Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Como hemos visto en los artículos anteriores, el prefijo es el elemento morfológico que se coloca invariablemente antes de la raíz de un vocablo para formar derivados. En español, tienen una posición fija. De allí su nombre: prefijo.

A diferencia del sufijo, el prefijo no permite el cambio de categoría de la nueva palabra, pues si a un verbo del español general como lavar se le antepone el prefijo des-, se forma otro verbo (“deslavar”) aunque con significado distinto: “Si sigue lloviendo se podría volver a deslavar el volcán Casita”.

Excepcionalmente, tenemos unos pocos casos en el español general como los sustantivos “uso” y “bala”, que cambian a adjetivos al agregarle el prefijo: herramienta multiuso, chaleco antibalas.

Basta un prefijo agregado a la raíz para formar un derivado, como los verbos enllavar (“Ella enllava las joyas por seguridad”), engusanar (“La chonela se le va a engusanar”), engramar (“Quiero engramar el patio”), engüevarse (“Vas a engüevar a la muchacha de tanta jodedera”), aculillarse (“Con nada y nada se aculilla”). El verbo “embuzonar” –fíjese usted- , ya no significa simplemente ocultar armas, sino “esconder u ocultar cualquier cosa”, como un celular en el cupertino: “El ‘embuzonar’ celulares en el ano se ha vuelto un negocio para algunos presidarios, porque se pueden ganar hasta 300 córdobas en una semana”. (END/26/11/08)
Hay casos en que pueden acumularse dos prefijos, como los verbos desentejar (“Hay
que desentejar esta casa”) y desentechar (“Vamos a desentechar el rancho”), que el nica prefiere al destejar y destechar del español general.

Carlos Mántica, en El habla nicaragüense (1973), afirma que algunos prefijos de origen náhuatl, como tzin-, entran en la formación de nuevas palabras, como chimbomba (‘globo’): “La sala estaba adornada de chimbombas de variados colores”); chingorro (‘gorro pequeño’): “Había en el súper lindas muchachas con chingorro navideño”; chinchinear (‘mimar’): “Si chinchineás mucho a este chavalo, lo vas a volver malcriado”; chibola (‘canica o bolita para jugar’): “De niño, nos entreteníamos jugando con chibolas”.

Es probable que en un adjetivo, que no incluye Mántica, como chinvarona (muchacha alocada), se encuentre también el prefijo tzin: Eso le pasa por andar de chinvarona encaramándose en los buses pelones… (Carlos Mántica, “Dos personajes inolvidables”. El Pez y la Serpiente, Revista Centroamericana de Cultura, No. 50, p. 98).

Incluso, en palabras de uso común como guacal (‘vasija hecha del fruto del jícaro’), guacamol (‘revuelto de aguacate y huevo cocido), güipil (‘vestido típico nicaragüense’) y guatuza (‘higa’), Mántica descubre el prefijo náhuatl hua- y cuauh-, transformado en gua-.

Los prefijos españoles a-, des- y en- forman derivados de origen náhuatl: apocoyado (‘triste, afligido’): “El tipo, apocoyado, no quiso salir de su casa”; desguapar (‘romper, dividir’): “En el bochinche, uno de los vecinos le desguapó la camisola”; encolocharse (‘enredarse, hacerse un lío’): “Debalde estudié tanto, porque en el examen todito me encoloché”; encocarse (‘confundirse’): “La explicación del profesor me encocó más de lo que estaba”.

En el español supranacional, el prefijo “des-“ denota --según el Diccionario académico-- “negación o inversión” del significado del término simple, como (deshacer); en nuestro país tenemos muchos ejemplos, como “desalzarse”: “Los hombres de la resistencia nicaragüense se desalzaron en San Pedro de Lóvago”.

Otro significado de este prefijo es “privación” (desabrigar); nosotros tenemos ejemplos como “descuerar”: “El moclín la descueró (desvirgó) inmisericordemente”.

También significa “exceso o demasía” (deslenguado); veamos un ejemplo nuestro: “Como estaba perdido en las faldas boscosas del volcán, se desgalilló (desgañitó) pegando gritos a lo loco”.

Y otro significado más es “fuera de” (desviado); un ejemplo en Nicaragua es “descarrilado”: “Es un pobre muchacho descarrilado (desviado del buen camino) que se la pasa oliendo pega todo el santo día”.

Muy raramente significa “afirmación”, como el desusado “deslánguido” (flaco, débil) del español general, que ahora se dice “lánguido”. Nosotros tenemos algunos ejemplos, como “descambiar”: “No me quiso descambiar el billete de quinientas maracandacas, porque no tenía sencillo”.

Pero en el habla nicaragüense, este prefijo tiene –además de los significados empleados en el español estándar -, otras implicaciones semánticas, con un uso peculiar, sobre todo porque en muchos casos acompaña a lexemas (raíces) con un significado muy propio de nuestra comunidad lingüística, desde el desusado “despernancar” (despatarrar), empleado en Hispanoamérica y muy frecuente en el habla popular de Nicaragua (“El toro lo lanzó al suelo y lo despernancó”), o el americanismo “deschavetado” (chiflado) -de gran vitalidad entre nosotros- (“Un tipo deschavetado como vos no puede ser líder”), hasta el eufónico “desguabilar” (arruinar): “Desguabiló el reloj sólo porque andaba de un güevo”; o el expresivo “desmarimbar” (caerse estrepitosamente): “El niño se meció tanto en el chino hasta que se desmarimbó”; el sonoro “desenguaracar” (destapar o descubrir): “Por fin desenguaracaron lo del narcojet”); los aliterados “descharchar” (desunir o descomponer): “Descharcharon el equipo de sonido a punta de patadas”, y “deschincacar” (golpear): “Lo deschincacó de un batazo”; el disfemismo “desturcar” (desbaratar): “Quiso desturcar la caponera empujándola hacia el barranco”; el malsonante “desmambichar” (arruinar o descomponer): “Golpeó y golpeó el radio hasta que lo desmambichó”, y el
ruidoso “descachimbamiento” (destrozo, ruina), que tanto gusta a Carlos Mántica. O el colmo: romperse los “tornillos” en vez de las ternillas o cartílagos al “destornillarse de risa”.

Y es que el hablante nicaragüense, impulsado por la fuerte tendencia neologista en la actualidad, va creando nuevas palabras para designar “realidades” matizadas de nuevas significaciones. Así, la necesidad de “actuar sin intereses de partido” obliga a formar un verbo con el prefijo “des-“ y el sustantivo partido (“despartidizar”), o con el adjetivo partidario (“despartidarizar”). Los ejemplos abundan. Ya lo vimos en artículos anteriores. Leamos a la doctora Rosa Marina Zelaya Velázquez en su artículo “Las lecciones del CSE partidarizado” (LP/19/11/08): “Para las elecciones nacionales del 2011 urge Reformas a la Ley Electoral y despartidarizar totalmente el Poder Electoral”.

rmatuslazo@cablenet.com.ni