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Siempre la ética periodística ha sido relegada a un segundo plano ante el poder, sobre todo en sociedades donde su democracia es todavía frágil. En Nicaragua, históricamente ha sido una constante de los profesionales del periodismo debatirse entre la ética y el poder. Una simbiosis que recurrentemente se observa con cada nuevo gobierno. Hasta el momento, son pocos los periodistas que han escapado a los tentáculos de las jugosas prebendas y culminar su carrera en coherencia con los valores éticos.

Estos avatares políticos, después de 16 años, discutidos, reflexionados y aprendidos en las aulas universitarias, por la visión y filosofía del padre de la comunicación en Nicaragua, Guillermo Rothschuh Villanueva, se creía una etapa superada por la nueva camada de profesionales de la escuela rothschuciana. Todos nos equivocamos al señalar en nuestros días de formación académica, que los vulnerables al poder y quienes hipotecaban la ética eran otros. Quizás por su pobre formación sobre estos temas, y sus viejas prácticas conocidas por todos. Hoy, este capítulo entre ética y poder se ha vuelto a abrir.

Los principios con lo que siempre comulgó la escuela rothschuciana --objetividad, veracidad, credibilidad, libertad de expresión, Estado de Derecho, democracia, responsabilidad social, etc.--, muchos los pasan por alto. El contenido de este capítulo está plagado de una conducta proclive al poder, mostrada por un grupo de discípulos de esta escuela. Éstos claramente han renunciando a su misión social de fiscalizar los poderes y desarrollar su capacidad crítica.

El periodismo oficial nunca ha gozado de credibilidad en la opinión pública. En parte, este vacío ha sido por la reedición de modelos de información foráneos. Por ejemplo, el modelo de información del Comité de Información de Creell, por el cual se rigieron de manera más clara los periodistas oficiales de los últimos tres gobiernos nicaragüenses. Este tipo de periodismo oficial se caracterizó por divulgar la “construcción de la democracia y erradicación de la pobreza”; desde luego el periodista debía de gozar de la confianza del gobierno de turno, pero a éste no se le exigía disciplina partidaria, ni abuso de lenguaje partidario. Aunque este tipo de periodismo oficialista no estuvo al margen de la adulación, pero al menos éste se limitaba a la vocería del programa de gobierno.

En cambio, este grupo de periodistas víctimas del poder actual, valiéndose de la credibilidad que les costó construir en sus años de periodistas investigativos, serios, acuciosos, hoy se rasgan sus vestiduras de periodistas, tratando de hacer creer a la opinión pública que “informan”. A diferencia de las estrategias de comunicación anteriores, el actual modelo de información es más agudo, similar al de Goebbels: renovación del discurso de confrontación y la llegada del Mesías. Recordemos que en este modelo todo está dicho. El periodista no tiene, ni debe pensar. No se requieren ambos requisitos. El uso del lenguaje, agenda, etc., está escrito --al parecer en un libro rojo, pónganle el título que quieran-- bajo los intereses de la consolidación de un Estado-Partido. Su máxima para hacer periodismo oficial es opinar solamente en calidad de periodismo militante, en pro de los intereses del gobierno partidario. La calidad periodística se mide en el dominio y uso de lenguaje cargado de adjetivos, a tono con el discurso oficial. No vierten críticas, sólo elogios.

Al final del túnel, no todo está oscuro. Este año, otro grupo de periodistas, siendo coherentes con los principios adquiridos en la Facultad de Ciencias de la Comunicación (UCA), bajo la Decanatura del doctor Guillermo Rothschuh Villanueva, pusieron en alto el nombre de esta escuela. Ellos fueron los periodistas Moisés Martínez, Carlos Salinas Maldonado y Martha Solano (La Prensa), José Adán Silva, Oliver Gómez, Luis Galeano y Mauricio Miranda (EL NUEVO DIARIO), quienes realizaron trabajos sobre periodismo investigativo y reportajes (de interés humano y social), los cuales fueron merecedores de premios internacionales y nacionales.

Estos dos escenarios reafirman el debate entre la ética y el poder por el que atraviesa la escuela rothschuciana. Por un lado, un grupo de periodistas han aventurado la suerte de su carrera a merced del poder, bajo su lógica de obtener prebendas al margen de cualquier calidad periodística. En la otra acera están afortunadamente la mayoría de los periodistas fieles a ese primer amor, del cual se enamoraron en las aulas universitarias. Muchos de ellos quizás todavía no satisfacen a plenitud la escala de Maslow, pero gozan de esa libertad de expresión, como ciudadanos y profesionales.

Además, tienen la dicha de inclinar su cabeza en la almohada todas las noches, levantarse, verse al espejo y gozar de ese valor intangible: ética periodística. Un valor en peligro de extinción en una sociedad de consumidores. Motivo por el cual este grupo de la escuela rothschuciana dobló su rey al poder, más allá de credibilidad, lealtad y confianza, que estos tienen que guardar frente a la ciudadanía a la que se deben y para la cual existen.

Analista de medios
090981@hotmail.com