Mónica Zalaquett
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“Me llamo Josué y tengo 28 años. Me crié con mi madre y mi padre, pero mi papá era policía y nos gritaba mucho, no nos dejaba salir ni a jugar y tenía un régimen demasiado estricto para tratarnos. El ya murió de cáncer, porque fumaba demasiado y a todos nosotros nos dolió mucho su muerte, a pesar de que haya sido tan duro.

Como a los diez años, me rebelé y empecé a andar en las calles con otros chavalos, a tomar y fumar con mi pandilla. Luego por varios años nos dedicamos a robar, buscábamos pleitos en todos lados, nos enfrentábamos con otras pandillas a pedradas y a balazos. Cuando yo tenía 19, mataron a un amigo en la puerta de mi casa. Yo me había criado con él desde chiquito, caminábamos como hermanos y yo sentí una gran rabia y tristeza porque no pude hacer nada. Yo le quise abrir la puerta, pero los traidos me lo arrebataron de los brazos y lo apuñalearon.

En ese momento decidí vengarme. Ya para entonces había visitado el Ceprev, pero no acepté sus consejos, ese día conseguí un AK y matamos a dos del bando contrario. Los pleitos siguieron y luego cuando tenía 22 años, me hirieron en un enfrentamiento. Recibí seis balazos y 16 machetazos. Estuve en coma dos meses y quince días. Mi padre había muerto un mes antes, pero yo inconsciente lo miraba a la orilla mía sobándome la cabeza. Al principio yo pensaba, estoy muerto porque lo estoy viendo. Cuando desperté, le dije a mi mamá: "Mi papá estuvo aquí", pero ella no me pudo creer. A los dos días después de despertar lo volví a ver a mi lado en la cama y él me dijo: "Componete, cuidá a tu madre y a tus hermanos".

Después de eso acepté vivir otro de los talleres del Ceprev, y entonces me sentí liberado de todo lo malo que había hecho. Le pedí disculpas a mucha gente a la que le había hecho daño, y ya no seguí en las calles buscando pleitos. Si yo no hubiera asistido a ese taller mi vida no hubiese cambiado. Empecé a andar con una muchacha y tuvimos un hijo. Luego nos separamos, pero al niño lo veo cada semana porque él es todo para mí, lo cuido de la mejor forma porque he decidido que a él no le va a pasar lo que yo viví.

Mi vida ha cambiado demasiado, antes no conseguía ningún trabajo, ahora soy soldador y también salgo a vender frescos y comida. Tengo otra pareja que tiene una niña y yo le ayudo a mi suegra a vender en su comidería. Ella me tiene confianza porque ha visto mi cambio, yo le llevo las cuentas honradamente, algo que nunca hubiera hecho cuando andaba en las pandillas.

También mi madre dice que se siente orgullosa de mí y me pide que siempre siga así porque ella sufrió demasiado cuando me balearon. Una vez me dijo, "desde la última vez que fuiste al Ceprev cambiaste rotundamente, dejaste de andar en las calles y las pandillas y le doy gracias a Dios por eso, veo que todo el mundo te viene a buscar, que se te acerca la gente que no te hablaba en el barrio" y eso me hizo sentir bien conmigo mismo.

Ahora, cuando hago verjas o portones, busco a los otros muchachos que andan en las calles para que trabajen conmigo porque hay unos niños en mi barrio que ya andan en pandillas y yo les aconsejo con mi propia historia, les muestro todas las cicatrices que ando en el cuerpo y les hablo de lo triste que fue mi vida cuando andaba de vago.

Ayer por ejemplo, cuando estaba trabajando, le dije a uno de esos chavalos que fuera a las actividades del Ceprev, pero él me dijo "el que es vago, es vago". Entonces yo le dije "así pensaba yo antes, pero mirá cómo cambió mi vida y cómo me busca la gente para darme trabajo, y le dije no esperés a que sea demasiado tarde, a estar herido o preso como me pasó a mí para cambiar". Y ya decidí que yo mismo los voy a acompañar al Ceprev para que acepten participar.

Yo pensaba antes como esos chavalos, que yo era el mejor, que nadie me ganaba, le decía a los de mi pandilla "soy más que ustedes, me creía el más lanzado". Por eso mismo me balearon por andármela tirando de macho. Ahora comprendo que ese machismo no te deja nada, y yo les digo a los chavalos que no anden tirándoselas de bravitos en las calles, porque eso al final es lo que te lleva a la cárcel o al cementerio”.

(La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio)