Jorge Eduardo Arellano
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Son las diez de la noche, he terminado de estudiar y me preparo para descansar, todo está calmo en la habitación, he puesto a sonar la emisora de mi preferencia a bajo volumen y programada para apagarse en una hora, para dormirme tranquilo, le di las buenas noches a la foto de la niña que me gusta y eché llave a la puerta para estar seguro. Nadie más duerme conmigo, solo yo y mis sueños de adolescente.

Era una noche bella, la claridad de la luna entraba por mi ventana, el viento soplaba con ternura, el sonido de los carros que pasaban se escuchaba cada vez más lejos y los perros estaban quietos bajo un árbol de zapote junto a mi cuarto, y entonces me dormí.

Recuerdo que por primera vez en mis sueños apareció un ángel, era una imagen clara que llenaba de paz y me miraba sonriente, ni siquiera me habló, solo me veía quieto al lado de la puerta, entonces empezó a cantar algo que no entendía pero que me hacia sentir bien… 3 am… El ángel dejo de cantar y se fue sin decir nada, solo salió como huyendo, sin embargo seguía escuchando música, pero ya no era el ángel, no sabía de quién era.

La música era cada vez más fuerte y no me agradaba, desperté en mi inconciente y recordé que la radio ya estaba apagada, así es que no había motivo para seguir escuchando música, y se convirtió en un sonido turbio que me molestaba, empezó a entrar un aire helado llenando el cuarto de frío y oscuridad, empecé a respirar con dificultad porque el aire estaba pesado de tanto frío que se puso, quise levantarme y no pude moverme, mis brazos, piernas, rodillas, cuello, todo estaba paralizado, al instante me llené de miedo, los perros empezaron a ladrar, sentí que algo se acercaba desde afuera y no sabía qué era, pero me provocaba más miedo, quería gritar y pedir ayuda, pero no podía, estaba tieso y cada vez me costaba respirar más, me dolía el pecho, me estaba congelando, ¿qué hago? Nunca había sentido esto y apenas era un adolescente.

Entonces se produjo el terror más fuerte que jamás sentí, se abrió la puerta del cuarto tan fuerte y rápido que la luz de la luna me segó, lo helado del viento me secó, aún así, vi una imagen oscura en la entrada de la puerta, se reía de mí, me amenazaba, se empezó a acercar poco a poco y yo luchaba por moverme, pero no lo lograba, estaba gritando desde adentro pero nadie me escuchaba, la imagen era perturbadora, entre más se acercaba más me ahogaba, no entendía porqué no me podía mover si ya estaba despierto, no era un sueño, escuchaba los perros, los carros, sentía mi cuerpo, pero no lo controlaba, me dio tanto miedo que dejé de luchar y creí que había muerto, ya no respiraba, ya no sentía nada, ni miedo ni dolor.

No sé cuánto tiempo pasó, pero se me vino un suspiro tan profundo que pude mover un dedo, y después otro, y otro más, y poco a poco pude mover todo el cuerpo, cuando me levante no vi a nadie, pero la sensación me aterraba, entonces salí del cuarto, los perros seguían ladrando, quería buscar a alguien y pedir ayuda, pero nadie estaba cerca, no sabía para donde ir, así que me quedé sentado junto a los perros, esperando que amaneciera para sentirme mejor. Y amaneció, pero también volvió a caer la noche y el demonio volvió a llegar, de hecho llegó una y otra vez, con una imagen diferente, en momentos diferentes, en lugares diferentes, en sueños diferentes, en todos me atormentaba, ya ni recuerdo cuántas veces llegó, se metía en mis mejores sueños y los destruía, estaba sin control.

Recuerdo que nunca se lo conté a nadie, solamente a un psicólogo que analizó mis síntomas y me dijo que yo tenía un demonio dentro, me dio tanto miedo que pensé en el suicidio para liberarme, pero no lo hice, empecé a tomar unas pastillas para dormir y poco a poco los demonios se iban alejando, pero siempre estaban allí, a veces pasaban años y regresaban, recuerdo haber asumido una postura al dormir para protegerme, cruzaba los brazos boca arriba, así como se acomoda a un muerto en su ataúd, de esa manera sentía que nadie me podía tocar, los brazos me protegían y casi siempre amanecía igual, no me movía para nada aún cuando dormía tranquilo y sin miedo.

El tiempo pasó y los demonios desaparecieron de poco en poco. Un día escuché la historia de unos jóvenes que fueron abusados en su niñez y estaban denunciando a su agresor, no hice mucho caso a la noticia, pero esa noche los demonios volvieron después de muchos años y no entendía la razón.

Pero al fin encontré la cura para liberarme de esos demonios, pasó lo que nunca esperaba, lo que nadie sospechaba, ni siquiera el mismo demonio; simplemente rompí el silencio, me di cuenta que los demonios eran parte de muchas secuelas que provoca el abuso sexual y no me dejaban vivir en paz. Desde que rompí el silencio los demonios no volvieron, mi historia de abuso sexual terminó.

Hace dos años que mis desvelos son por trabajo, por estudios o fiestas que comparto con amigos, pero no más por miedo, hace dos años recuperé mi vida y con ello mi decisión.

Por eso te invito a vos, que tal vez estás siendo o fuiste abusado o abusada, a que rompás el silencio y le ganés la batalla a esos demonios, ésa es la primer parte y la más fácil. La segunda es enfrentarse a la sociedad, que talvez no te va a creer, pero siempre habrá alguien que crea en vos y que te dé las fuerzas necesarias para enfrentar la batalla, yo te doy fe de eso, mi vida cambió. No más abusos ni vidas truncadas.


Por una Navidad libre de abuso sexual.


dignidadjuvenil@yahoo.es
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