Jorge Eduardo Arellano
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(I parte)
Son tiempos de cambio, pero hay tiempos que no cambian. Quienes no conocen la historia o los que la niegan están condenados a repetirla indefectiblemente. No es una retórica, es una verdad incuestionable y debidamente sustentada. Los movimientos sociales suelen repetirse con los mismos intereses una y otra vez. Lo único que en muchas ocasiones cambian son los momentos, los tiempos y los caudillos que se encuentran al frente de cada grupo de personas, enardecidas y furibundas por vengarse de una opresión heredada por las injusticias sociales. Lo importante para ellos, para las masas manipuladas por los más astutos, es vengarse del culpable que les señale su arengador disfrazado de líder.

Una de las utopías que más daño le causó al mundo fue la del movimiento nazi. Está detalladamente documentada por el investigador alemán, Gotz Aly, en su libro “La utopía nazi, y cómo Hitler compró a los alemanes”. En esta obra se destaca todo el proceso social, y que a través de prebendas para al pueblo, este dictador logró un inmenso apoyo popular, tan comprometido que llevó a todo un pueblo al desastre. Veamos algunos aspectos que nos dan pie a comparar algunos sucesos contemporáneos:
1. Hitler fue soldado en la Primera Guerra Mundial, es decir, un ex militar que venía de una experiencia de vida donde todo era vertical, y que por encima de la ley mandaba el más fuerte. Aprovechando la carencia de liderazgo organiza un movimiento clandestino e intenta dar un golpe de Estado, llevando a cabo su pretensión en la ciudad de Munich. Fracasa en su golpe y es encarcelado. Tras varias negociaciones políticas es liberado y exonerado por un tribunal que simpatizaba con sus propuestas. Eso fortalece la militancia del recién creado Partido Nacional Socialista Alemán (NSPD). Las condiciones para el surgimiento de este movimiento social se acrecientan por la crisis y falta de beligerancia de los partidos locales.

2. Tras ser liberado, empieza a desarrollar toda una estrategia y el ataque en contra de sus opositores es brutal. Se prepara para las elecciones parlamentarias y obtiene una representación importante. La jugada maestra de divide y vencerás le da los frutos esperados: fracciona a los partidos tradicionales, confronta y debilita a los comunistas que tenían una representación importante, y explota de forma hábil el orgullo alemán recientemente pisoteado tras la Primera Guerra Mundial; y la firma del tratado de Versalles.

3. Las graves condiciones sociales son el caldo de cultivo del movimiento nazi. Debemos recordar que la mayoría de líderes de este movimiento no alcanzan ni los treinta años de edad, con excepción de Hitler y Goering. La mayoría de ellos habían estado en los movimientos comunistas de los años veinte y tenía la firme convicción que los mismos intereses unían al movimiento nacionalsocialista con sus viejas ideas socialistas. Pero para ellos eran unos hermanos enfrentados, que al final en la Alemania que soñaban solo cabían ellos. El efecto perverso del tratado de Versalles, en 1918, había llevado a la ruina al pueblo alemán. La carga impositiva para sufragar los gastos de guerra de varios países europeos, especialmente Francia, Bélgica e Inglaterra, eran desastrosos para la economía germana. La clase media había desaparecido, y por ende la pobreza era el denominador común de este pueblo. El desempleo llegaba a tasas alarmantes nunca vista antes de la Primera Guerra. El orgullo alemán estaba por el suelo y Hitler estaba en toda la disposición para levantarlo.

4. El Ejército alemán era prácticamente inexistente. El bloqueo de armas le permitía llegar a tener solo un cuerpo de Policía mal equipado, incapaz de resolver cualquier caso delictivo y mucho menos de conspiración, como lo ocurrido con la quema del edificio del Reichstag, y que luego el movimiento nazi le echó la culpa a los comunistas, desatando una de las noches más crueles de la Alemania prehitleriana: la noche de los cuchillos largos, una horda de vandalismo encabezada por los camisas pardas en contra de los adversarios del nacionalsocialismo. Este hecho obliga al líder alemán, Hindenburg, a hacer cambios en su gabinete y ofrecerle a Hitler el tesoro más esperado: la Cancillería alemana, respaldado por una inmensa mayoría en el Parlamento. Ya lo demás era pan comido. El caudillo tenía en sus manos el poder de forma legítima. Acá empieza el uso de la democracia para fines dictatoriales, y la producción de normas, reformas constitucionales y con amplio apoyo del pueblo hambriento de reivindicación y reforzamiento a través de mano dura, a través del pan y circo heredado por los romanos en los espectáculos del Coliseo.

5. En cuanto llega al poder ataca el hambre del pueblo, sus ideas nacionalsocialistas las traduce en beneficios sociales para la inmensa mayoría, ataca a los ricos y suspende los embargos que por deudas tenía la mayoría de los habitantes. Sube en los primeros años los salarios, aumenta el empleo, la seguridad social, el beneficio para los familiares de soldados; desarrolla la industria metalúrgica en función de la carrera armamentista, deja de pagar la deuda con los países que los obligaron a firmar la capitulación en 1918, organiza a la sociedad alemana y son tratados de forma especial los llamados Volksgessen, unidos por la cuestión racial y las ideas supremas del único partido con representación parlamentaria. Avasalla y allana de forma brutal a la oposición. Desarrolla guarderías infantiles, beneficia con millones de marcos alemanes a todo el pueblo pobre. Los alemanes estaban viviendo sus mejores momentos desde hace décadas. El Mesías había llegado. Para este dictador era fácil: con solo un chasquido de los dedos, la inmensa Plaza de Nuremberg se llenaba de un pueblo ciego por los beneficios a costas de otros, por la baja de los impuestos, por las promesas de un sueño deslumbrantes para la raza aria, y por ende, la figura de Hitler era incuestionable. Se daba el lujo de humillar y faltarle el respeto a los principales Presidentes de Europa y otros países, humillaba a quien se le viniera en gana. Tenía el poder económico, el militar y la arrogancia desmedida para creerse que todos le debían obediencia y culto a su altanería. Estaba equivocado, pero pocos en el ámbito internacional fueron capaces de decírselo. Engañó al Primer Ministro británico, Chamberlain, y hasta su aliado ese momento en la invasión de Polonia, al propio Josef Stalin.

Al final, la historia se encargó que esa utopía solo durara doce años. Ahora sabemos los costos altísimos y sanguinarios que pagó el pueblo alemán, y el resto del mundo por donde pasaron las pisadas de la bota alemana, así como los países que se aliaron por el amor al dinero fácil y lo propenso de sus líderes al papel de títeres sin argumentos propios, ni para los discursos políticos. Eso le pasó a Italia y Japón. La historia está a punto de repetirse, el mundo está a tiempo de no permitir la consolidación de un nuevo caudillo del mal.