Jorge Eduardo Arellano
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Dijo el de Masatepe: “De sobra conocidas son las ingeniosas alusiones que algunos escritores se hacen entre sí. Ernesto Mejía Sánchez era casi sibilino en este menester. Me contó su pupilo, Julio Valle-Castillo, que en una ocasión en México, al término de una fiesta de fin de año, algunos intelectuales ya eufóricos con lo ingerido apostaron a quién hacía alusión a la homosexualidad de Salvador Novo en su propia cara. Al final de aquella fiesta, despidiéndose delante de todos, Mejía estrechó la mano del escritor mexicano diciéndole rápidamente pero en voz alta para irse veloz: feliz ano novo. No se quedaban atrás otros escritores, como Fernando Silva, quien relataba que en una ocasión en que asistieron a un congreso de médicos el doctor César Zepeda Monterrey y él, cuando iban ingresando al salón dijo el anunciante: «En este momento llegan los doctores Zepeda y Silva», y que un asistente guasón que se encontraba por ahí comentó en voz alta: «¡Zepeda y Silva, cuánta habilidad!». José Coronel Urtecho fue un verdadero maestro y tenía, según Beltrán Morales, más ingenio que el ingenio San Antonio. Pero a este gran escritor regresaremos en una próxima plática. Hoy me voy a referir a dos grandes, grandísimos escritores, que vivieron y fueron solidarios con nuestra revolución perdida, y que estuvieron en innumerables ocasiones en Nicaragua, sobre todo a partir de la década de los 80. Ambos viven ya fallecidos. El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, en su libro autobiográfico Permiso para vivir, tiene un capítulo dedicado a ellos con el título de Tamaños escritores:
«El escritor guatemalteco Augusto Monterroso es tan chiquito, pero tan chiquito, que de él dicen sus amigos, en México, que no le cabe la menor duda. La frase, creo, es del extraordinario escritor e historiador peruano José Durand, hoy en día profesor de la universidad de Berkeley, pero que hace muchos años residió en México y entabló amistad con el tamaño pequeño y estatura gigante de Augusto ‘Tito’ Monterroso, pues en México vive exiliado desde hace muchos años el escritor más chiquito que mis ojos hayan podido ver. Refiriéndose al tamaño de su amigo José Durand, e interrogado a menudo sobre estos asuntos de estatura y peso, responde Monterroso: -Pues a Durand me lo paso por alto. Y así hay escritores de muy distintos pesos y estaturas, pero cuando son grandes escritores, todos tienen un sexto sentido que les permite reconocerse y quererse, y hasta plagiarse, sin querer, a larga distancia.»
«Conversaba una tarde con Augusto Monterroso, en la ciudad de México, donde se hallaba de visita, y le había estado contando durante largo rato la alegría que me había dado conocer en París al gran escritor más alto que me ha tocado conocer: Julio Cortázar. Y le seguía contando a Tito lo bueno y sencillo que era Julio, la forma increíble que tenía de no tomarse en serio, y cómo en cambio se tomaba muy en serio aquello de beberse cada mañana un pastis con el cartero que le traía centenares de cartas de lectores del mundo entero, que Cortázar respondía infaliblemente con una generosidad y sencillez que lindan en la verdadera y santa paciencia. De pronto, Tito me puso una de esas caras pícaras e inteligentes, y en voz muy baja me preguntó:
-¿Pero Cortázar existe, Alfredo? -Ya lo creo que existe, Tito, -le dije, extendiéndome en inútiles detalles de probación. –O sea que Cortázar sí existe... –Ya lo creo, Tito. –Caramba, conque existe... porque lo único que he hecho en mi vida es plagiar a Julio Cortázar.»
«Un año después comía con Julio Cortázar en su departamento parisino y me contó que estaba haciendo maletas para partir a México. –Allá tienes que conocer a Augustito Monterroso –le dije. -¿Monterroso? Pero, ¿Monterroso existe? -Ya lo creo, Julio, y déjame que te busque su dirección en México, que la tengo en mi saco. Me disponía a traerle la dirección cuando escuché que Julio exclamaba: -¡Pero si lo único que he hecho yo en mi vida es plagiar a Monterroso!»
«Y pocas semanas después recibí de México una extraordinaria caricatura que celebraba el encuentro de tamaños escritores. Cuelga en la pared de mi despacho y, si no fuera porque estos recuerdos los estoy escribiendo en Texas, habría alzado mi vista y me habría regodeado mirando, como a menudo suelo hacerlo, a un escritor que cada año crecía un centímetro, hasta su muerte, Julio Cortázar, y a un escritor que crece y crece pero sólo en el recuerdo de los amigos y lectores de Augusto Monterroso.»
Sea –finalizó el de Masatepe– éste un homenaje a esos dos grandes amigos de Nicaragua que siempre serán Augusto Monterroso y Julio Cortázar. Creo que conociendo estas anécdotas que nos relata Alfredo Bryce Echenique, los estaremos recordando como se debe, sonriendo.”

luisrochaurtecho@yahoo.com
Jueves, 11 de diciembre de 2008