Ledia Gutiérrez Lanzas
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El fin de la vida es la muerte, esto es innegable, cuidarla es nuestra responsabilidad, somos frágiles, nos enfermamos y debemos apreciar la maravillosa existencia que nos toca pasar por este andar, la maravillosa existencia, nuestras vidas.

Esta adorable verdad de lo que representa el vivir se ve destruida en unos instantes por aquellas personas que van al volante y que desobligadamente se olvidan de que somos personas las que transitamos por las calles sin aceras, o por las carreteras.

La conducta irracional de la agresión, la violencia, el irrespeto, que cobra vida de niños, adolescentes, adultos, ancianos, no importa la edad, del que lleva la prisa, la frustración, la ira, el enojo, la rabia, pareciera que el auto es el vehículo para descargarla contra aquel que se dirige a la escuela, al trabajo, a su casa.

Quienes se jactan de ese sentido del poder son los que a diario pasan sobre el peatón o sobre el que conduce su vehículo, carreta, carro, camión, bicicleta, moto, patín o patineta.

La verdad es que es dantesco cómo se juega a matar, a morir, a destruir, esto sumado a los desastres naturales, las pandemias, epidemias, cualquier enfermedad que ronda por nuestras delicadas vidas.

La irresponsabilidad llega al grado de aquellos padres que autorizan licencias o permisos para que sus vástagos prematuros, adolescentes, sin las condiciones físicas y psicológicas necesarias para asumir tal responsabilidad de ponerse al timón, también han arrebatado vidas, y hoy se culpan de haber permitido sin conciencia, sin la razón, el capricho del chavalo que quiere jugar a ser adulto.

Lo irracional del que conduce bebido de alcohol llega a los límites de la falta de respeto a la vida de sí mismo, de su familia y de los demás, recordemos el lema de que “el que maneje no beba y el que beba no maneje”, por supuesto que mejor es que nadie tome licor.

Muchas veces no contamos con los suicidas, con los que me toca atender en ocasiones, de aquellos que toman su vehículo para irse a estrellar contra otro, porque a estas alturas ya la razón se disolvió en los ataques de la depresión, producto de una frustración y de razones sin razón de que es preferible la muerte.

La razón, lo humano, nos llama a respetarnos, a considerarnos, a obligarnos a todos los que conducimos lo hagamos de forma responsable y adulta, que la vida es nuestra y es frágil, y hay que cuidarla y hay que ser responsables.


*Psicóloga
lediagutierrez@cablenet.com.ni