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WASHINGTON, DC
La era del capitalismo de libre mercado lanzada en los años 1980 por Margaret Thatcher y Ronald Reagan –que sus oponentes muchas veces llamaron “neoliberalismo”- terminó. Esta ola ideológica se estrelló contra la actual crisis del mercado financiero, pero su caída se venía anunciando hace mucho. En los últimos años, mientras los líderes norteamericanos seguían montados a la ola neoliberal, gran parte del resto del mundo ya estaba parado en la orilla.

El desencanto con las ideas “neoliberales” pro-mercado comenzó en los países en desarrollo que alguna vez habían sido sus fervientes admiradores. Los países latinoamericanos que abrazaron las políticas de libre mercado en los años 1990 las rechazaron a mediados de los años 2000, cuando una nueva ola de líderes de izquierda llegaba al poder. Rusia, que adoptó las reformas orientadas al mercado en los años 1990, pasó a una forma controlada de capitalismo de Estado en los años 2000 cuando los “oligarcas” se vieron obligados a someterse al control estatal.

Como resultado, Estados Unidos, la Comisión Europea y los bancos de desarrollo multilaterales, han devenido cada vez más aislados en sus esfuerzos por imponer el pensamiento y las políticas de libre mercado a nivel mundial. La crisis financiera, cada vez más profunda, debilita aún más su posición. Después de todo, ¿cómo pueden Estados Unidos o las instituciones multilaterales occidentales ahora defender la privatización de la banca?
La decadencia de la ortodoxia de libre mercado en el resto del mundo fue causada por dos factores: sus fracasos como estrategia para la política económica y la caída del prestigio y el “poder blando” de Estados Unidos.

El “neoliberalismo” creció en popularidad como resultado de sus triunfos a la hora de revigorizar el crecimiento económico en Estados Unidos, el Reino Unido y algunos países en desarrollo en los años 1980 y 1990. Sin embargo, sus debilidades también se hicieron aparentes entre mediados y fines de los años 1990. El intento de implantar la filosofía de libre mercado en Rusia, por caso, resultó ser catastrófico. Mientras que la experiencia rusa claramente demostró la importancia de las instituciones estatales fuertes a la hora de regular una economía de mercado, la feroz oposición ideológica del modelo de libre mercado a un papel estatal preponderante en la economía, ofreció una guía deficiente para fortalecerlas.

Después de algunos logros, principalmente en Chile, el consejo “neoliberal” en América Latina también fracasó, más dramáticamente en el caso del sistema de convertibilidad de la moneda de Argentina, pero de manera más nociva al aumentar la desigualdad, que agravó el problema político-económico central del continente. En Brasil, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva demostró que alejarse significativamente de las recetas del libre mercado daba mejores resultados. A nivel mundial, la mayoría de los países de alto crecimiento de los años 1990 y 2000 rompieron con la ortodoxia de libre mercado al mantener una mano estatal más fuerte en la economía.

La creencia en el “neoliberalismo” también se basó en el éxito de la economía norteamericana, que durante gran parte de los años 1990 parecía demostrar la superioridad de los libres mercados. Pero la rápida caída del prestigio y del “poder blando” norteamericanos durante los años 2000 sembró duda fuera de Estados Unidos. Mientras la agenda global viraba hacia cuestiones referidas al calentamiento global, la desigualdad y la estabilidad del sistema internacional, Estados Unidos ya no parecía ser un ejemplo brillante, sino más bien un obstáculo inamovible en muchas de estas cuestiones.

Las elites de Estados Unidos le hicieron la vista gorda a estas tendencias, rechazando toda crítica, junto con el crudo antinorteamericanismo con el que muchas veces se la expresaba. Hoy, la historia es diferente. Finalmente está en marcha una revaloración masiva, en la que las elites norteamericanas ahora reconocen que el capitalismo de mercado está en crisis y que el mundo no seguirá a ciegas su liderazgo.

Pero eso deja algunos grandes interrogantes sin resolver. Si el “neoliberalismo” falló, ¿qué viene a continuación? ¿Y qué debe hacer Estados Unidos para recuperar su estatura e influencia en la economía internacional?
Mientras Nueva York y Londres pierden su pretensión incontestable de ser las capitales financieras del mundo, los crecientes centros de la economía global ganarán una mayor participación en la política económica internacional. La mayoría, si no todos, están ubicados en países que tienen una tradición más fuerte de participación estatal en la economía.

Jeffrey Garten, decano de la Escuela de Negocios de Yale, estaba en lo cierto cuando caratuló esta era de “capitalismo estatal”. El Estado está de regreso como actor económico –incluso en Estados Unidos-.

Ahora bien, ¿eso es algo bueno? Si bien muchos críticos se sentirán tentados de celebrar el fin del “neoliberalismo”, todavía está por verse si lo que sigue representa o no una mejora. Ya antes se pusieron a prueba varias formas de estatismo; todas resultaron deficientes. Después de todo, mientras que al “neoliberalismo” se lo criticaba por tecnocrático y elitista, de todas maneras era una forma de liberalismo, y también era coherente con la propagación de la gobernancia democrática a nivel mundial.

La nueva era tal vez no sea tan propicia para las libertades políticas. Como potencias autoritarias en ascenso, China o Rusia, por ejemplo, no tienen ningún motivo para utilizar su creciente influencia internacional para promover la democracia; por el contrario, cada vez más contrarrestan los esfuerzos de los países occidentales por promover la libertad política. Cuanto más seductores se vuelvan los modelos estatistas de desarrollo económico, menos lo será la gobernancia democrática. Tampoco resulta claro que el “capitalismo estatal” pueda generar el mismo grado de innovación y capacidad empresaria que generaron los modelos liberales en su apogeo.

Para redimir el proyecto liberal, los líderes norteamericanos y europeos necesitarán reformularlo de manera tal que pueda ofrecer soluciones convincentes a problemas como la degradación ambiental y la desigualdad económica. Ésta no será tarea fácil, y tal vez sea una tarea que esté lejos de la mente de los formuladores de políticas a la hora de luchar contra la crisis actual. Pero, si no lo hacen, el énfasis en la libertad económica y política que reside en el corazón del liberalismo quizá no sobreviva.

Mitchell A. Orenstein es profesor de estudios europeos en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados, de la Universidad Johns Hopkins.

Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2008.

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