Jorge Eduardo Arellano
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La búsqueda del amor es el motor del mundo. Las religiones predican sobre el amor. Es tema de la mayoría de obras literarias y de gran parte de la producción artística. A nivel individual lo buscamos en nuestra propia vida. El amor es motivo de actos heroicos. En cada esfuerzo humano se encuentra la búsqueda del amor como sinónimo de la realización personal.

Ahora también se usa como estrategia política por parte del Estado. En Managua, a través de sus calles, yendo en buses, en carros o a pie, en sus rotondas se observan mantas con el lema: El amor es más fuerte que el odio. Como parte de una campaña de Oración contra el odio, impulsada desde el gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional de Nicaragua, ante ataques y críticas vertidas a su gestión desde la oposición.

Esta campaña como respuesta del Gobierno se repite en casi todas las rotondas de Managua, y consiste de mantas sostenidas por personas de apariencia campesina, la mayoría de la tercera edad, con rostros afligidos y miradas acuosas y perdidas. Pobladores anónimos y de promesas incumplidas. Como vecinos sencillos y veteranos que se refugian, arrugados y adormecidos, en un sueño melancólico de tierra perdida. Seres ensimismados, que no conocen de individualidad ni nombre. Sin embargo, con su voluntad irreflexiva y ancestral, animan una insatisfacción triste: ¿es el amor más fuerte que el odio?
Algunas experiencias nos marcan para siempre, dejan una profunda impresión en nuestro ser y conscientes o inconscientes de ello; esa herida que nunca llega a cicatrizar, determina nuestra forma de relacionarnos con nosotros mismos, con el mundo y con los demás.

Se vive con mucho dolor. Huimos del dolor y lo encontramos. En la pérdida de una hija en el vientre y que ha sido buscada y deseada largamente; en la traición infinita del ser amado; en el escarnio, la vergüenza y la exposición pública; en el insulto perpetuo; en la denigración con saña y sin razón; en la envidia; en la búsqueda del afecto que no nos fue proporcionado; en la muerte o el abandono temprano de los padres o en el rechazo de los mismos. En la falta de reconocimiento a nuestros esfuerzos; y en los golpes de la vida que sentimos inherentes a nuestro destino.

El anhelo de algo bueno nos colma de felicidad, pero si no se realiza, nos causa un fuerte sentimiento de desilusión. Este sentimiento nos resiente con el mundo y nos separa de Dios o nos acerca.

Cuando las agresiones nos llegan de todas partes, sin nosotros saber por qué, comenzamos a ver fuerzas oscuras y a luchar contra ellas; nos afincamos en un poder místico, del cual también nos valemos para ampliar y asegurar nuestra existencia sobre la tierra a través de lo político o lo económico.

El objetivo de esta campaña va más allá, pretende la instauración de una mentalidad mística contrapuesta a otra científica. En ese sentido es una revolución, un cambio de era. Ahora también, a esta campaña se le han agregado actividades culturales como bailes folclóricos nacionales o grupos de música, que entonan melodías cristianas o revolucionarias.

Pero más allá de las diversas lecturas críticas que se pueden hacer de esta iniciativa o “campaña en el tiempo”, yo leo un mensaje muy personal: a pesar de todo, no dejamos de creer en el amor. Muchas personas se empecinan en la búsqueda del amor humano, el de pareja, el de hermanos, el de los padres; y son diversas las rutas y tropiezos que nos conducen al amor a Dios, y, ¿quién puede oponerse a eso, una vez muerto Nietszche?
El amor humano muere con el tiempo, cuando el sujeto de amor ya no está presente o cambia. El amor divino existe por siempre. Éste no conoce de muerte, no reconoce ausencia ni experimenta separación.

La mayoría de las personas mira sólo la superficie, pero el amor abre los ojos cerrados. No es ciego, al contrario, quien ama ve más que quien no ama.

El amor no se demuestra en grandes gestos, sino que se encuentra en cada acto pequeño, insignificante y, a menudo inadvertido, de una humilde rutina. Advertir por la noche el frío del otro y asistirlo con la manta que tenemos para nuestro abrigo. Adivinar sus necesidades y carencias, sentir en el interior lo que siente y vive. El amor es como un espejo que revela lo que está delante. Un estado en el que no existe la idea de recibir algo a cambio. El amor a Dios es el sendero de los corazones que han sufrido. Sólo el amor lo conquista todo.

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