Jorge Eduardo Arellano
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De la experiencia de las contradicciones en el seno de las revoluciones, ha salido una cruel conclusión: que éstas devoran a sus propios hijos. Algo en sentido contrario se ha hecho real: que sus hijos devoran a las revoluciones. Con la revolución rusa eso se hizo patente con la aberración estalinista. A nuestra revolución popular sandinista la devoró la aberración orteguista. La revolución bolivariana lleva el acelerador presionado al máximo hacia la meta de la aberración chavista.

El proceso revolucionario venezolano nació, como todo proceso legítimo, de una exigencia social histórica. Pero no fue el triunfo de una vanguardia política que encabezara a un pueblo insurreccionado cívica o militarmente, sino de unos cuantos soldados rebeldes del ejército oficial, inspirados en sus héroes nacionales (principalmente Bolívar) con fuertes sentimientos de patria y en pro de la justicia social.

No tuvo al frente una organización política experimentada, sino el amparo inspirador de las luchas populares contra las dictaduras militares-oligárquicas. Entre ellas, la de Pérez Jiménez, derrocada en 1958, cuando la sustituyó una efímera junta revolucionaria, y al final el Estado quedó en manos de partidos corruptos de la burguesía pro gringa, de socialdemócratas y democratacristianos. Habiendo necesidad histórica de los cambios, el ánimo de transformar estructuralmente al país con justicia social y el rescate de la soberanía nacional, no existe nada escrito que impida una revolución. Ésta no se detiene porque le falte algún otro requisito conocido en otras experiencias revolucionarias.

Una revolución puede fracasar también por varias causas. No pretendo minimizar el acoso propagandístico-ideológico, las agresiones económicas, las intervenciones militares y las conspiraciones internas alentadas desde del exterior como causas de los fracasos de las revoluciones, pero no se pueden ignorar las causas endógenas de esos fracasos. Y éstos han tenido que ver con la desviación egocéntrica de los líderes que han impuesto sus ambiciones por sobre los principios y los intereses históricos por las cuales se produjeron las revoluciones.

Difícil, en un artículo, ser exhaustivo en la explicación de tal fenómeno, pero es fácil encontrar la característica mesiánica común en los líderes responsables de atraer mayores peligros hacia los procesos revolucionarios y de exponer sus avances sociales como pastos de la ferocidad contrarrevolucionaria (y lo peor: serlo de su propia ferocidad). El mesianismo es trasgresión de los principios, los que, al faltar, son sustituidos por el culto a las personas. Sin disculpar a sus aduladores, cuyo servilismo es el oxígeno que hace respirar al ogro mesiánico.

No repetiré hechos conocidos de la dirigencia rusa que se trocó en la burocracia que, anquilosada, lo anquilosó todo. De nuestra revolución popular sandinista, que terminó con una dirigencia enriquecida y mal disfrazada como líderes “de los pobres”. Al fracaso del proceso, ahora le suman el dogmatismo político-religioso y el oportunismo con recursos ajenos (venezolanos), por lo cual se ubican como fervientes repetidores del presidente Chávez.

Existen diferencias con hechos históricos demostrables, entre la revolución cubana, la venezolana y la nuestra. La desventaja de estas últimas es no contar con una dirigencia ideológicamente capaz; al mismo tiempo, con enemigos internos que perdieron el poder político, pero no su poder de convocatoria por su cuota de influencia sobre amplios sectores populares, más sus vínculos intocados –y renovados— con el imperialismo. Pero nada de eso es excusa para las aberraciones.

En Venezuela asoma el aporte que facilita la actividad enemiga: el amor desmedido de su líder por continuar en el poder, creyendo y haciendo creer en su condición de indispensable, de único, de infalible; de líder sin el cual nada puede avanzar, todo se estancaría o vendría el caos. Enfermedad mesiánica que amenaza al proceso revolucionario tanto o más que sus enemigos de fuera y de dentro. Es el ámbito en el cual el “padre e hijo” de la revolución comienza a devorarla; quitándole al pueblo su protagonismo, convirtiéndolo en masa de acción robótica, la que, si le fallara el guía, se paralizaría por su incapacidad de pensar.

No creo necesario recordar en detalles la defensa que en su oportunidad hice del presidente Chávez, después de que fue víctima de la conspiración de la derecha y de las agencias imperialistas que financiaron y animaron el golpe de Estado en 2002. Creí mi deber hacerlo y no vacilé. Me sumé a la denuncia de sus enemigos y elogié al pueblo venezolano que rescató a Chávez y le confirmó varias veces por la vía electoral como su dirigente indiscutible. Sigo apoyando al pueblo venezolano y sus cambios sociales.

Pero tampoco puedo vacilar en criticar. Uno de estos días golpeó mi conciencia ver por televisión a un Chávez ordenando que el pueblo se movilizara en reclamo de la reforma constitucional que permitiría su reelección indefinida, al mismo tiempo que proclamaba que con sus firmas el pueblo reclamaría a “Hugo Chávez allí, en Miraflores” (sic). Algo así como: digan sí a lo que yo les mando decir, y luego yo les obedeceré su voluntad.

¿No hay más dirigentes en Venezuela, capaces de guiar al país? El propio presidente Chávez, ¿no sería también garantía como asesor político del presidente que el pueblo eligiera, siendo éste de su propio partido? ¿Es el PSUV una oficina de burócratas mudos, sordos e incapaces? ¿Es esa una revolución que no tiene más que un dirigente? ¿Es tan frágil como fuerza moral y política, que si le fallara su líder se perdería en el “caos”?
Es para sentirlo por el pueblo venezolano, y desearle un despertar a tiempo de su conciencia revolucionaria, para que no se le adormezca con el culto al mesianismo. Aquí, muchos sandinistas están rendidos ante las pantomimas del “pueblo presidente”, quien –imitando a Chávez— se cree indispensable y trabaja con métodos sucios como el fraude electoral, para que se lo crean y le permitan la reforma constitucional para su reelección.

Nuestro presidente hace rato comenzó a andar por el camino equivocado: en vez de convencer con buenas razones de su aspiración (si es las tuviere), devora a quienes le disputan la nominación. Maneja el criterio maniqueo de que él es revolucionario y a sus críticos de izquierda les ubica de forma automática en el campo de la derecha y del imperialismo. Con ello, busca crear el complejo colectivo de que toda crítica es cómplice de la conspiración derechista; que deben autocensurarse para no causarle mal a la “revolución” y no convertirse en “traidores”. De esta forma, Ortega pretende que en torno suyo se vea un aura de ser intocable, so pena de caer en la condición de “pelele del imperialismo”.

En esas estamos, y Ortega, como el presidente Chávez, piensa que si él desaparece de su presidencia-hogar-secretaría, Nicaragua se hundiría en el caos. Pero Daniel ya no tiene revolución que devorar, sino lo poco que aun tenemos de la democracia que la verdadera revolución quiso desarrollar.