Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

El primer intelectual que reconoció las raíces africanas en la sociedad nicaragüense -y particularmente en sus antecesores- fue el doctor Carlos Cuadra Pasos (1879-1964). En su ensayo histórico “Nandaime”: nido de hidalgos” (1951) y en su monografía “Los Cuadra: una hebra en el tejido de la historia de Nicaragua” (aparecida en 1967, pero redactada muchos años antes) asumió como herencia forjadora de nuestro pueblo lo que él denominó “el pringue de África”. No hablo del Caribe, sino de la hegemónica región del Pacífico.

Sin embargo, Pedro Xavier Solís, bisnieto de Cuadra Pasos (político representativo e ideólogo del conservatismo) desconoce el proceso de mestizaje que su bisabuelo aclaró orgullosamente en los referidos trabajos. Es decir, de criollos españoles (blancos) y mulatos (mezcla de español y africano). En la segunda edición de su excelente estudio crítico-biográfico sobre su abuelo Pablo Antonio (Managua, Ediciones de la Academia Nicaragüense de la Lengua, 2008), Pedro Xavier se equivoca al informar que Agustina de Montenegro, la abuela de Cuadra Pasos, era “hija del capitán español José Manuel de Montenegro y de una india” (p. 14).

Evidentemente, no lo leyó bien. La madre de Juana Agustina (éste era su nombre completo) no era indígena, sino mulata; más aun: esclava perteneciente a la familia de la viuda Sabina Busano, vecina de Granada, como lo documenta German Romero en su obra “Las estructura sociales de Nicaragua en el siglo XVIII (1988: 358)”. Esta última –la señora Busano- había manumitado a Juana Gregoria (éste era el nombre de la madre de Juana Agustina) el 8 de junio de 1747, cuando la esclavita tenía trece años. Manumitar equivalía a otorgar carta de libertad.

Juana Agustina de Montenegro, de niña, era muy agraciada, morena de color, de grandes ojos abiertos, pelo negro, crespo suelto, y de maneras recogidas. Su bisnieto Carlos Cuadra Pasos apuntó sobre ella: “Varias son las cualidades y circunstancias que de esta mujer quedaron escritas…Que era guapa y discreta. Que el año 1771 tenía diez y siete años; que esmeradamente cuidaba a su padre. Por otros papeles aparece que vivió hasta la ancianidad; que fue amada y respetada”. Así lo señala en el tomo I de sus Obras (Managua, Banco de América, 1976: 62).

A ella le atribuye uno de sus tataranietos, José Joaquín Quadra Cardenal, “ese color moreno que tenía mi padre Carlos Cuadra Pasos, y que tienen algunos de mis hijos, del que nos sentimos orgullosos“. Y entre los descendientes de los Cuadra, cuando a uno de sus hijos o hijas le nacía un vástago de color moreno, se le aplicaba esta expresión jocosa: -Te salió tu Juana Agustina.

Pero su hijo Dionisio, al competir por el cargo de la Escribanía de Granada que se adjudicó en pública subasta, fue impugnado por uno de sus competidores, el señor Máximo Solórzano, alegando que la ley española prohibía optar a cargos públicos a personas con sangre mezclada o de origen africano. Sin embargo, Dionisio se empeñó en afirmar su condición de español-criollo, dirigiéndose a la Corona para exponer sus derechos. Por eso declaró:
“No desdeño la hidalguía de mi abuelo (José Manuel Montenegro Ulloa); pero amo y venero a mi madre (Juana Agustina) porque ha duplicado la decencia de la suya. Aduzco estas pruebas para contradecir a mis detractores (…) y mi educación y otros conocimientos que me han formado me llevan al íntimo convencimiento de que al hombre sólo sus hechos son los que le ilustran o los que le ultrajan; que la nobleza y la superioridad de linaje, al fin y al cabo, nada constituyen en esencia, pues son cualidades extrínsecas, y las leyes no las conceden como causas deficientes de la personalidad, cuyo fundamento sólo corresponde a la virtud y al trabajo acumulado (en Cuadra Pasos, agosto, 1967: 18).

