Carlos Fonseca Terán
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Una de las cosas más importantes que dijo el presidente venezolano Hugo Chávez en su reconocimiento a la victoria del NO en el referendo para las reformas constitucionales propuestas por él y enriquecidas por el Poder Legislativo, en consulta con los ciudadanos, fue que la sociedad venezolana no está aún preparada para aceptar transformaciones tan profundas como las que tal reforma planteaba.

Sin embargo, y aún siendo correcto este planteamiento, esas transformaciones tampoco necesitaban tener rango constitucional para ser promovidas por el gobierno venezolano; tales como la seguridad social para los trabajadores por cuenta propia, la reducción de la jornada laboral a seis horas diarias, el derecho al voto para los jóvenes de dieciséis años, la existencia de la propiedad social autogestionaria, entre otras. Las que sí necesitaban rango constitucional para existir eran las de tipo político, tales como el aumento de los períodos de gobierno a siete años o la reelección continua sin restricción del número de veces; pero las que garantizan la esencia socialista de los cambios son las primeras, es decir, las propuestas sociales, que quizás habría sido más adecuado someterlas a votación por separado, ya que el factor miedo inculcado por la campaña de la dictadura mediática imperialista y oligárquica se concentró en los cambios políticos, convirtiéndose en un factor decisivo para la abstención de una porción holgadamente decisiva de los votantes tradicionalmente partidarios de Chávez.

Con una abstención del 40% y una victoria del NO con una diferencia menor a dos puntos porcentuales, no puede decirse que el país rechazó la propuesta de Chávez. Es evidente que la gran mayoría de los que no votaron pertenecían a las filas chavistas; no digo a las filas revolucionarias, porque el segmento de la población que ha desarrollado una conciencia social de tipo socialista fue precisamente ese poco más del 49% que votó por el SÍ, lo que no deja de ser sorprendente si se toma en cuenta que hasta hace apenas unos meses comenzó a organizarse en Venezuela la vanguardia política de la Revolución, el Partido Socialista Unido, sin cuyo trabajo ideológico permanente es inconcebible el desarrollo de una conciencia revolucionaria sólida y permanente a nivel masivo. Y es precisamente por eso que es correcta la afirmación de Chávez en el sentido de que las condiciones no estaban creadas para una radicalización institucional tan profunda del proceso revolucionario. En todo caso, esa profundización de las transformaciones revolucionarias puede hacerse en el marco de la actual Constitución, hija del actual proceso revolucionario bolivariano y que tal como dijo también Chávez, la derecha opositora se vio obligada ahora a defender; tal es la magnitud de la debilidad en que se encuentran los sectores reaccionarios en Venezuela.

Por supuesto, el rango constitucional sigue siendo necesario para esas transformaciones cuya implementación, hay que repetirlo, no podrá ser detenida por la victoria del NO, sobre todo tomando en cuenta que su puesta en práctica no requiere transgredir el actual orden político-jurídico del país. Su institucionalización como parte de la Constitución es necesaria, por tanto, no para su ejecución, que puede garantizarse sin ese requisito, sino como una llave de seguridad permanente para esas transformaciones; de modo que las reformas constitucionales que no fueron aprobadas por el Referendo deberán ser en algún momento, sometidas nuevamente a votación; posiblemente cuando ya sean una realidad en Venezuela. El socialismo no se hace por decreto y las leyes no determinan la realidad social y política, sino por el contrario, es ésta la que determina el tipo de leyes que servirán de marco jurídico a la conducta de los ciudadanos y sus gobiernos; en otras palabras, las leyes no hacen a los seres humanos; son éstos los que hacen las leyes.

Pero el factor clave de esa realidad ideológico-cultural insuficientemente madura para la elevación a rango constitucional de la propuesta socialista en Venezuela fue, sin duda, la inexistencia de una vanguardia política suficientemente organizada y consolidada; la cual recién se comenzó a formar en meses recientes y no hubo tiempo para que desarrollara ese trabajo ideológico permanente con la sociedad o mostrara su capacidad de conducir políticamente el proceso revolucionario en marcha, en función de que la sociedad venezolana diera el salto cualitativo en términos de su conciencia social para asumir la nueva realidad socialista en la que el país va entrando de forma gradual y de acuerdo con su propia realidad socioeconómica, política y cultural.

Sin embargo, esa vanguardia ya está organizada y en vías de consolidación; de manera que con toda seguridad, el próximo intento de elevar a rango constitucional el carácter socialista del proceso de transformaciones que vive Venezuela tendrá un mejor resultado que el obtenido en esta ocasión. Es decir, lejos de mostrar un nivel de deterioro del proceso revolucionario, los resultados del referendo mostraron más bien el sorprendentemente inmenso avance que en términos ideológico-culturales ha alcanzado la Revolución Bolivariana, a pesar de la permanente ofensiva ideológica de la dictadura mediática reaccionaria a nivel nacional y global.

