Jorge Eduardo Arellano
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El sufijo, como sabemos, es el elemento morfológico que se coloca al final de la raíz de un vocablo para formar derivados.

Como el prefijo, un sufijo modifica el sentido a la nueva palabra así formada, pero a diferencia de aquel, el sufijo permite el cambio de categoría del derivado; por ejemplo, si a un verbo del español general como “helar” se le agrega el sufijo -azón, se forma un sustantivo (“helazón”): “Siento una helazón (frío) en el cuerpo como si tuviera malaria”. Y a la inversa: del sustantivo tamal (ladrón) se forma el verbo “tamalear”: “Me tamalearon (robaron) la cartera en el bus”. O del sustantivo marrulla que se forma el adjetivo marrullista: “No me gusta jugar con Poloncho porque es muy marrullista (tramposo)”. O del adjetivo catrín (bien vestido) se forma el verbo catrinear: “Me voy a catrinear (vestir elegantemente) porque tengo mi promoción”. O a la inversa: del verbo casquinear (derivado a su vez del sustantivo casquín) se forma el adjetivo casquinero: “Es un tipo casquinero (pendenciero) que no le alza pelo ni al más golillero”.

Mántica nos informa que con el sufijo español –ar, algunos sustantivos y adjetivos náhuatl pasan a formar derivados verbales como chilear (hacer o contar chistes’: “Pasamos la noche chileando en el velorio de mi comadre”; coyotear (pedir con desfachatez): “Fue a coyotear el almuerzo donde su vecino”; jocotear (molestar o fastidiar): “Lo estuvo jocoteando, hasta que el hombre se encachimbó”; mecatear (trabajar duro: “Tuve que mecatearme toda la noche para poder terminar el trabajo”.

Basta un sufijo agregado a la raíz para formar un derivado, como el sustantivo “arrechura” (derivado del verbo arrechar): “Fue tanta la arrechura (enojo) que pasó días y días sin dirigirme la palabra”; el verbo babosear (derivado del adjetivo baboso): “Se pasa el día baboseando (haciendo cosas de un tonto)”; el adjetivo barbuchín (derivado del sustantivo barba): “Le encanta andar barbuchín (de barba corta y generalmente de pelo ralo o escaso)”.

Hay casos en que una raíz puede acumular dos sufijos, como el sustantivo casquineadera: “Ya encalichados, empezaron las golilladas y se armó entre ellos la casquineadera (pelea tumultuosa)”; besuqueadera: “Los encontraron en el aula de clase en una sola besuqueadera (besuqueo)”; hormigueadera: “Inmediatamente después que me tomé el jarabe, empecé a sentir una hormigueadera (hormigueo) en todo el cuerpo”.

Los sufijos no solamente se usan en la derivación para cambiar la categoría de una palabra, sino que también son productivos en la indicación de género, número, diminutivos, aumentativos, despectivos, entre otros. Así, de combustión (‘acción de quemarse un cuerpo), el nicaragüense ha formado la palabra combustionable, para indicar que un cuerpo es ‘inflamable, que arde con facilidad’: … las paredes estaban construidas totalmente con madera de pino, que es altamente combustionable. (END/16/08/03).

Con frecuencia, dos derivados de una misma raíz expresan significados diferentes. Es lo que sucede con el sufijo –ero unido a la raíz náhuatl para formar derivados del tipo mecatero (individuo que hace o vende mecates): “El mecatero me dio de ipegüe una sondaleza”, y mecatera (establecimiento donde se venden mecates o industria donde se fabrican): “No compré el mecate porque estaba cerrada la mecatera”. O el caso de atolero (individuo que hace o vende atol): “¡Llamate al atolero, quiero comprar un atol de piñuelas!”, atolera (lugar donde hacen y venden atol): “Para eso compro el maíz en el mercado y mi señora hace el atol, las güirilas, los elotes cocidos y montamos una atolera aquí”. (Mario Fulvio Espinosa. Nuestra Gente. Recuerdos matagalpinos del poeta Reynaldo Guido.LP/02/09/07).

A veces, el matiz es más sutil. Así, de mujer tenemos dos derivados: uno masculino (mujerón) y otro femenino (mujerona). Pero entre uno y otro hay diferencias significativas: mujerona designa a una mujer alta y generalmente robusta; pero mujerón (uso nicaragüense), además de alta, connota una condición estética: es hermosa y bella.


El sufijo y los significados que aporta a la raíz
Los sufijos, por ser mucho más numerosos que los prefijos, aportan abundantes valores a la raíz de la cual dependen. Por eso es que un mismo sufijo, unido a la raíz, ejerce funciones diferentes. Por ejemplo, el sufijo –ero puede significar abundancia de algo como culebrero: “De pronto vi salir del tacotal un culebrero”; lugar donde se realiza una acción, como el americanismo lavadero: “Los güiriseros de las minas de La Libertad tempraneaban al lavadero”; profesión u oficio, como maromero: “Al maromero le faltó precisión en el salto y se desturcó del trapecio”; defecto moral, como garrotero: “Es un tipo garrotero (vividor) que le gusta vivir bien sin trabajar”; hediondez, como tufalera: “No se aguantaba la tufalera”.

El sufijo –ada se une a la raíz para significar golpe, como pijeada: “Le propinó la pijeada del siglo”; cantidad, como en bocarada: “Dio un gran sorbo al cigarro y exhaló la bocarada de humo”; llaga, como en chimada: “El zapato nuevo le produjo una chimada en los juanetes”; regaño, como en puteada: “Recibió una puteada de coger raza”; error, como caballada: “No tuvo el valor de reconocer la caballada”; comportamiento negativo: “Hizo zanganadas en la oficina”; dicho o hecho tonto o necio: “Apenas abre la boca, sólo guanacadas dice”.

Uno de los sufijos más abundantes es –azo y sus múltiples valores como caída, en guacalazo: “Del guacalazo se rajó la nambira”; golpe, como en piñazo: “Con un solo piñazo lo mandó a la lona”; trago de licor, como en riendazo: “Tres riendazos en ayuna lo embolaron rápido”; mordida feroz, como tajarrazo: “De un tajarrazo, el tiburón le arrancó la nariz al salvavidas”; cantidad, como cachimbazo: “Pasó toda la tarde pepenando el cachimbazo de granos regados en el patio”; mujer bella y de cuerpo escultural, como culazo: “El culazo paró el tráfico y ningún conductor protestó por el embotellamiento”.

Hay en estas palabras y expresiones verdaderos aciertos expresivos, reflejo de todo un mundo cargado de ingenio y de color, siempre matizado con la desnudez de la franqueza. Es la voz natural del pueblo. La voz de la colectividad con sus matices individuales, pero que mantiene su vigencia y valor en el entorno social y que cambia y evoluciona según las necesidades de sus hablantes. Charles Bally concluye: “El lenguaje natural recibe de la vida individual y social, de la cual es expresión, los caracteres fundamentales de su funcionamiento y evolución”.


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