Jorge Eduardo Arellano
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SÃO PAULO
Las recientes victorias de la oposición en las elecciones estatales y municipales de Venezuela, junto con la crisis financiera internacional, han empezado a poner límites a los poderes del Presidente Hugo Chávez por primera vez en el decenio que lleva en el poder.

De hecho, las elecciones han demostrado que el control del país por parte de Chávez ya no es total. Ahora hay una oposición sólida en Venezuela y menos distancia entre quienes gobiernan y quienes quieren gobernar. Teniendo en cuenta que la oposición sigue pagando un precio por su boicoteo de las elecciones de 2005 que dieron a Chávez un control absoluto del Parlamento, se trata de un avance importante.

La fuerza y la coherencia, cada vez mayores, de la oposición no se deben sólo al número de partidarios de Chávez que lo han abandonado. De hecho, quienes en otro tiempo abrigaban la esperanza de crear un “tercer eje” en la política venezolana fueron marginados por la tradicional polarización entre los partidarios y los oponentes de Chávez. En cambio, la oposición ha aumentado por haber recuperado los niveles de apoyo popular que obtuvo en 1998 y 2001 –en torno al 40 por ciento– y porque ha logrado devolver a su grey a los abstencionistas e indecisos, incluidas importantes facciones populares.

Ahora la oposición está representada sobre todo por políticos democráticos profesionales, que no sólo han unido a un gran grupo de facciones diversas, sino que, además, han desplazado a los “Salvadores de la Patria”, grupo acostumbrado a dirigir a la oposición desde los salones de los hoteles de la capital. La nueva dirección de la oposición desplazó también a quienes querían suplantar a los dirigentes “populistas” con una oposición antipolítica.

Así, pues, la oposición ha logrado su objetivo: una cabeza de playa en la política venezolana con auténtico e importante apoyo popular. Ese reequilibrio político en cuanto a votos y a instituciones podría crear mayores barreras contra cualquier desviación autoritaria, venga de donde viniere.

Chávez y sus partidarios deben aprender ahora lo que es gobernar dentro de límites. El Presidente había abrigado la esperanza de repetir su papel de “gran propagandista” en elecciones anteriores, por lo que dirigió personalmente su campaña e hizo caso omiso a la crítica de que estaba aprovechándose fraudulentamente de su cargo, pero, al final, esa ventaja y sus habituales amenazas verbales contaron menos que el deseo de los votantes de algunas ciudades y regiones de castigar a su régimen por su desgobierno.

La paradoja de estas elecciones que han causado un sobresalto es la de que, en realidad, van a estabilizar la política en Venezuela, al menos de momento, y van a contribuir a una renovación de la democracia, cosa importante para la oposición, porque su nueva influencia surge en un momento en el que, con la contracción económica y la abrupta bajada de los precios del petróleo, al Gobierno le va a resultar difícil seguir comprando el apoyo mediante subvenciones y donativos.

Eso no quiere decir que la retórica revolucionaria y antiimperialista de Chávez haya perdido su atractivo, pero ya no basta para garantizar su poder sin control. De hecho, las sombras de militarismo que han aparecido sobre el régimen de Chávez pueden haber inquietado a una mayoría de venezolanos que se pregunta quién será el próximo adversario perseguido.

No obstante, está claro que Chávez continuará con su socialismo tropical, proclamando el valor de la democracia participativa de Venezuela e insistiendo en su credo antiimperialista. Entretanto, la oposición intentará rentabilizar su victoria, que, aunque parcial, ha sido importante en su simbolismo político. Entre esos extremos, el pueblo de Venezuela observará el desarrollo de los acontecimientos, reacio a comprometer su democracia o a perder los privilegios económicos que ha obtenido.

Ahora Chávez afronta una nueva realidad electoral, surgida por primera vez en diciembre de 2007, cuando perdió el referéndum consultivo que había convocado para reformar la Constitución. Los resultados electorales de noviembre de 2008 y una crisis financiera mundial que podría superar la capacidad de Chávez para pagar sus políticas radicales pueden limitar ahora sus posibilidades de seguir dividiendo un país cuyos habitantes, como la mayoría de las personas, quieren vivir en una democracia pacífica y próspera.

Carlos A. Romero, profesor jubilado de la Universidad Central de Venezuela, enseña actualmente Estudios Latinoamericanos en São Paulo (Brasil).


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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