Jorge Eduardo Arellano
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Entonces, cuando tratabas de enamorar a una muchacha, todavía estaba de moda, entre otras armas, que si le regalabas un libro con segundas intenciones, debía ser el de los Veinte Poemas de Amor y Una Canción Desesperada de Neruda, a pesar del “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, que nos podía jugar en contra. Sin embargo, yo había descubierto en un libro gastado, de cubierta verde, la Insurrección Solitaria, y se lo regalé asegurándole que era mucho mejor que el de Neruda y además que eran los más hermosos poemas de amor y desamor que yo había leído nunca.

Lástima que la víctima de mi escarceo empezó a leer aquello de “Cuando ya no me quieras…”, digo yo que fue por culpa de ese poema de Martínez Rivas que no pude conseguir los favores de aquella muchacha, porque no me paró bola. Al poeta sí.

Para los de mi generación que no le pudimos casi conocer en vida, Carlos Martínez Rivas es un poeta puro. Y no es exagerada esa afirmación que tanto les gusta a los provocadores: el mejor poeta nicaragüense después de Rubén Darío. Y poeta de una sola obra, La Insurrección Solitaria. De los primeros que descubrieron el verdadero genio de CMR fue Octavio Paz, encumbrándolo fugazmente en su precioso libro, que no es de crítica literaria sino de motivación a descubrir a algunos escritores, titulado Las Peras del Olmo, y que formaba parte de la biblioteca de mi padre. A mí siempre me había llamado la atención, por su título, una búsqueda vehemente de contradecir ese refrán de “como buscar peras en un olmo”. Y ahí estaba lo fantástico, la reivindicación de Octavio Paz que aseguraba haber encontrado peras donde nadie esperaba encontrarlas, y menos en un olmo aunque sea el machadiano “hendido por un rayo y en su mitad podrido”. Ese libro se publicó en México, en 1957, y en él, Paz escribió el artículo sobre Martínez Rivas, titulado Legítima Defensa, del que le copio el titular. El final del mismo era torpemente profético. Decía del poeta nicaragüense, poco conocido aún:
“Un joven más entregado a la poesía; un nuevo, verdadero poeta – y la segura promesa de un gran poeta; y la lucha contra el amanecer y sus ruidos obscenos; y el empezar de cada día, inerme ante el idioma enemigo. Empezar y volver a empezar. La atroz y renovada profecía de Rimbaud: “Vendrán otros horribles trabajadores y comenzarán por los horizontes en donde otro ha caído”. Carlos Martínez Rivas es uno de ellos.”

La poesía de Carlos Martínez Rivas se mantiene a pesar de los olvidos, las censuras, los despechos, y a pesar incluso de su autor. Es la verdadera pera de un olmo, porque por más que el tiempo se ha empeñado en hacerla desaparecer, de pronto vuelve a nosotros, y cómo no, en medio de nuevas polémicas. Martínez Rivas, ese enfant terrible de la Literatura y de la vida, a veces, te rompe el alma mientras lo lees, como si pasara un ángel, con los mismos ojos de él, asustados, muertos de miedo, y al mismo tiempo pasmados violentamente ante la vida. Al menos, así nos lo han heredado los retratos o los vídeos. Y hablando de vídeos, para los curiosos del youtube, encontré dos joyas que les invito a mirar – sólo tienen que apuntar o hacer click en estas direcciones:

http://es.youtube.com/watch?v=SCAQgqL0la0
http://es.youtube.com/watch?v=-ByzwTXfFlM

Y ahí verán a Carlos Martínez Rivas en acción. Una preciosidad verlo, oírlo de viva voz, después de leerlo. Un loco, amigo, hermano, bohemio, sucumbido al devaneo del alcohol que nos espejea a todos, a todos nosotros con el corazón roto, o con la risa del diablo adentro, o con el roce de las alas de los ángeles que te tocan como el amor imposible. A todos nosotros, o a muchos de nosotros, él es el hermano, nuestra amarga genialidad, nuestra propia voluntad de olvido.

Ahora creo recordar que sí, tal vez una vez lo miré, allá por el 96, pero estaba tan golpeado, tan otro, despidiéndose ya, que parecía una sombra. Aún así, a Julio Valle Castillo, como él mismo me mostró una vez, tuvo tiempo de visitarle en el hospital y dejarle un abrazo en forma de versos a su hijo, que si no te saca una lágrima al leerlo, es porque te han sacado el corazón.

Y probablemente era eso, que su memoria, sus sueños, estaban hechos de múltiples corazones, pero que la vida se lo había quitado, precisamente por querer besar a la mujer de Lot. Y ahora vuelve con nosotros, ahí está, en medio de una polémica de la sucia política que no deja en paz a Nicaragua y que lo ensucia casi todo, hasta esta vulgar decisión del Instituto de Cultura (decisión impuesta, o ¿quizá más ruin aún, decisión que buscaba contentar a alguien?) y la del diario El País, de Madrid, por otro lado, al no publicar la obra del poeta como en un despecho erróneo. Lástima sí que muchos más lectores no vayan a acercarse a su obra, salvo los que el morbo de esta disputa les acerque . Lástima, aunque ese periódico podría haber burlado esa censura al prologuista, si hubiese querido. Maneras hay, e incluso formas geniales de burlarla, y muchos lo habrían apoyado.

Es como si el propio poeta estuviera ejecutando una maldición sobre sí, o sobre su obra. Y en esos mismos vídeos de youtube comprobarán lo que dijo, algo que a día de hoy, resulta más inquietante: “yo quiero que me olviden” confiesa en las imágenes. Pero demos gracias a la “ola de Tontería, la ola tumultuosa de los tontos, la ola atestada y vacía…” que cantó el poeta, porque esa ola nos ha traído a la actualidad de nuevo su poesía.

Creo que CMR , en un momento de su vida, quedó tan fascinado por el amor al fin, que sólo vivió para morirse pues él creía que en la muerte se culminaría su visión, y así lo cantó en Alegoría de las vírgenes prudentes: