén Darío no fue ajeno ni indiferente al cine. Es cierto que en 1916, el año de su fallecimiento, el cine continuaba siendo mudo; pero él pudo apreciar su importancia. Así lo declaró en el artículo “Evocaciones artísticas” al recomendar la creación de un museo antropológico moderno en Buenos Aires —desde los tiempos incaicos y los tiempos de Moctezuma hasta la independencia, y más acá aún, para constituir “un espectáculo hermoso e instructivo”. En dicho Museo, según él, podía aplicarse a la reproducción artística del pasado el método del barón de Kanzler, agregando: “La fotografía, las proyecciones, son hoy un elemento admirable en las conferencias. Y si se aplica el cinematógrafo, tanto mejor” (El Cojo Ilustrado, Caracas, XIII, 1904, p. 320).