Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

“No me recuerdes el mar
que la pena negra brota”


Federico García Lorca

Un viejo amigo me ha recordado los tiempos en que la generación del 23 de julio en León imprimían los comunicados en mimeógrafos manejados por Germán Gaitán y Silvio Mayorga.

Me dolió el alma. Y es que nos duele el alma acordarnos de los Roberto Amaya, Francisco Moreno, Julio Buitrago, Casimiro Sotelo, Carlos Fonseca, Jorge Navarro y tantos otros.

Poeta al fin, me vinieron a la memoria los versos de García Lorca con los que encabezo este artículo, y luego los de Jorge Manrique, que Madre Amanda Escoto, mi inolvidable maestra de literatura, comentaba con tanta pasión: “¿Qué se fizo el rey don Juan? / Los infantes de Aragón / ¿qué se fizieron? / ¿qué fue de tanto galán? / ¿qué fue de tanta invención / como trujeron?/ Las justas y los torneos/ paramientos, bordaduras / y çimeras,/ ¿fueron sino devaneos?/ ¿qué fueron sino verduras / de las eras?”

¿Qué se hicieron –me pregunto-- estos héroes de antaño? ¿Qué ha sido de sus sueños, ideales, ilusiones?
En la antigua Persia existió una religión fundada por Zoroastro (o Zaratustra), quien pensaba que hay dos poderes sobrehumanos: el bien y el mal. Afirmaban los zoroastrianos que el dios del mal es el que gobierna el mundo, que los usurpadores ocupan el lugar de los justos. “Era una cosmovisión dualista: el mundo es el escenario de la lucha atroz y sin tregua entre el bien y el mal, la injusticia y la justicia, la libertad y opresión. El mal cobra ventaja. El mundo es forzosamente injusto, gobernado por los tiranos. Tirano es el usurpador de quien tenía la legitimidad, pero que ha sido apartado” (H. Barcena)
La historia universal parece dar la razón a Zoroastro. Una y otra vez equivocamos el rumbo. Desde el neolítico hasta el presente: guerras, invasiones, matanzas. Los justos son derrotados, los usurpadores llegan al poder y lo imponen con violencia; o bien quienes alguna vez fueron justos terminan pactando con los opresores. Es el caso del pueblo judío en el siglo II, cuando liderados por Judas Macabeo se opusieron al dominio de los seléucidas. Judas Macabeo, el guerrillero, es asesinado. “Con la muerte de Judas asomaron los sin ley por todo el territorio de Israel y levantaron cabeza todos los que obraban la iniquidad. (1 Macabeos, 9, 23-25). Durante un tiempo, Jonatán, hermano de Judas Macabeo, encabezó la resistencia contra los griegos, pero poco después pactó con los griegos y fue nombrado Sumo Sacerdote por el rey Alejandro Epífanes. Vestido con el manto de púrpura y la corona de oro que le regalara Alejandro (1 Mac. 9.2. 63), Jonatán se sienta al lado del rey griego delante de todo el pueblo. A partir de ahí se corrompe nuevamente el Templo. En el siglo I, el Sumo Sacerdote es nombrado por el emperador romano. Anás y Caifás, apoyados por casi todo el Sanedrín –que ha instigado a las turbas en contra de Jesús-- obtienen finalmente de Pilato la muerte del Justo.

En la historia reciente de lo que soñábamos que podían ser revoluciones, ocurre igual: Stalin impone la tiranía. Trotsky, en cambio, fue asesinado por órdenes del dictador. La corriente democrática de Rosa Luxemburgo, Gramsci fueron derrotadas. Más tarde, Gorbachov intentó sanear el gobierno soviético, pero finalmente llega Putin con sus tanques a imponer una nueva tiranía.

Zoroastro, sin embargo, pensaba que el mal vence al bien sólo de manera aparente y momentánea, y que al final, el bien vence al mal.

Espero que Zoroastro tenga razón, y que la victoria final en Nicaragua sea la de los ideales, la honestidad, la entrega generosa sin sombra de interés personal, de gente como Silvio Mayorga, Germán Gaitán, Carlos Fonseca, Roberto Amaya, Francisco Moreno, Julio Buitrago, los miles de jóvenes que “puño en alto, libro abierto” le lanzaron a alfabetizar. Que al final se imponga la ética de tantos hombres y mujeres que lucharon sin pedir siquiera “un palmo de tierra para su sepultura”, como decía Sandino.