Jorge Eduardo Arellano
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Nicaragua, estirpe viviente de tantas culturas ancestrales, cuyas fecundas y diversas raíces se profundizan en el corazón de muchos pueblos --maribios o sutiavas, mangues o chorotegas, nahuas o niquiranos-- con espíritu mariano, regresa de nuevo este 7 de diciembre motivado por una alegría colectiva a incorporarse en el proceso de la historia religiosa de los tiempos, reafirmando con amor su esperanza en la siempre Purísima Concepción de María.

“La Gritería”, tal como le llamamos a esta fiesta, es un acontecimiento festivo producto de la fusión incidente de los elementos indígenas y castellanos en los que se impone la cultura española sobre la creencia de los indígenas, quienes en su cosmovisión reconocían al Sol y la Luna como los fundadores de la humanidad y los protectores de la vida; manifestación celeste que se ha quedado perdurando explícitamente en la simbología escultórica de la venerada “Madre de Dios”, como o para reiterar la fuerza de la tradicionalidad espiritual, cuya estructura supone un comportamiento homogéneo, vigente aun sobre las transformaciones religiosas de los tiempos actuales.

El origen de La Gritería a La Purísima se confunde entre la historia y la leyenda. Hay muchas versiones entre las que no falta a veces el carácter localista. Independientemente de que hayan sido los padres de la orden de San Francisco sus verdaderos impulsadores, hay una versión que la consideramos verdadera y que proviene de la iglesia San Felipe, de León, con la del Obispo de la misma diócesis, que al ver el arreglo del templo emocionado dijo: “¿Quién causa tanta alegría?”, a lo que los fieles alegremente gritaron: “¡La Concepción de María!”.

Esta reminiscencia histórica nos regresa al 5 de enero de 1626, con Fray Benito Rodríguez de Baltodano, Obispo de León por ese tiempo, quien extiende un testimonio jurado sobre la presencia y de la ya tradicional veneración a “Nuestra Señora de El Viejo”. Luego, con Fray Lucas de Angulo, quien en el año 1676 dice en Granada un sermón con motivo de haber finalizado la construcción del castillo, llamado “El Castillo de la Inmaculada Concepción”, el que resultó un Panegírico de gran celebridad exaltando la grandeza del misterio de la Concepción de María, el cual llega a motivar el sentimiento de los frailes franciscanos asentados en nuestra tierra, quienes proclamaban la Concepción de la Virgen María, un acto sin mancilla preservado del pecado original.

En 1720, Fray Rodrigo de Jesús Betancourt imprime la novena “El Candor de la Luz Eterna”, la que contiene plegarias y cánticos, lo cual despierta aun más la fe en la siempre pura y limpia Concepción de María.

De inmediato se extiende una corriente de literatura popular de contenido religioso que destaca cantos y alabados a La Virgen, despertando un profundo interés por la preocupación de esta devoción.

A medida que el tiempo va transcurriendo, esta devoción mariana avanza hacia el Centro-Norte del país con el indeclinable impulso misionero de los franciscanos, quienes por más de 200 años han transmitido a los indígenas sus propias inclinaciones religiosas, a lo que se agrega Fray Antonio Margil de Jesús, quien ha llegado de Guatemala para ejercer aquí su ministerio cristianizador. Este misionero, además de promover la devoción al amor de Jesucristo, impulsó con gran piedad el culto a La Virgen María. Se dice que era un misionero muy humilde, pero que tenía una gran cultura. Y fue así cómo cada vez que se rezaba la Novena al terminar el rezo repartía dulces y golosinas entre los asistentes los que correspondían con gloriosas alabanzas a la “Purísima Virgen María”.

Así se encontraban estos memorables acontecimientos, cuando el 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX oficializa como “Verdad de la fe” el dogma de la “Inmaculada Concepción de María”, proclamando su veneración en el culto de la Iglesia Católica, al que se adhiere con gran fuerza y alegría la renombrada “Gritería a la Purísima”, la que si bien es cierto naciera en la ciudad de León, también es cierto que se celebraba en Granada, Masaya y Carazo desde mediados del siglo XVI, de acuerdo a la historia y a la narrativa oral.

De esta manera nuestra Nicaragua, al igual que México con la venerada “Virgen Morena” del Tepeyac, María de Nicaragua se queda eternizada entre el aroma del incienso en los altares de diciembre, mes de exaltación; con sus dulces y golosinas, pitos, flautas, panderetas, ocarinas y castañuelas, cantares, alabados y villancicos; sus aires frescos y livianos se conjugan con los vientos alisios de las fábulas griegas; las cabañuelas del Niño Dios, el albor de los madroños y la pascuas, y el esplendoroso espacio con sus cúmulos de nubes que discurren presurosos bajo el azul del cielo, cual rebaño de blancos corderos, hacen de este tiempo la primavera blanca de la Virgen María.

Diciembre es el instante presentido de la esperanza, la fe, el amor y la paz, esa paz que no sólo es la ausencia de la guerra, sino también de los buenos sentimientos y correctas actitudes. Diciembre finalmente es el tiempo propicio para aspirar con dulzura el perfume embriagador que fluye de las flores, flores que incendian de colores la pradera, perfilando en el esmeralda del paisaje el encaje natural del lienzo divino tejido por las manos bendecidas de la reina de los cielos, María de Nicaragua, cuya dulce mirada se refleja en la fulgurante luz de la estrella y su sonrosada sonrisa en la Rubia cercanía del alba.

*Historiador.