Jorge Eduardo Arellano
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Mn magistral retrato del Fernando Quiñones inicial y posterior, en breves líneas, es el que trazó José Manuel Caballero Bonald en su libro autobiográfico Tiempo de guerras perdidas: «Fernando Quiñones era el hombre feliz, la criatura afortunada, sólo que en versión pobre. Debido a ciertos conflictos familiares, se había ido a vivir, siendo casi un niño, con una tía suya sin posibles, lo cual lo obligó a tener que trabajar por las noches en el muelle pesquero, acarreando cajas de pescado. Esa dura enseñanza de la vida, que podía haber provocado el desaliento en cualquier muchacho, por mucha entereza que tuviese, le parecía a Fernando poco menos que un augurio de buenaventura. No he conocido a nadie con una disponibilidad tan sin moratorias y con una más colmada especialización para distribuir su congénita alegría. No tenía a este respecto el menor sentido del ridículo y le traía sin cuidado todo lo que no encajara en la naturalidad de sus normas de conducta».

Hablaban los caminantes de este escritor gaditano, quien siempre vivió como los cantes de ida y vuelta, de cara a América y muy especialmente de cara a Nicaragua, por lo que con propiedad y afecto lo llamamos nuestro Fernando Quiñones. Nuestro y dueño de todo lo nicaragüense desde antes de que, en los primeros años de la década del sesenta, apareciéramos por Madrid: Luis Rocha, Julio Cabrales, Horacio Peña, Beltrán Morales, Chichí Fernández, Rolando Steiner, Carlos Martínez Rivas y muchísimos más, a quienes abrió sus brazos y acogió como hermanos para siempre. Desde luego que, por su aborigen amistad con Pablo Antonio Cuadra y sus publicaciones en La Prensa Literaria de aquella época, ya era un previo americano, como dijo José Coronel Urtecho de José María Valverde. Y en su rico inventario de nicaragüenses seducidos, están muchos más a quienes conoció posteriormente en sus viajes a Nicaragua, como Michéle Najlis. El inventario sería interminable porque Quiñones podía abarcar entre sus brazos fraternos desde a Fernando Silva, Sergio Ramírez o Ernesto Cardenal, hasta una humilde mercadera de El Oriental. Fernando Quiñones Chozas había nacido en Chiclana de la Frontera, Cádiz, el 2 de marzo de 1930. Hoy es ahí la sede de la Fundación Fernando Quiñones, la que con motivo de los diez años de su fallecimiento un 17 de noviembre de 1998, organizó un apoteósico homenaje al escritor, en el contexto de los cursos de invierno de la Universidad de Cádiz (UCA). Mesas redondas sobre su poesía y narrativa, música y espectáculos le dieron calor en aquellos muy fríos días al “Fernando Quiñones, siempre”, que así se llamó el seminario. Me cupo el honor, y por eso no hubo columna el pasado jueves 27, de inaugurarlo con mi conferencia “Quiñones, tan de cara a América”, en un tramado histórico y vital de los vínculos de Fernando y Cádiz con América. Obras de Quiñones elogiadas por críticos, escritores como Félix Grande y biógrafas como Amalia Vilches, entre otros destacados participantes, comprenden, entre más de cincuenta títulos, narrativa, poesía, teatro, estudios literarios y musicológicos, traducciones y monografías de arte.

Mi vinculación literaria y afectiva con Fernando Quiñones --ya lo he dicho y lo repetí en Chiclana-- se remonta a cuando llegué a Madrid en 1962 llevándole sendas cartas de presentación de Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho, y como él no se encontraba en España aquel mes de diciembre, le pedí a Félix Grande que me hiciera el favor de entregárselas cuando regresara. La verdad es que yo había olvidado el asunto, y estando de visita en los primeros meses de 1963 en el despacho de Luis Rosales, veo que irrumpe como un huracán alguien a quien jamás había visto y, de sopetón y con marcado acento andaluz, me suelta un estruendoso y afectivo «¡sinvergüenza!» acompañado de un efusivo abrazo, el cual desde entonces nos une. Reconocernos, no parar de reclamarme por no haberlo buscado después de dejarle las cartas, presentarme a Nadia su mujer e ir a parar aquel mismo fin de semana a su casa en Cercedilla, en la Sierra de Guadarrama, fue casi un solo hecho arrollador e imperecedero.

Arrollador también llegó la primera vez que vino a Nicaragua, para el centenario del nacimiento de Rubén Darío, en 1967, razón por la cual la gente de protocolo nos había permitido a Pablo Antonio Cuadra y a mí acudir a esperar al pie de la escalerilla del avión a la delegación española. El primero en aparecer, incontenible, fue Fernando Quiñones, quien no más divisarnos nos gritó eufórico y con andaluza entonación que dejó de una pieza a guardias nacionales y edecanes: «¡Pablo Antonio, Luis Rocha, vengo más contento, coño, que un maricón con lombrices!».

Aquella celebración fue apoteósica y a la vez malograda. Los grandes analistas de la obra dariana se reunían entre sí, y Fernando Quiñones se escapaba a visitar mercados. Luis Rosales hacía lo propio dejándose llevar por su viejo amigo José Coronel Urtecho. Quiñones hacía más y más amistades y ya para el 22 de enero, cuando estaba planeada una gigantesca manifestación en contra de aquella primera dictadura familiar, la de los Somoza, había conocido a Michéle Najlis, en cuyo rescate se empecinó horas antes de la masacre. Manuel Pérez Estrada me dijo dónde estaba y ambos fuimos por ella. Lo consignamos ahora y para finalizar esta plática por lo que este hecho dice de nuestro Fernando Quiñones.

luisrochaurtecho@yahoo.com
Jueves, 4 de diciembre de 2008.