Jorge Eduardo Arellano
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Continuó el de Masatepe: “Hemos recordado con verdadero afecto a Fernando Quiñones Chozas, y anécdotas de sucesos entre escritores, y como habíamos ofrecido, hoy les voy a contar otras. En el ya mencionado libro de Pepe Caballero Bonald, Tiempo de guerras perdidas, publicado en 1995, encontramos esta simpática referencia a nuestro Fernando Quiñones: «Una vez, invitó a Cádiz a Antonio Gala para que leyera sus poesías en no sé que centro cultural. Le había preparado una recepción que él calificó de principesca. Fue a esperarlo a la estación en un coche de caballos engalanado con ramas y cadenetas, compró un gran cartucho de caramelos para que Gala los fuese repartiendo entre los niños con los que se cruzaban, y lo condujo a una pensión que juzgó de lo más selecta. Luego supimos que la pensión no sólo no tenía nada de selecta, sino que se parecía mucho a una pocilga, con lo que Gala decidió cambiar de hospedaje, sobre todo después de haber encontrado un hueso de conejo fuertemente adherido a las sábanas. Esas actitudes le parecían a Quiñones remilgos de malcriado o de obseso por la limpieza. Un día, hace ya tiempo, se dejó olvidado en mi casa de Madrid un papelucho donde había anotado con metódica precisión las diligencias y trabajos que tenía que realizar en el mes: Decía, por ejemplo: Día 4) Mandar artículo a Informaciones; Día 9) Comer en casa de Muñoz Rojas; Día 16) Cobrar colaboración Estafeta Literaria; Día 21) Lavar pies.»”

“A José Manuel Caballero Bonald –intervino el de Managua– lo conocí siempre como Pepe Caballero, y fue, durante diversas etapas de la vida de Quiñones, su compañero de correrías. Se conocieron en Cádiz, cuando Pepe llegó a estudiar procedente de Jerez de la Frontera, y luego emprendieron juntos la gran aventura madrileña. Pepe se casó con Pepita y Fernando con Nadia Consolani. El caso es que cuando yo llego a Madrid en 1963, ambos matrimonios vivían en el mismo edificio de María Auxiliadora, y al de Pepe y Pepita los veía en no pocas ocasiones de mis frecuentísimas visitas a los Quiñones. Pero no fue sino este año en que le pedí prestado el libro autobiográfico de Pepe a Sergio Ramírez, cuando disfruté de tan buenos recuerdos, incluyendo el episodio de la singular pensión para Antonio Gala, pues me hizo recordar que para cuando nos fuimos a pasar el verano de 1964 a Cádiz y estando llena su casa familiar en Rosario Cepeda, me anunció eufórico que ya me había conseguido cupo, gracias a su personalidad y labia, en la misma pensión en donde acostumbra alojarse Antonio Gala.”

Retomó el de Masatepe su plática: “La semana pasada anunciamos a José Coronel Urtecho y su hasta peligroso ingenio verbal. Fue el incitador de los viajes a España, junto con Pablo Antonio Cuadra, de muchísimos escritores allá en la década de los sesenta. Él, que había vivido en España y había vivido, bebido y comido España, tuvo sus graves deslices, hasta el punto de enamorarse de una mujer tan famélica y lánguida, que Pepe Sandino, a sabiendas del catolicismo que privaba en aquella generación, contó que un cura había dicho que el de José no era un pecado de carne, sino que de hueso. Pepe Sandino vivió casi toda su vida a expensas de referir y divulgar los pecados de José Coronel Urtecho, hasta el punto que una vez, preguntado por esta desmesurada afición de Pepe Sandino, el poeta contestó que este hecho tenía un lado bueno, y era el que Pepe Sandino era quien se iba a condenar, pues había gozado sus pecado más que él. En España José Coronel Urtecho se relacionó con la flor y nata de la intelectualidad de la época y cultivó una profunda e imperecedera amistad con intelectuales como Leopoldo Panero, el Conde Foxá, y sobre todo con Luis Rosales. Una vez enfermó de la cabeza el poeta Coronel, y fue internado en el Sanatorio de Chapuí, en Costa Rica. Estando ahí, ya casi recuperado leyó en el periódico la noticia, muy destacada por cierto, de que pasaría una delegación de intelectuales españoles. Mandó llamar al Director del sanatorio, solicitándole, periódico en mano, permiso para ir a saludar a sus amigos al hotel donde estaban alojados. Al encargado del sanatorio le pareció absurdo que aquel hombre siquiera conociera a aquellas personalidades, y no sólo denegó el permiso, sino que en el expediente apuntó que el paciente había recaído.

Para cuando existía la revolución, Herty Lewites fue uno de los funcionarios que más se empeñó en hacer un poco agradable la vida de los nicaragüenses, maltratados por la guerra, la escasez y la tensión reinante. Inventó tiendas diplomáticas; construyó sitios turísticos como el de Granada, Pochomil y Montelimar; reformó el mercado de su natal Jinotepe, así como el cementerio. El tour al que invitó a su amigo José Coronel Urtecho concluyó precisamente en aquel remozado cementerio y orgulloso le preguntó qué le parecía, a lo que el poeta le respondió: Hasta dan ganas de quedarse.”

luisrochaurtecho@yahoo.com
Jueves, 18 de diciembre de 2008.