Jorge Eduardo Arellano
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PARÍS
Hace cincuenta años, el general Charles de Gaulle tomó el poder en Francia en lo que fue, en esencia, un golpe de Estado legal. Es verdad, el general había sido convocado y elegido por el titubeante Parlamento francés. Pero la presión del Ejército francés, y la rebelión en Argelia, no le dejaron al Parlamento demasiada opción. Los afligidos líderes políticos de la República francesa esperaban que De Gaulle pudiera poner fin a la guerra de Argelia, y al mismo tiempo lograra que Argelia siguiera siendo francesa. La agenda de De Gaulle era muy diferente: él quería reescribir la Constitución y fundar una nueva “Quinta República” para Francia.

La guerra en Argelia era, para De Gaulle, un síntoma más de un Estado disfuncional, un análisis que se remontaba a sus propias experiencias en 1940, cuando el gobierno francés no había podido resistir la invasión de la Alemania de Hitler. Sólo un líder fuerte, pensaba De Gaulle, podía haber evitado la derrota.

En sus memorias, De Gaulle manifestó su preferencia por el restablecimiento de la monarquía después de la liberación. Pero la opinión pública no estaba preparada para eso, y los herederos a la corona francesa no estaban a la altura de la misión. La alternativa era un monarca electo: la constitución de la Quinta República, ratificada hace cincuenta años esta semana, fue redactada alrededor de ese principio central.

Lo que De Gaulle desdeñaba de la Cuarta República era lo que llamaba el “régimen de los partidos”, que ponían sus propios intereses por sobre el interés nacional. Sólo un rey o un monarca electo podían encarnar el interés nacional. Como notable propagandista que era, De Gaulle convenció a los franceses de que la Cuarta República era un desastre –una patraña que siguió siendo el saber popular desde entonces-.

Pero la visión de gobierno de De Gaulle resonaba con las convicciones de muchos franceses y, por sobre todo, de muchos intelectuales públicos. Los franceses rara vez se enamoraron de la democracia. Los filósofos que fueron los padres intelectuales de la revolución de 1789 no anhelaban la democracia, sino un despotismo iluminado, que es a lo que muchos franceses todavía aspiran cuando eligen un presidente.

La democracia desde una perspectiva francesa parece demasiado norteamericana. Los franceses por lo tanto son más proclives a creer en la diversidad cultural de las naciones que en la universalidad de la democracia. Esto explica por qué los gobiernos franceses, tanto de derecha como de izquierda, tienden a respaldar el despotismo en aquellos países donde parece “natural”. Los déspotas en los países árabes, China y Rusia, no sorprenden a los franceses.

Por cierto, a ningún presidente francés se le ocurriría, alguna vez, exportar la democracia. Como dijo el ex presidente Jacques Chirac: imponerles la democracia a los países árabes significa que uno desprecia sus diferencias culturales.

Como deseaba De Gaulle, el presidente francés tiene poderes sin parangón en ninguna otra democracia occidental. La idea de Montesquieu de una separación de los poderes gubernamentales no juega ningún papel en Francia. El Parlamento es débil, el Poder Judicial está bajo control del Ejecutivo, se mantiene a los medios bajo vigilancia y no existe ninguna garantía constitucional de libertad de expresión.

Los poderes del presidente son limitados únicamente por accidente, cuando una mayoría en el Parlamento resulta estar en su contra: esto le sucedió tanto al socialista François Mitterrand como al conservador Jacques Chirac. Cada uno tuvo que “convivir” durante un tiempo con un Parlamento hostil. Los asuntos militares y extranjeros –lo que la ley francesa considera el “dominio reservado” del presidente- siempre están bajo control personal del presidente. Pero cuando el presidente y el Parlamento están controlados por el mismo partido –la situación actual de Nicolas Sarkozy-, el “dominio reservado”, en la práctica, no conoce límite alguno.

A pesar de esta inmensa concentración de poderes en la presidencia, o tal vez como consecuencia de ella, la Quinta República no logró tener un mejor desempeño que regímenes occidentales más democráticos. El presupuesto estatal de Francia está crónicamente mal administrado y arroja déficits a la par de Italia. Muchos proyectos económicos grandiosos de De Gaulle –desde el avión supersónico Concorde hasta la industria informática nacional- fracasaron. La mayoría de las industrias del sector público han estado al borde de la bancarrota hasta que fueron salvadas por la competencia y la privatización.

Los monarcas electos de Francia tienen pocos motivos para estar orgullosos de su Estado supuestamente eficiente. La excepción puede ser el Ejército y el servicio diplomático: después del liderazgo de De Gaulle, todos los presidentes franceses financiaron al Ejército generosamente. Otro sector que mantuvo la tradición gaullista fue un cuerpo diplomático independiente que tiende a una “no alianza con los aliados” y muchas veces es considerado pérfido y arrogante.

De hecho, durante gran parte de la Guerra Fría, De Gaulle parecía tener la intención de no tener que tomar partido por Estados Unidos o la Unión Soviética. Valéry Giscard d’Estaing mantuvo las mejores relaciones con los líderes comunistas de Europa del este entre todos los líderes occidentales. Chirac abiertamente se opuso a la guerra en Irak. Sarkozy hoy actúa más en armonía con Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, pero lo hace porque quiere ser un líder mundial.

Pero el verdadero problema con la Quinta República podría ser su influencia más allá de Francia. Tras la delantera que tomara De Gaulle, la monarquía electiva o el despotismo iluminado hoy se percibe como una alternativa legítima para la democracia parlamentaria o una separación de los poderes al estilo norteamericano. La mayor parte de América Latina, con excepción de Brasil y Chile, son monarquías electivas, una versión modernizada de la antigua tradición del caudillo. Rusia, después de un breve intento de democracia bajo Boris Yeltsin, cambió a una forma de despotismo no iluminado bajo Vladimir Putin. Lleva a cabo elecciones, pero más como un guiño a la modernidad que para representar la voluntad del pueblo.

Al igual que la Mona Lisa en el Louvre, el llamado sonoro a los derechos universales de la Revolución Francesa se puede admirar únicamente desde atrás de un vidrio blindado y es definitivamente demasiado precioso como para ser exportado.


Guy Sorman, filósofo y economista francés, es el autor de Empire of Lies (Imperio de mentiras).


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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