Jorge Eduardo Arellano
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Es inevitable que todo aventurero político se crea un héroe y que razone que sus propios desmanes son prueba fehaciente de que lo es.

J. L. Borges
Leí un artículo reciente que la notable periodista Karla Castillo publicara en EL NUEVO DIARIO, relacionando con el pacifismo del proceso electoral en los EU, distinto al nuestro. La diferencia la marca el interés de clases entre los bandos que se disputan el poder, y el origen de esos bandos.

En las últimas elecciones en Managua por el FSLN corría Alexis Argüello, de origen humilde; al frente Liberal iba Eduardo Montealegre, de extracción burguesa. Esto no debe ser motivo de enfado, porque no es malo ser burgués y bueno ser pobre.

Si nos trasladamos al origen no falta la violencia. Con el Pacto del Espino Negro se marcaban dos tendencias históricas para el futuro nuestro; la del Sandinismo y la de los Vendepatria. Luego, a sangre y fuego, Somoza gobernó hasta que el pueblo lo derrocó dirigido por el FSLN. Con el triunfo sandinista el somocismo quedó adormecido en la conciencia del pueblo, pero se despertó por dos elementos claves; los fatales errores de la dirigencia sandinista en la década del noventa, y el grito de VIVA SOMOZA en las campañas de Arnoldo Alemán, que emergió en la política nuestra como verdadero líder del somocismo.

Entre los errores del FSLN en aquella década, podemos enumerar: Sectarismo, soberbia, SMP, MICOIN, avivar una guerra innecesaria, descontrol de la administración pública que facilitó el enriquecimiento ilícito, no oír al pueblo, etcétera. El grito de VIVA SOMOZA en las campañas de Arnoldo hizo el milagro de resucitar el orgullo de ser somocistas en quienes lo fueron. Porque Somoza también fue un caudillo.

Tras las últimas elecciones, convencidos de la derrota, los candidatos de la Alianza Liberal, Montealegre y Quiñónez, despotricaron contra el proceso electoral, y de forma irresponsable llamaron a sus bases para “defender en la calle” el supuesto voto usurpado. Un grupo de sus simpatizantes atendió el llamado, y corrió la sangre. Así murió una inocente niña de ocho años y hubo muchos heridos y afectados en sus propiedades. A estas alturas ya todo pasó, en apariencia, porque en verdad el odio ha tomado un nuevo impulso entre los dirigentes y simpatizantes de ambos bandos.

Montealegre y Quiñónez no están aislados, son piezas de un andamiaje de ataque y desprestigio contra el proyecto revolucionario que encabeza Daniel Ortega, como parte de la esperanza que representa para América Latina el ALBA. Este ataque es integral, nace de la política imperialista Yanki, y en él los medios de difusión juegan un papel relevante, por la facilidad con que se hacen oír ante la población. Así el panorama pinta feo, pues la derecha, lejos de calmarse, arreciará su ataque en progresión geométrica.

Hoy más que nunca la familia sandinista debe estar unida, no dejarse provocar y no caer en actos agresivos que sirvan de pretexto al adversario para desprestigiarnos, debiendo recordar siempre que las bases populares que apoyan al liberalismo son también parte nuestra, porque son pueblo humilde al que debemos captar, no enfrentar.

Los hechos son la mejor manera de convencer, por lo que resulta fácil explicar a nuestros vecinos el triste y miserable papel de Montealegre y Quiñónez, que con sus actos se han convertido en verdaderas momias de la política nicaragüense. Montealegre pidió a gritos el reconteo de las actas ¿Porqué no acudió con sus fotocopias al reconteo para hacer la comparación? Porque sabía que su discurso de “robo de las elecciones” era falso.

Daniel fue sabio, porque un llamado suyo convertiría la patria en un caos ¿Cuánto darían Montealegre y Quiñónez por contar como suya la base sandinista? ¿Cuánto darían por que sus bases liberales tuvieran la mitad de nuestra disciplina? No permitamos más enfrentamientos. La sangre que corre siempre es la del pueblo, y los liberales y nosotros somos el pueblo.

En todo caso Montealegre y Quiñónez no son líderes, y menos caudillos. Su triste papel les fue asignado por Arnoldo para deshacerse de ellos. Y ya lo hizo, pues los dejó que se convirtieran en verdaderos fracasos políticos. Ellos solos se hicieron el harakiri.