Douglas Salamanca
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Una lectura posible del reciente “No” a las reformas constitucionales en Venezuela es entenderlo como un reconocimiento de que la población no está todavía “madura” para las transformaciones políticas que se le proponen, ni para los proyectos de Chávez, incluyendo el de convertir a Venezuela “en una potencia mundial”.

El papel del movimiento estudiantil ha sido determinante, según se dice, para aglutinar a la oposición y conducirla al “NO”. La reacción de Chávez, que el analista mexicano Hugo Krauze ha elogiado como muestra de moderación, tiene también otra lectura: Chávez no quería confrontar o enajenar a ese sector minoritario, pero clave, de la población que votó por él para la presidencia pero que no quiso seguirlo hasta el final, apoyando las reformas. Es probable, e incluso muy comprensible, que algunos votantes tengan reservas para conferir y concentrar todo el poder en una sola persona. Es decir, prevalece en la mentalidad del electorado la conveniencia de mantener el sistema de equilibrios y contrapesos, del que hablara Montesquieu. El electorado estaría por tanto ejerciendo la prudencia o la cautela, lo cual no deja de resultar razonable.

El poder de Chávez, en la actualidad, es suficiente para llevar a cabo casi todo lo que se proponga. De hecho, controla el Ejército, el Congreso, y el Poder Electoral. Y es posible que, si su desempeño sigue siendo satisfactorio para las mayorías, él logre superar más adelante, en un nuevo referendo, el escaso margen (del 49 por ciento contra el 51 por ciento) que lo separa de sus oponentes. Otra forma de ganar sería inclinando a votar a su favor al 44 por ciento que se abstuvo. De hecho, el mandato de Chávez termina hasta el 2013 y en el tiempo que falta hasta esa fecha muchas cosas pueden suceder, sobre todo en una región tan volátil como la nuestra. Lo que parece difícil es que, como vaticina malignamente el analista Andrés Opennheimer, los precios del petróleo se vayan a desplomar, llevándose de paso al proyecto bolivariano de Chávez. El escenario parece apuntar en sentido contrario. Los precios del petróleo tienden a mantenerse elevados, permitiendo así a Chávez disponer de recursos abundantes para realizar las transferencias de recursos hacia los sectores más pobres, lo cual constituye la base --legítima, por cierto-- de su popularidad.

La victoria de Chávez es haber demostrado que en su país aún existe, pese a todo, el respeto a la ley y a la voluntad de la mayoría, y eso, ante el mundo, le sirve como una carta de presentación: “Acepto la derrota en las urnas; ergo, no soy ningún dictador”. Eso hace también más difícil descalificarlo a sus enemigos, empezando por el gobierno de Bush y su amanuense, la señora Condoleeeza Rice.

Las reformas perdieron a pesar de que Chávez las presentó atadas a un paquete muy tentador de reivindicaciones sociales que, de hecho, pueden ahora ser aprobadas por otra vía. El pueblo sabía eso, y seguro que prefirió esperar. De hecho, el no haber dado su aprobación a las reformas es una manera indirecta de presionar por nuevas concesiones y reivindicaciones a favor de los desposeídos. Esas acciones, por principio, darían al presidente más popularidad.

De acuerdo con Chávez, la nueva constitución “le daría más poder al pueblo” y “permitiría acelerar el rumbo al socialismo del siglo XXI”. Los opositores vieron en ellas ante todo un mecanismo usado por el mandatario para perpetrarse en el poder. La lectura debería, a mi juicio, ser así: Chávez siempre ganaba. Si las reformas eran aprobadas, ganaba poder. Si las reformas perdían, y él reconocía la derrota, se confirmaba como un gobernante respetuoso de la democracia.