Jorge Eduardo Arellano
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Cuando la conocí, en su pequeña casa del barrio de San Judas, había dos rostros que anunciaban dos mundos: el de ella, con los achaques del embarazo, una serenada tristeza; y el de su hija pequeña, de tres años, que lo embargaba todo con los ojos de sonrisa que hacían cosquillas, los más alegres que he visto en mi vida. La pequeña, que se llama Jocelin era toda en sí un pequeño terremoto que temblaba a nuestro alrededor meneando hasta la conversación.

La mamá me decía que quería seguir estudiando, a pesar de que la fábrica de la zona franca donde trabajaba había cerrado, o iba a cerrar, ya no recuerdo. Antes de eso, había trabajado como empleada doméstica, pero su marido (vigilante) le había pedido que lo dejase, después de escuchar pacientemente cada noche los relatos de ella sobre los abusos de los que era objeto en otra casa, un poco menos pobre que la suya, del mismo barrio de San Judas.

-Pasé – me explicaba – de la explotación de una nica, a la de una china.

¿Y cuál es peor?, le pregunté yo. –No sabría qué decirle -, contestó.

Y es curioso porque ahora que se están conociendo las inquietantes informaciones sobre los cierres de algunas fábricas de zonas francas en Nicaragua, para buscar un mercado laboral con la mano de obra aún más barata, que es lo único que buscan estas empresas crápulas que en pasados gobiernos y en el actual se han pretendido mantener como alternativa al desempleo, nos preocupamos como la espalda en la que cesan por unos instantes los latigazos.

Para muchas mujeres jóvenes (los hombres no quieren aprender este oficio) la alternativa es clara: otra fábrica, o de doméstica en una casa, y el círculo de abusos, y en muchos casos, la sorda violencia del maltrato verbal, físico y de manipulación, vuelve a empezar. Que mi amiga no supiera distinguir entre la explotación de su propia gente (no alejada económicamente de ella) y la de las empresas asiáticas, decía mucho del país que vive y sobrevive en una pobreza que nunca cesa, a la que unos parches más o menos no la disimulan ni la erradican.

Nicaragua está perdiendo capacidad de generar empleo, y para colmo, ahora hasta pierde parte de su presupuesto que procedía de la cooperación internacional y ante la que el presidente ya ha declarado que él, solito él, no se va a arrodillar, porque ahí está nuestro “tío Chávez” para lo que haga falta.

En la casa de mi amiga de San Judas, apenas llega la noche, todo un mundo vuelve a juntarse: el pequeño terremoto, la mujer embarazada y despedida, a punto de iniciar el nuevo ciclo de su explotación a cambio de unos pocos cientos de pesos, y el marido en su regreso de una parte de otros pocos cientos de pesos. Últimamente los precios del combustible han aliviado algo el del arroz y el frijol, incluso la papa. Lo malo es que no bajan nunca como subieron esos jo… precios. Pero, como les decía, en ese mundo pequeño de mi amiga se vuelve a juntar un terremoto, con una tristeza serena, con una dignidad de a de veras, y no la que un político de turno, sea presidente o monigote, se le ocurre que es la dignidad.

Ustedes saben, que en muchas familias como ésta, como las nuestras, la descomposición viene unida frecuentemente a las dificultades económicas, y tal vez sea eso, lo que más ensancha el corazón al mirarlos a ellos tres, casi cuatro ya: que a pesar de todo, hay un mundo chico allí que lo agranda todo, un refugio entre sus ojos, sus gestos mínimos, seguramente diarios, y no ante uno que los visita tan solo y se va con la duda de si realmente será siempre así.

Los ojos de una madre y los de los niños no mienten, según dicen, y si lo que dicen es cierto, acabo de visitar un refugio al que he vuelto con el ánimo en estos días. No saben lo que significa pensar en ellos ante esta incertidumbre que nos acompaña. Y si tuviera que volver a comenzar este artículo para explicarles lo que quería decirles con todo esto, no sabría. Espero me perdonen. No sabía como hablar de los refugios. Hasta que uno no está dentro de ellos, no sabe lo que tiene que decir, y luego a veces, se olvida. Sólo queda eso que no se puede contar con palabras. Cómo podría explicarlo.

franciscosancho@hotmail.com