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Las recientes reacciones que ha provocado que el papa Francisco mencionara en una nota privada e informal el riesgo de “mexicanización” de Argentina, queriendo significar con este término, la conformación de un sistema criminal en donde los engranajes son las autoridades policiales, judiciales y políticas en sociedad indisoluble con el narcotráfico organizado y la corrupción institucionalizada, ha provocado que el Gobierno mexicano haya enviado una nota de protesta al sentirse --supuestamente-- ofendido, por haber el pontífice, herido sentimientos colectivos con esa palabra.

Con respeto para las actuaciones del Gobierno de ese apreciado país, es un absurdo de calle a calle negar una realidad tan brutal, cuya definición enciclopédica puede evidenciarse diariamente en todos los medios noticiosos, con los que podrían acumularse ‘terabytes’ de información con esas gravísimas situaciones “normales” que acontecen en esa hermosa y culturalmente rica nación.

La supuesta molestia oficial ante un hecho obvio, despierta no solamente curiosidad por su irremediable torpeza política, que debió haberse aprovechado para crear apoyo internacional ante una situación tan lamentable, en donde --con todas las complejidades de esos terribles males-- el gobernante mexicano, políticamente, parece un boxeador fuera de forma; arrinconado y “groggy”, ya que no es noticia su fracaso estrepitoso, precisamente en el combate al narcotráfico y la corrupción que ha signado su errático ejercicio, incluyendo graves cuestionamientos personales, a él y sus familiares, sobre la adquisición de valiosos activos en forma opaca, para decirlo educadamente.

El riesgo de “mexicanización” no solamente existe en Argentina. Cualquiera de nuestros vulnerables países en Centroamérica puede ser presa fácil de esas estructuras --que operan como verdaderas corporaciones transnacionales-- si no se trabaja en forma enérgica identificando sin reservas el problema; evidenciándolo, mostrándolo en todo su poder destructivo del tejido social; en vez de negar una coyuntura, que no se necesita anteojos para verse.

Hace tiempo se hablaba de “vietnamización”, “balcanización”, “europeización”; hoy se habla de “la rusificación de Crimea”, “el temor de la iraquización de un conflicto”, “la chinatización del Tíbet” --entre otros términos geopolíticos-- para ilustrar situaciones cuya evolución y características originarias, desembocaron en un escenario particular.

Entonces, hablar de “mexicanización” es muy útil, pues llena oportunamente un vacío conceptual y necesario en nuestra lengua.
Si se llegó al extremo del ridículo de protestar ante quien comprobadamente viene buscando el bien común, como es el papa Francisco, sobre el uso de un término que probablemente no tenía esta acepción específica, es seguro que a partir de ese lamentable amateurismo político quedará ahora globalizado, demostrando ser precisamente una “cantinflada” que ilustra magistralmente este tipo de actuaciones --y que por cierto-- cuyo vocablo y significado, puede usted comprobar que hace años, meritoriamente, fue incorporado en el diccionario RAE.

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