Jorge Eduardo Arellano
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Alrededor de la obra de Carlos Martínez Rivas podemos decir una verdad inobjetable: no ha necesitado de prólogos, ni de ediciones de Bolsillo en editoriales españolas para ser considerada como una de las más sólidas y creativas (me refiero a sus juegos de metáforas, imágenes y esteticismo muy bien valorados por un autor como Octavio Paz) de América Latina y España misma. Hago esta alusión para referirme al más reciente aspaviento causado por el famoso prólogo de Sergio Ramírez.

En honor a la verdad ¿qué vendría a agregar lo escrito por este señor sobre la obra de Martínez Rivas si en primera instancia no es crítico, ni poeta, ni estudioso de la literatura nicaragüense, pues apenas ha sido un glosador de la misma y cuando no, un novelista dentro de circunstancias particulares?.

Ramírez es incapaz de interpretar lo penetrante e incómodo a la vez de la materialidad figural de la poesía de Martínez Rivas, pues carece del aparato crítico por un lado y por el otro de la aventura de-constructiva-subjetiva-poética necesaria para decodificar una obra tan compleja y completa como la de CMR. Ésta es tarea de los estudiosos, de los críticos, de verdaderos intérpretes o sino de auténticos poetas y no de un escritor desprovisto de profundidad, permanencia y conciencia, pues Ramírez en textos como Balcanes y Volcanes, por ejemplo, de forma volandera trata de dar una visión sin el más mínimo calado de cierta literatura, lo que demuestra su falta de proyección o de lo que un autor como Paul de Man llama: devenir del logos.

Lo expuesto anteriormente es sólo un tamiz, pues habría que agregar que el personaje Ramírez jamás se ha preocupado por la obra carlosmartineana para que ahora haya una rasgadura de vestidos debido a que no prologue su obra. ¿No es ello, diría el mismo Martínez Rivas, síntoma de justicia poética?
Un segundo tamiz sería aclarar que la edición propuesta por El País tiene ese sesgo peculiar vinculado a la ya famosa cooperación en la cual el cooperante determina las condiciones: para nadie es un secreto que la cooperación establece los términos y hasta en el rubro de la misma, entonces, partiendo de la situación descrita arriba, sucede lo mismo con el tema de la edición: El periódico El País define desde lo publicable hasta quién escribe sobre ella, dejando a un lado los criterios propios del país. Dicho de otra manera quién tiene mejor ubicación sobre la obra de Martínez Rivas: ¿El País o nuestro país?
Aquí se define una dimensión trascendental: si Ramírez no es ninguno de los sujetos mencionados arriba y además jamás se preocupó por la obra del poeta no puedo tomar conciencia de la esencia poética, ni tampoco captar el sistema de desplazamientos imaginativos articulados por Carlos Martínez Rivas en su producción poética.

Así que el propósito de publicación si parte de un condicionamiento no sólo es imperativo e imposición, sino que ahí se juntan lo que Edward Said llamó: Cultura e imperialismo, es decir, el imperio, los poderosos imponen hasta la forma en que se deben publicar las obras. Lo cierto es que la obra de Martínez Rivas, así como la de Darío, Cortés entre otros no han necesitado de prólogos escritos por personajes turbios como el señor Ramírez para posicionarse como una de las más importantes en la historia de la literatura de habla hispana.


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