•  |
  •  |

Recuerdo aquella tarde en que mi padre me llevó por primera vez a conocer una sala de redacción. Yo tenía 15 años y desde que me convertí en su lazarillo urbano siempre me llamó la atención la urgencia con que él ingresaba a esa selva de papel, habitada por viejos fumadores compulsivos, se sentaba nervioso y sudoroso frente a una máquina de escribir que estuviera disponible,  entre cigarrillos y tazas de café, sin importarle el ruido desacompasado de los teclados, redactaba con cuatro dedos y sin auxilio de una libreta de notas, un artículo que entregaba en la oficina del director.

Aquel frenético golpeo en el teclado era  un acto de magia.  No me explico cómo mi padre, golpeado por el sol y las enfermedades, conservara las ideas para  integrarse armónicamente a esa sinfonía aparentemente caótica, pero perfecta de producir desde la noticia más sencilla hasta la historia más maravillosa.   Allí, en ese escenario hediondo a cigarrillos y tinta, mi padre se sentía el hombre más afortunado del mundo, aunque en su vida diaria no lo fuera.

Creo que estas visitas constantes al periódico  y esa lucha titánica que mi padre protagonizaba constantemente con la página en blanco, para parir un artículo o historia,  me motivaron  a   ingresar sin quererlo, al mundo azaroso y peligroso del periodismo.  Yo, que soñaba con una profesión más próspera como la medicina,  cuando me di cuenta,  ya estaba en la cueva del lobo aullando:   escribiendo mis primeros pinochos, jugando a la escritura sin miedo a quemarme, entrevistando a personalidades políticas, escupiendo en rueda con los tigres de papel,  hasta  que me fui enamorando del periodismo como quien se enamora de una bella mujer.

En  esta aventura  fui reportero, editor, jefe de información y hasta director de un diario local que tuvo una vida breve.  Conocí  los secretos del periodismo, la doble moral de algunos dueños de Medios de Comunicación, la explosiva e irreconciliable mezcla entre los intereses políticos y los principios éticos. También anduve en busca de la verdad hasta que me di cuenta que esta es relativa y tan volátil como la vida misma. También fui víctima de la censura y la autocensura, y protagonista de la libertad y el libertinaje. He sido héroe para unos, villano para otros.  

Ha crecido el número de amigos y  detractores.  No tengo dinero, pero tengo muchas historias qué contar, porque el  periodismo es eso: magia y conjuro,   encuentro y desencuentro, vida y muerte, prosperidad o pobreza, cielo o infierno. Es un oficio en el que todos los días nos subimos a la balanza y en un lado de ella nos detiene Dios y en la otra el diablo. Es una profesión muy especial que necesita sangre de héroe y paciencia de mártir para ejercerla.  Más que una profesión es  una vocación.

Sin embargo, a diferencia de otras profesiones liberales, el periodismo es un oficio peligroso. Mientras los médicos curan y los ingenieros realizan grandes construcciones, asegurándose un excelente nivel de vida y numerosos reconocimientos, la mayoría de los periodistas son mal pagados por las empresas informativas, despedidos cuando no se someten a las políticas editoriales y abandonados a su suerte en la tercera edad.  ¿Por  qué tanta indolencia con esos hombres y mujeres, algunos preparados, otros no; unos vivos, otros ya fallecidos,  que anduvieron chancleteando en busca de la noticia y la pauta  publicitaria para poder servir y vivir?  

No sé que ha pasado,  pero lo que sí sé es que los tiempos han cambiado.  En las actuales circunstancias, y considerando que nuestra economía ha crecido, es a la empresa privada a la que le corresponde invertir en la publicidad de los diversos Medios de Comunicación y en aquellos programas televisivos que contribuyan al desarrollo del país. No es obligación del Estado invertir en un rubro que debería ser asumido por los empresarios de este país.

Por otra parte, la revolución del Internet, la agonía de la radio como medio noticioso y el surgimiento de las redes sociales, han venido a sustituir la práctica apostólica del periodismo. Ya no se necesita andar como sabueso en busca de la noticia, golpeando puertas y sobornando fuentes. Ha desaparecido la emoción de llevar al  diario o la televisión la primicia noticiosa.

Ahora cualquiera puede “chatear” la información y esta aparece inmediatamente  publicada  en los sitios digitales.  Cualquiera toma una fotografía en su celular y la sube a cualquier sitio digital.

Los maestros de la luz y del ojo humano están en crisis. Este milagro masivo ha dejado en el desempleo  a muchos periodistas y fotógrafos que se ganaban la vida cubriendo la noticia  de forma artesanal.  Y como toda revolución, aquellos periodistas que lograron adaptarse al nuevo lenguaje de las comunicaciones, sobreviven. Los demás fueron jubilados por el tiempo y las circunstancias. Es la ley de la vida.  Unos sobreviven, otros mueren, otros se olvidan. Lo malo es olvidar. Los periodistas somos la memoria de un país.

Pese a todo este terremoto tecnológico,  creo que cada periodista tiene sus mil y una noches qué contar. No subestimo a las demás profesiones, pero ninguna es tan volátil, tan inestable y tan terriblemente encantadora como la del periodismo. Si mi padre no hubiera entrado a esa redacción, mi vida sería una porquería.  Gracias y felicidades colegas.

email: felixnavarrete_23@yahoo.com