Galo Muñoz Arce
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El derecho a la comunicación no es una cuestión de libertad de expresión, no es una autonomía de línea editorial, en ese ámbito nos estamos jugando los derechos humanos. Solo si logramos el derecho a la comunicación podremos hacer realizable los demás derechos: a la educación, a la salud, a la igualdad económica, a la dignidad.

Si de algo debemos estar claros, es que la democratización de la comunicación en Latinoamérica solo pasará hasta que la gente tome conciencia de ello y exija medios diferentes, con pluralidad de ideas y de contenidos, para obtener mejor y calidad de información.

En este sentido, las nuevas tecnologías son una herramienta de las que deben apropiarse los medios comunitarios y públicos, ya que estos espacios son los que posibilitan acercarse a la gente e interactuar.

Si hablamos de comunicaciones, de gobernanza de Internet, de copyright, de temas que son estratégicos para el futuro como la soberanía tecnológica, el desarrollo de nuestra industria cultural, requerimos de una agenda común que permita abrir el debate público sobre la regulación y organización de sistemas de comunicación públicos y la definición de una estructura más equilibrada en cuanto a la propiedad de los medios.

Es cierto que estamos viviendo un proceso de transformación con la convergencia digital, la gente está tomando la palabra, quiere participar en la comunicación, tiene algo que decir y quizás los medios convencionales no están dando esa voz y con esa sensibilidad que está demandando la ciudadanía.

Por esta razón se hace necesario, acompañar los procesos que viven los movimientos populares y las organizaciones sociales que reivindican el derecho a la palabra. Por otro lado, recuperar el pensamiento latinoamericano puesto que existe una gran potencia creativa y de transformación que debe estar valorizado en nuestras universidades, en la formación de periodistas, en la capacitación e impulso del pensamiento crítico emancipatorio.

Si hace cuarenta años se necesitaban fuerzas armadas para imponer un modelo político, económico y social, hoy basta con tener el control de los medios de comunicación masivos para bombardear el imaginario colectivo, desde la información, la publicidad, el entretenimiento.

Pasamos de una guerra con armas letales, a una guerra con armas simbólicas y si bien recitamos sobre la guerra cultural, la batalla de las ideas, no estamos preparados para esa guerra simbólica que (donde) los movimientos populares no se han adueñado de las nuevas armas que son, de repente, la cámara, el grabador, la computadora, las redes sociales, la radio, la televisión, entre otras.

Es una batalla simbólica, es una guerra diferente, pero que tiene armas diferentes y que para poder dar la batalla hay que capacitarse, hay que profesionalizarse, hay que tener agendas propias, saber qué es tener una agenda propia; ser proactivos y no reactivos, es cambiar de época.

Si nosotros pasamos 523 años en la etapa de resistencia al colonialismo y al colonialismo cultural, ahora tenemos que empezar una etapa de construcción, de una nueva comunicación, de una nueva sociedad. Para eso necesitamos actualizar los viejos paradigmas liberales de la comunicación.