La lección principal, por tanto, que los revolucionarios del mundo debemos aprender de lo sucedido en Venezuela es lo válida e indispensable que sigue siendo en todo proceso revolucionario la existencia de una vanguardia política no sólo organizada, sino también experimentada. En la realidad política de Nicaragua el funcionamiento y consolidación de esa vanguardia que ya existe desde hace mucho tiempo pero cuya estructura está atrofiada por la inercia y la indefinición de su contenido de trabajo, debe convertirse en prioridad en un momento tan delicado como el actual, en que las transformaciones sociales promovidas por el sandinismo desde el Gobierno no pueden traducirse aún en una mejoría sensible y evidente para las grandes masas empobrecidas del país, mientras el desgaste característico a que toda fuerza política se somete cuando gobierna como un costo temporal pero inevitable, ya está afectando al sandinismo en vísperas nada menos que de un año electoral.

En Nicaragua la vanguardia política constituida por esta formidable fuerza organizada que es el FSLN tiene de sobra el potencial necesario para vencer cualquier obstáculo, desarrollando el trabajo organizativo, ideológico y de conducción política que resulta de vida o muerte para la actual etapa del proceso revolucionario nicaragüense, logrando, entre otras cosas, restablecer el abandonado principio leninista del centralismo democrático, que es la combinación de la dirección colectiva con la responsabilidad individual, y que no debe confundirse con la dirección colegiada de los años ochenta que ahora elogian quienes fueron sus primeros detractores a raíz de la derrota electoral del sandinismo en 1990. En realidad, lejos de suprimir los males del caudillismo, lo que la dirección colegiada hizo fue multiplicarlos, por la cantidad de miembros que integraban aquella Dirección Nacional que, sin embargo, jugó un papel histórico innegablemente necesario sobre todo en una realidad caracterizada en aquel entonces por la ausencia de un liderazgo político bien definido, contrario a la situación actual en que el sandinismo y la revolución nicaragüense cuentan con un líder indiscutible como el Comandante Daniel Ortega, consecuente continuador del legado histórico de Carlos Fonseca, y quien siendo señalado por sus detractores como un caudillo ha sido capaz de promover la democracia directa mediante la instauración de los Consejos del Poder Ciudadano, cuya existencia es precisamente una forma de superar la cultura caudillista de la sociedad nicaragüense, la cual no es un problema de los caudillos sino de una serie de características objetivas que son propias de nuestra realidad histórica.

Pero el hecho de que la dirección colegiada, con sus costos ya mencionados, no sea necesaria en las actuales condiciones históricas de Nicaragua, porque contamos con el líder que necesita el proceso revolucionario nicaragüense, no significa que no sea urgente rescatar, como se ha dicho ya, la dirección colectiva sin la cual, incluso, es difícil la consolidación del legítimo y acertado liderazgo personal del Comandante Daniel Ortega. Y tal dirección colectiva, muy distinta a la dirección colegiada, por razones ajenas a la voluntad política de nadie, se ha atrofiado en nuestras filas revolucionarias a nivel nacional y en algunos territorios que por eso mismo han entrado en confrontaciones internas muy peligrosas para la unidad del FSLN, y es condición indispensable para la existencia y consolidación de esa vanguardia cuya necesidad nos la acaba de mostrar el Referendo en Venezuela, cuyo desenlace político terminará siendo favorable a las fuerzas revolucionarias bolivarianas, porque las transformaciones socialistas no dependen de su rango constitucional pero sobre todo, precisamente porque la vanguardia política de ese proceso revolucionario, recién organizada, sabrá asumir correctamente su papel, que no se puede confundir con el que corresponde a su también indiscutible líder tan apreciado por los venezolanos humildes y por los revolucionarios del mundo, el Comandante Hugo Chávez; porque el liderazgo personal es importante en un proceso revolucionario, y lo seguirá siendo aún cuando se haya logrado superar la cultura caudillista, pero más importante aún es la existencia de la vanguardia política. Por algo dijo Fidel Castro, líder de todos los revolucionarios del mundo y enemigo a muerte del culto a la personalidad: los hombres pasan y mueren, pero el Partido es inmortal. Y por último, hay que cuidarse del gravísimo error de confundir la necesidad de la vanguardia política con la idoneidad o no de un modelo específico de vanguardia, pues el modelo deberá corresponderse con la realidad política y cultural de la sociedad en la que ella debe asumir su papel como conductora de la lucha y del proceso revolucionario, pero sin cometer otro gravísimo error que es el de sustituir al pueblo en el ejercicio directo del poder.