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El presidente de los Estados Unidos acaba de decirlo con mucha claridad desde Washington: “No estamos en guerra contra el islam sino contra el extremismo”.

Pero para los adversarios republicanos este es un asunto semántico que debe ser precisado. Además, perciben al mandatario como un presidente timorato que no únicamente evita etiquetar al islam, sino que quiere señalar a aquellos que actúan bajo impulsos fanáticos y malas interpretaciones de lo que --arguyen ellos-- es un deber de la fe.

No tiene que importar cómo deberían ser etiquetados los enemigos. Nos debe interesar las consecuencias o la resonancia que pueda tener una política que se proyecta desde la nación más poderosa del mundo.

Si se han reunido expertos de todo el mundo en la Casa Blanca para discutir la manera en que hay que ponerle fin al ciclo de los conflictos, el punto es que la diplomacia parece vencida y el peligro muy elevado. Y Occidente, más los que se sumen, deben enfrentar los flagelos pandémicos al igual que están luchando contra el ébola.

Por otro lado, con esa declaración el presidente nos está diciendo que no hay guerra de religiones o valores; que no se piensa deportar a todos los musulmanes de Europa o Norteamérica. La cuestión aquí es: el líder estadounidense está confirmando que sí estamos ya en una guerra de lleno.

El Estado Islámico ataca en todos los continentes y tiene tropas en Siria, Iraq, Libia, Indonesia, Yemen, Paquistán, Nigeria.

Y no es para menos. Después de los ataques de 9/11/2001, donde hubo 2,752 muertos y los posteriores, en Europa donde ha habido 57 ataques y 438 víctimas mortales, el mundo occidental pasó del terrorismo sorpresivo a la guerra de ejércitos. Lo peor. Se destruye el orden internacional y con los degollamientos, se propicia una pandemia psicológica.

No es una guerra contra un enemigo estacionado. Sino más bien, disperso en varios continentes. Es una guerra lenta que puede acelerarse o escalarse. Y la mayoría de los que mueren son civiles.

El colmo es que países árabes como Egipto y Jordania están atacando posiciones del Estado Islámico.

Y otros tan pacíficos, seguros y diplomáticos como Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Japón, ahora ven al terrorismo como una amenaza que debe acometerse prioritariamente y con todos los recursos.

Algo paradójico, también el grupo terrorista Hezbolá está combatiendo contra el Estado Islámico (¡Los terroristas enfrentados entre sí!).

Hay algo muy cierto. Existe una fuerte conciencia global de que este terrorismo expansivo y masivo debe ser extirpado. El Estado Islámico impone un sistema que irrespeta derechos, libertades, instituciones, tradiciones y vidas humanas.

Si estamos en guerra, ¿ello permitirá que los Estados cometan todas las acciones arbitrarias que quieran para preservar la seguridad nacional o la estabilidad internacional?

Si Washington está en guerra, ¿cuáles son los alcances de la declaración del jefe de la Casa Blanca? ¿Habrá campos de concentración de extremistas? ¿O Guantánamo servirá para ese propósito?

Sin dudas, aumentarán las medidas de seguridad en los aeropuertos, las universidades, los museos, los centros comerciales, los parques de diversión, los aviones, los barcos, las sinagogas y otros templos.

Si ya no vivimos en paz desde el 2001, no es solo porque el terrorismo se haya exacerbado solito. Algunos sectores árabes esgrimen las razones por las que están resentidos contra Occidente. Ellos creen que se apoya ciegamente todas las políticas de Israel; no se integran a ciudadanos islamistas a las sociedades europeas y norteamericanos, quieren imponer precios y cuotas del petróleo y van contra su cultura, pues no hay afinidad o compatibilidad alguna en cuanto a derechos humanos, democracia o el valor de la tolerancia.

En parte hay razón, pero no justificaciones. Ha faltado el agradecimiento y la suprema virtud de la tolerancia. ¿Occidente va a pasar cuentas?

¿Los países musulmanes prohibirán por su parte, todo lo occidental, judío o cristiano que contradiga sus valores y su cultura?

Hay países en África y Asia donde conviven cristianos y musulmanes. ¿Qué se puede aprender de ellos?

El problema no yace en los que han convivido con esa diversidad, sino que los extremistas ven a los que no piensan como ellos, como enemigos que deben ser exterminados.

¿Se agudizó la guerra del hombre contra el hombre, como si cumpliéramos una profecía de Thomas Hobbes?

De una lucha así, ¿sobrevivirá la majestuosa cultura occidental, sus valores, ritos e instituciones? ¿O algunos países orientales sucumbirán, a pesar de lo hermoso y prodigiosas que han sido sus manifestaciones culturales y artísticas?