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Hace diez años, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), hizo público un estudio sobre el impacto de las desigualdades en educación de calidad entre pobres y ricos.

Señalaba que las universidades públicas eran, de media, las de mejor calidad y que, siendo así, exigían mayores niveles académicos. Por tal motivo, a ellas accedían más fácilmente estudiantes de colegios privados --con mejor calidad de enseñanza-- que los procedentes de colegios públicos.

De esa forma, las universidades públicas contribuían, sin proponérselo, a incrementar los índices de desigualdad en las desiguales sociedades latinoamericanas.

Si hoy el BID hiciera un estudio similar, los resultados serían diferentes. La pérdida de calidad en la enseñanza universitaria se ha hecho tan general que parece epidemia.

La conversión de la enseñanza en negocio explica el deterioro dramático de lo que, en otros tiempos, marcaba diferencias entre tener y no tener título universitario.

Buscando nuevos filones de dinero, se ofertan carreras que solo existen en cuentas bancarias. Presionados por la competencia, buscan títulos peculiares, pero inexistentes.

Dos denominadores comunes tienen. Uno, la carencia vergonzosa de personal cualificado. Dos, que muchas carreras que ofrecen constituyen una estafa legalizada.

Se ofertan licenciaturas, por ejemplo, en Nutrición, aunque esta es simple diplomatura. Se habilitan otras en Farmacia Naturista, que solo existe en los cuentos de

caminos.

Estudiar no sirve para avanzar, sino para retroceder. Las universidades, convertidas en mercados, son foco de subdesarrollo. La educación, prostituida, condena a todo un país.

 

az.sinveniracuento@gmai.com