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Treinta años atrás, el 6 de febrero de 1985, nos dieron la peor noticia de nuestras vidas: la caída en combate de mi hermano, Álvaro, en el cerro El Ventarrón, Jinotega, durante una emboscada perpetrada por la Contra, el día anterior.

Tres meses antes había partido al norte del país para incorporarse a la batalla del café, como jefe de pelotón del contingente de estudiantes del Recinto Universitario “Carlos Fonseca” (el RUCFA). La Revolución requería de miles de brazos voluntarios para recoger la cosecha cafetalera 1984-1985 y evitar así que el café, principal rubro de exportación, se perdiera en las fincas ubicadas en las zonas de guerra. Mi hermano, junto a sus compañeros de la carrera de Economía, se ubicó en la finca Las Lajas, en Jinotega. Él cursaba el último año y trabajaba en el Ministerio de Cooperación Externa.

Desde que llegó y hasta el final, Alvaro escribió un diario de campo en cuadernos pequeños, rayados o cuadriculados que provenían de los países socialistas, en los que con su letra menuda, un poco fea pero legible, describía la situación dura que enfrentaban bajo el acoso y la amenaza de un ataque militar contra esa propiedad cafetalera que pertenecía al Estado.

Organizados en escuadras, pelotones y en columnas, jóvenes universitarios de ambos sexos salían por las madrugadas a cortar el café o a realizar labores de vigilancia. Mientras unos cortaban el rojito con un canasto amarrado a la cintura; otros resguardaban a sus compañeros, haciendo posta en los alrededores, apoyándose en un fusil AK-47 de manufactura coreana o soviética. Asumían con tanta entrega su labor, que incluso festejaban cuando una de las escuadras del pelotón mejoraba la productividad individual y colectiva, y recibían un merecido reconocimiento del mando estudiantil.

Era una batalla de mucho sacrificio, ya que además de la jornada laboral, bajo un intenso frío y bajo la lluvia, también le correspondía a militantes y dirigentes de la Juventud Sandinista 19 de Julio y del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), garantizar la vigilancia de la finca y del contingente. Apegados a un rol, cada uno de ellos debía hacer posta por varias horas, de forma periódica, para prevenir ser soprendidos por la Contra, una guerrilla financiada por la Administración Reagan y que se movilizaba en las llamadas “Fuerzas de tarea”.

Además del diario de campo, mi hermano escribía cartas personales que llegaban hasta nosotros. En hojas de papel legal o en hojas de cuadernos papel no bond, mantuvo la comunicación. En esa correspondencia, que aún conserva mi mamá, describió cómo “celebraron” la Navidad y el Año Nuevo, la nostalgia que los embargaba a todos, pero también el sentimiento de solidaridad, de compañerismo y de no flaquear, que sostenía a cada uno de esos muchachos y muchachas. Rajarse no era una opción y así lo dejó patente en una carta que escribió. “En mi mente solo persiste la palabra cumplir”, dijo, y esa frase quedó plasmada en su lápida.

En esas cartas personales, mi hermano preguntaba siempre por su hijo, Alvaro Emilio, entonces de tres años, y era tan ordenado con sus gastos, que le orientaba a mi mamá cómo disponer del salario que devengaba en Cooperación Externa, para colaborar con los gastos del “Pelón”, como lo llamaba.

Poco antes de que concluyera la cosecha cafetalera en Las Lajas, mi hermano junto a otros compañeros sandinistas recibió la orientación de hacer trabajo político en una zona donde la Contra tenía base social y, pese a no tener experiencia militar, salieron a cumplir con la misión encomedada, acompañados de un pelotón de muchachos del Servicio Militar, del BLI MAO.

Cuentan que tropas de la Contra, de la fuerza de tarea que comandaba “Mike Lima”, supo de la presencia de ellos en la zona que controlaban y se dispusieron a emboscarlos, amparándose en su superioridad numérica. Mi hermano junto a los Cachorros intentó refugiarse y parapetearse en el Cerro El Ventarrón, pero en la refriega, varios impactos lo alcanzaron y murió desangrado. Le faltaban 12 días para celebrar su cumpleaños número 23.

Hoy, 30 años después, escribo estas líneas para que no se olvide su sacrificio. Sería injusto que su ofrenda de vida sea sepultada por el calendario o por la indiferencia.