En virtud de este razonamiento –y de otros sustentados en una vasta erudición jurídica- a Dionisio de la Cuadra y Montenegro se le declaró hidalgo y confirmó vitaliciamente en el oficio de Escribano Real de Número y Gobernación. Presentándose con su Real Título el 3 de junio de 1806 en la Sala Capitular de Granada, el nuevo Escribano tomó posesión de su oficio, previo el juramento necesario que hizo por Dios Nuestro Señor y la señal de la Santa Cruz, y bajo el cual prometió defender el misterio de la Purísima Concepción de Nuestra Señora la Virgen y demás de nuestra Santa Fe; ejercer su oficio bien, fiel y legalmente, con arreglo a las leyes y reales cédulas…(etc.).

De manera que Dionisio de la Cuadra y Montenegro (el “de la” se perdió a raíz de la independencia y, posteriormente, la “Q” se transformaría en “C”) llegó a ser la figura central de su familia entre el siglo XVIII y el XIX. Alto, moreno, fornido y elegante, había visto luz en Granada el 9 de octubre de 1774. Estudió las primeras letras en su ciudad natal, en donde se iniciaba un movimiento escolar sostenido por maestros libres –laicos y miembros del clero secular- que reunían alumnos en sus casas para dictar lecciones, especialmente de Latín. Grato recuerdo guardó Dionisio toda su vida de esa enseñanza al extremo de evocarla en artículo mortis, disponiendo: “Que mis hijos gasten un mil duros en una obra piadosa dedicada al alma del Reverendo Padre José Antonio Chamorro, que me ayudó en el estudio de la lengua latina, que tan útil me ha sido para mi oficio y para goce espiritual”.

Luego, en Guatemala, se graduó de Bachiller en Filosofía, y de Bachiller en ambos derechos (Civil y Canónico), adquiriendo la profesión de Escribano. “En 1800 –escribió-, con el consentimiento general, por mis portes y por tal cual inteligencia, fui nombrado Notario Público de la Curia Eclesiástica de esta ciudad; se me nombró después Consejero de las Notarías de la Curia General, en cuyo oficio me notificaron todos los ilustrísimos que han gobernado este Obispado, condecorándome el año 1803, el muy ilustrísimo Obispo Don Antonio de la Huerta, como uno de los Notario Públicos de la Audiencia Episcopal y de su Diócesis”.

En 1804 Dionisio obtuvo el cargo de Escribano de Número de la ciudad de Granada y su jurisdicción e hizo frente al cuestionamiento legal del señor Solórzano, resultando victorioso y siendo confirmado en su cargo y reconocido como hidalgo por el Rey. Ese mismo año se casó con una mulata, Ana Norberta Ruy Lugo -cuya familia se había imbricado en el estrato español- el 25 de diciembre de 1804; él tenía 30 años y ella 22. Ana Norberta Lugo (el “Ruy” o “Ruiz” quedaría diluido) era una “muchacha bonita y honesta de las que gastan medias en casa” –la retrató un primo de su esposo: el fraile Desiderio de la Cuadra.

De este matrimonio nacieron siete hijos: cinco hombres y dos mujeres, a saber: Miguel, Demetrio, Manuela, Vicente, Pedro Rafael, Isidora y José Joaquín. Hasta mediados del siglo XIX sólo quedaron vivos Manuela, José Joaquín (1862-1880) y Vicente (1812-1894), presidente constitucional de Nicaragua del 1º de marzo de 1871 al 1º de marzo de 1875, mi tatarabuelo. Precisamente, acerca de su personalidad, administración ejemplar y admirable trayectoria política y social acabo de concluir un libro que recomiendo a Pedro Xavier para que no vuelva a ocultar su pringue de África