Jorge Eduardo Arellano
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Nicaragua tiene tradiciones muy singulares, como son las recién pasadas Purísimas, donde se mezcla la oración con la canciones, acompañadas de música alegre y de golosinas típicas, tales como los gofios (masa hecha con pinol y dulce de rapadura), ayote en miel, paquetitos y canastas con cajetas, limones dulces con sus banderitas, las cañas, los guineos, y por supuesto, la chicha de maíz y el fresco de cacao. Todo ello promueve el turismo criollo, o sea, las visitas de coterráneos que añoran recuerdos de niñez en sus pueblos o ciudades como León, Masaya, Granada, que se han caracterizado desde el siglo XIX por festejar en grande estas fiestas.

Pronto vienen las celebraciones del “Niño Dios” --como le hemos llamado por generaciones a la Navidad--, que también involucra la tradición de los “nacimientos” --obras de arte naif--, las cenas navideñas, antes o después de la tradicional Misa del Gallo.

Estas celebraciones manifiestan el espíritu de acercamiento y apertura que siempre ha sido la parte integral de nuestra idiosincrasia, que es la mayor atracción que Nicaragua ofrece al mundo turístico: simple simpatía y amistad.

Es eso casualmente, ese espíritu de amistad, de “nica simpático”, que por generaciones nos ha caracterizado, lo que debemos mantener y, separar los intereses políticos partidistas de todo aquello que involucre las tradiciones, fiestas y alegrías de nuestras ciudades o pueblos.

Acepto que hemos fallado por generaciones, ya que desde hace muchísimos años hemos dejado que se involucren intereses partidistas en nuestras fiestas; no separamos lo político de lo social. Nos hace falta, de vez en cuando, quitarnos la guayabera o cotona política y tomar la cívica, para reforzar ese espíritu poblano y campechano, que como siempre hemos dicho, es nuestro más importante ingrediente en la competitividad que caracteriza a esta actividad económica: el turismo. No nos olvidemos que el turismo, por ser un negocio muy lucrativo, es extremamente competitivo.

Desde el punto de vista cívico, debemos de integrarnos a las festividades tradicionales, formando parte de los Comités de Fiestas; y así como las empresas las utilizan en sus promociones, con lo cual contribuyen a su éxito, la ciudadanía debería usarlas para acercarnos, integrarnos y así conocer las interioridades y necesidades de nuestros pueblos.

Todo esto es turismo, y cuando hablamos de turismo, se habla de progreso, de producción, de consumo. Acá el Turismo está siendo ignorado y menospreciado, y digo esto, porque el primer ingrediente para atraerlo es seguridad, buena imagen, algo que se ha deteriorado en los últimos meses y que no se debe seguir permitiendo.

Para desarrollar el turismo necesitamos de la participación de todas las fuerzas vivas de la nación; pero con esto no estoy infiriendo de que tienen que ser dirigentes, sino participantes y cooperantes. La organización rectora de turismo es responsabilidad del Gobierno, es ella la que defiende y protege comercialmente al turista, la que regula y vigila que los servidores cumplan con sus ofertas. Y es el Gobierno, en conjunto con las Cámaras de la empresa privada, los clubes de servicios, los “jóvenes estudiantes universitarios”, la Policía, la Sanidad, y las municipalidades, los que deben promover y resguardar el clima de estabilidad que este frágil, pero productivo negocio, requiere para competir.

Menciono a los estudiantes entre comillas y añado a los catedráticos, ya que son instituciones culturales de peso y seriedad, a las que podríamos llamar personas de la “cultura culta”. Si bien es cierto que las universidades están contribuyendo en la preparación académica de futuros empresarios y profesionales, sus rectores, decanos y catedráticos, deberían organizar seminarios que hagan ver al estudiantado en general la importancia de nuestra imagen, de nuestra cultura y tradiciones, ya que el turismo no es sólo una actividad económica, sino que es uno de los componentes más importantes del mundo de la cultura.

Protejamos el tesoro de nuestras tradiciones, incentivémoslas, ayudemos a conservar nuestros patrimonios, las joyas arquitectónicas de nuestras iglesias y catedrales, incluso nuestra abandonada e histórica Catedral de Managua. Contribuyamos a la limpieza de nuestras calles y barrios, ya que el turismo cultural es más que el deseo de cultivarse, es conocer las obras y sus actores, a través de espectáculos y actividades comunitarias tradicionales.

Recuerden que cada uno de nosotros tiene los recursos y el poder de contribuir ha este logro: el gobierno y la empresa privada con inversiones, promoción, seguridad… y cada uno de nosotros, con limpieza, amistad y sonrisas. Den la bienvenida al turista, denles las gracias por su visita, y asegúrense que se lleven consigo un lindo recuerdo de Nicaragua y de su gente.

Con más cultura tendremos más turismo y con más turismo, más bienestar y desarrollo.

Hasta la próxima semana con El Archivo XXI.