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Al morir el rey Abdullah de Arabia Saudí (único país en el mundo llamado así por el apellido de la familia gobernante), la situación en el Próximo Oriente y alrededores, puede tornarse mucho peor.

Es evidente que Siria, Irak, Irán (en tensión constante), Afganistán, Israel-Palestina, Yemen, están mal.

Y Arabia Saudí, Turquía y Jordania son los antiguos y estables aliados de Occidente, en la región más conflictiva de los últimos 70 años.

El fallecido rey saudí había sido aliado de casi todas las políticas exteriores de Washington. Aunque, por debajo, se le acusara de haber apoyado, de diversas maneras, a movimientos terroristas, incluyendo Al-Qaeda.

Y que ahora el sustituto designado dentro del círculo Saudí, haya sido Salman Bin Aldelaziz Al Saudí, no es garantía alguna de que las relaciones con Occidente seguirán siendo las mismas.

Si es cierto que el novísimo monarca Salman ya dijo que su política seguiría igual, esto no puede aceptarse como una garantía. ¿O tal vez su única preocupación será que los precios del petróleo suban de nuevo?

En política existen antecedentes: los que inicialmente anuncian cambios radicales y después se acomodan fácilmente a lo establecido si no cuentan con todo lo necesario a su favor. Y los que se presentan como continuadores de sus predecesores, pero poco a poco, van dándole su propio sello y liderazgo al poder en sus manos. ¡Estos últimos suelen ser más radicales y peligrosos! La prudencia inicial de sus actos les lleva a actuar sin causar altercados e incitar al temor o la desconfianza. Por ello, se afianzan primero, con mucha cautela, para no verse rechazados y temidos, y dar seguridad a los que les puedan adversar o temen una caída por los infortunios del nuevo giro (¡o la muerte del acostumbrado protector!).

Para Occidente, Arabia Saudí ha sido un aliado importantísimo por el dinero, petróleo y su influencia religiosa (fundadores de la escuela suní --mayoritaria en la feligresía musulmana)--. Además, es el país donde nació el profeta; tiene cuatro escuelas que interpretan la Sharia (ley islámica); y su posicionamiento geográfico es único: ocupa el 80% de la península más grande del mundo, entre dos continentes; y entre el mar Rojo y el golfo Pérsico. ¿Qué más puede pedir el mayor productor mundial de petróleo (aporta el 13.3% del total)? Lidera la OPEP. Y es la 20a. economía del planeta.

Se podría decir que es un país estable. Pero sería una caracterización espuria. Está manejado por una monarquía absoluta, donde el rey y su familia controlan todos los mecanismos políticos, sociales, religiosos y económicos.

En Arabia Saudí no hay partidos políticos. No hay división de poderes.

Siendo así, es un régimen violador de los derechos humanos, según los informes de organizaciones respetables como Amnistía Internacional. Es más, Riad no es signataria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

De los antiguos aliados de Occidente en el mundo árabe, se destacaban Arabia Saudí, Jordania y Egipto (agregaríamos a Turquía, musulmán, no-árabe, si ampliáramos el concepto a Oriente Próximo). Pero Egipto (nor-africano) hoy es inestable e incierto. Y la bien portada y pro-occidental Jordania, tiene solo credibilidad moral. Pero no posee los recursos de los saudís, ni un ejército grande y poderoso; tampoco influencia religiosa; mucho menos poder político para enfrentar a Irán y propiciar un cambio de actitud en Teherán. ¿O su derrocamiento?, como lo insinúan los líderes saudíes.

¿Si Washington y Teherán llegaran a un acuerdo, Riad se distanciaría de Estados Unidos? ¿Quién convendría más como aliado?

Un país de 25 millones de habitantes, y 2.25 millones de kms2, con tanto poder económico e influencia religiosa en el mundo árabe, no puede descuidarse.

Occidente debe asegurarse que tendrá aliados en esa zona de precaria estabilidad. Esto, primeramente, es vital para Israel. Esos bastiones aliados no deben caer; impiden que un conflicto armagedónico surja al comenzar el siglo XXI.

No siempre los organismos internacionales, implantando medidas económicas, pueden detener la escalada de crisis. Y, peor, aun: cuando religión, armas, cultura, odio y dinero se juntan, es viable un conflicto global.

En Oriente Próximo hay mucha pólvora regada, resentimiento, odio. La chispa ha sido lenta. Pero, ¿por cuánto tiempo?

A Occidente le conviene que Riad siga siendo su aliado, más en estos tiempos agitados y caprichosos.

Es cierto que es inmoral aceptarla por su condición nada democrática (¿y a veces sospechosa?). Pero, si se alejare, caería una gran muralla que está deteniendo a los anti-cruzados que irrumpirían desbordados desde el Lejano Oriente.