Jorge Eduardo Arellano
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“El Estado se prohíbe a sí mismo cualquier concurrencia, junto a los ciudadanos, en calidad de sujeto de actos y actitudes de signo religioso (…) El Estado no puede adherirse ni prestar respaldo a ningún credo religioso, ya que no debe existir confusión alguna entre los fines religiosos y los fines estatales” (Domingo, El País, 23/11/08). Ésta podría ser, por sobrados motivos, la opinión de los nicaragüenses, pero es la de un juez español del Tribunal Constitucional, en su fallo sobre la demanda que padres de familia interpusieron contra el Estado por permitir crucifijos colgados en las aulas de un centro escolar público, desde 1930. “No estamos contra los crucifijos, sino contra la imposición”, dijo uno de los padres de familia.

Nuestro caso es mucho más grave, porque no se trata de la violación constitucional por parte de autoridades de un centro escolar, sino de los gobernantes, quienes imponen al Estado símbolos y festejos religiosos, contraviniendo el Arto. 14 de la Constitución, ante la cual el presidente Ortega ha jurado, y ha hecho jurar, cumplirla y hacerla cumplir, pero de mentira. El caso español sucedió en Valladolid, el caso nuestro ocurre en todo el país, todos los días. Las celebraciones religiosas de diciembre son arrebatadas a la Iglesia Católica, por un gobierno que se dice revolucionario, pero disputa una hegemonía de actos que nada tienen que ver con la función estatal. Eso tiene un nombre sencillo: manipulación política de eventos religiosos.

En España, los crucifijos en un centro escolar estuvieron durante 78 años, sobreviviendo a una República de poco tiempo, al fascismo de Franco por demasiado tiempo y al Estado democrático dentro del monárquico Estado español de este tiempo. En Nicaragua, la manipulación religiosa ha sobrevivido a la Colonia española, a la seudo república de los criollos hasta 1893, a la restauración conservadora desde 1909, a la intervención armada gringa de 1912 a 1933, a la dictadura de los Somoza hasta 1979, a la revolución sandinista, a los gobiernos neoliberales y a la seudo revolución orteguista actual.

En pocas palabras, en Nicaragua no ha dejado de haber confusión entre las actividades religiosas y las funciones estatales, pese a que, desde 1893 hasta hoy, las constituciones han distanciado al Estado de toda religión, lo cual significa que los gobiernos se la han pasado violando, impunemente, la máxima ley de la República.

De todos, este gobierno del orteguismo es el que más escandalosamente viola el precepto constitucional del artículo 14. Daniel Ortega descubrió a Constantino el Grande, un mil 700 años después: adoptó la religión como instrumento de dominación política, aunque no ha podido hacerlo con toda la jerarquía católica (sólo con su Cardenal). Le ha arrebatado su herencia colonial a la oligarquía: la religión. Y más que la religión, le ha quitado a la iglesia los símbolos y sus ritos… en nombre de su “revolución”.

En los años de colonialismo, se vivió un híbrido de esclavitud con feudalismo en lo económico, social y lo religioso; el orteguismo está implantando un híbrido de capitalismo con populismo y religión (los “pobres” son su bandera y la riqueza personal su pedestal). El lado “socialista” sólo está representado por la colaboración económica que recibe de Venezuela.

Algunos intelectuales han considerado el sincretismo religioso de catolicismo con “paganismo” --así le llaman al culto de los aborígenes por sus dioses--, como una victoria de las creencias aborígenes sobre la imposición del catolicismo. Creen que nuestros antepasados se burlaron de la Iglesia al adoptar sus símbolos para, a través suyo, venerar a sus propios dioses. Y es cierto, pero ésa no es una gran victoria, porque siguieron poseídos espiritualmente, no sólo por sus propios mitos, sino también por los de la Iglesia extranjera.

El sincretismo que promueve Ortega y su gente tampoco le está ayudando en nada al desarrollo espiritual del pueblo nicaragüense, sino a encadenarle aún más a creencias confusas que le anulan en la lucha por una auténtica liberación. Junto a los símbolos tomados del catolicismo, el orteguismo ha erigido a Daniel Ortega y Rosario Murillo en los santones de su seudo religión de “amor”, “paz” y “reconciliación”. La practican con crucifijos, rosarios y vírgenes, pero también con garrotes. Su método para domesticar conciencias no entierra santos en el campo, en donde calculadamente las encontraría el campesinado para producir “milagros”, pero en una Managua regularmente urbanizada, les parece apropiado sembrar vírgenes en rotondas y otros lugares públicos.

No es que los jefes de la corriente orteguista, en lo que degeneró ese sector del sandinismo, ignoren lo anacrónico de su método de controlar la conciencia de las gentes, sino que les parece más fácil hacerla creer que convencerla con razonamientos; llevarla ciegamente por la fe, que educarla para el análisis de los fenómenos sociales, políticos y económicos que enfrenta cotidianamente. Es más fácil hacerla rezar y estimularla con cantos y regalías, que organizarla y educarla para hacerla protagonista de su propia lucha. Es más fácil estimular y explotar sus emociones con discursos para que los “pobres” se sientan orgullosos de serlo y capaces de defender su condición de pobres ante los “oligarcas” que quieren quitarle “su” poder, el poder “del pueblo”, aunque sólo lo ejerza el matrimonio Ortega-Murillo. En suma, propician un fanatismo político-religioso contrario al conocimiento teórico revolucionario y a la práctica consciente que de ello se deriva.

Una de sus principales consignas, es: “Cumplirle al pueblo es cumplirle a Dios”, de la cual se deriva este silogismo: se le servir al pueblo, porque es igual que servirle a Dios, luego el pueblo es Dios. Traducido a la realidad nica: como el “Pueblo es presidente” y el único que de verdad ejerce la presidencia es Daniel, luego… ¡luego Daniel es el dios al que se le debe cumplir!
Así, sintiéndose dueño “temporal y espiritual”, el orteguismo practica la intolerancia, porque los deseos de su dios no pueden ser cuestionados. No tolera que los medios de comunicación ni los escritores le critiquen, y si cometen ese pecado, es porque son “enemigos de los pobres” y “están al servicio de la derecha y del imperialismo”. No tolera manifestaciones que no sean las suyas, porque las calles “son del pueblo”, o sea, de su dios, y quienes violan esta regla merecen ser castigados a palos y pedradas, porque no puede permitir la “ofensiva imperialista” contra el “poder del pueblo”, que es poder de Dios… o de Dos
El orteguismo es una aberración del sandinismo. No digo que también lo es del socialismo, porque éste nunca estuvo entre sus fundamentos ideológicos. Entonces, quedemos en que el orteguismo es sólo una aberración del sandinismo, porque del socialismo anda muy lejos, quizás más lejos que de una verdadera religiosidad.