•  |
  •  |

Durante años leí en los periódicos notas en las cuales se da cuenta de que delincuentes procesados por sus actos, de repente salen libres gracias a las incoherencias escriturales que sus defensores encuentran en las acusaciones que redactan los fiscales que llevan los casos. Incluso comencé a coleccionar esas notas, y hasta quise asistir a juicios con la certeza de constatar lo publicado, pero al final la epifanía me vino de una forma virulenta.

El cinco de enero, dos tipos en una motocicleta y vestidos de negro, me asaltaron pistola en mano en la Colonia Morazán. El objetivo inapelable del cañón del revólver en mi pecho era de matarme si me resistía. El miedo atravesó mis médulas y dócilmente entregué mis pertenencias. Luego del hecho fui a denunciar el robo en el Distrito II de Policía, donde después de media hora de espera me atendió un joven oficial de nombre escaso: Otilio González. Con una buena educación, González me tomó la declaración.

Pero en el proceso de redacción de la misma observé una extraña preocupación del oficial por no dejar ningún vacío o frase que se prestara a doble sentido, pues los fiscales ni revisan los documentos y por eso les botan los casos. Y los defensores han encontrado en esas oraciones ambiguas o en las faltas de elementos identificables la vulgar llave de la libertad de los malhechores. En efecto, una frase de la narración de los hechos puede ser usada para ese fin.

Dice así: “después del robo, el sujeto desconocido le ordena que se diera vuelta y que caminara con dirección este, fue en ese momento que aprovechó para subir en la motocicleta”. No se especifica si fue el ladrón o la víctima que aprovecha para montarse a la moto. Caso botado.

Días después fui a los juzgados a entrevistarme con un abogado amigo que me haría una solicitud de sentencia. Cuando estaba redactándola llegó otro “doctor” --es una especie de rito socioprofesional de exaltación llamarse así entre esta tribu, para separarse de los profanos que no somos “doctores”--, el tipo era todo carnes y risa --la sabiduría se ve en los ojos, las mañas en la risa. Un tercer “doctor”, enjuto y sencillo, le dijo al recién llegado que lo estaba esperando para revisar el caso del día: la defensa de un acusado de robo.

El sanguíneo “doctor”, nariz de coliflor y piel de bronce, fue enfático y breve: “Buscá cualquier equivocación en la acusación de la Fiscalía”, y se sentó a reposar la cruda que se asomaba en sus ojos y emanaba de su boca. No tomé apuntes de inmediato, pero sentí que asistí a la reducción de una carrera tan antigua y respetada, despreciada ahora por la atroz ley de la economía laboral.

El jueves 23 de enero comenzó el juicio contra una banda de hombres acusados de cometer un robo con intimidación en una tienda de venta de celulares cerca de Linda Vista. En la audiencia la defensa pidió a la jueza a cargo que no aceptara la acusación de la Fiscalía porque en ella hacían falta elementos que ubicaran y describieran bien a sus clientes. La magistrada, sin embargo, aceptó la acusación y programó una segunda vista.

Estos ejemplos evidencian una consciente falta de redacción en los encargados de acusar a los delincuentes, lo saben los policías, y más grave aún, se ha convertido en el argumento más usado por los defensores para liberar a sus clientes de una cárcel segura y merecida. Un buen manual de redacción puede ajustar las siete reglas básicas de escritura a cualquier profesional, pero en el caso de los fiscales, deben recibir un curso de actualización profesional, porque una habilidad tan básica como la escritura, puede ayudar a la impartición de justicia en este país que tanto la necesita.