Natalia Chávez Arróliga
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A Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez (arzobispo salvadoreño), lo asesinaron el 24 de marzo de 1980, acto perpetrado por la extrema derecha salvadoreña, en el contexto de los conflictos armados de 1980-1982, cuando oficiaba misa un día después de pedir en una homilía: “En nombre de Dios y de este sufrido pueblo les ruego, les suplico, les ordeno, en nombre de Dios, cese la represión”.

Recientemente, el papa Francisco decretó que el religioso fue asesinado por odio a la fe y aprobó una declaración de martirologio, algo decisivo, ya que entonces no es necesario reconocer un milagro, allanando así el camino a la beatificación.

A Monseñor Romero lo asesinaron por ser un hombre valiente, acallando su voz que fue la voz multiplicadora de los sin voces, un ejemplo a seguir, un singular religioso que desde el púlpito y con la fe siempre puesta en Dios, combatió los ultrajes, vejámenes y cruentos asesinatos en los años ochenta, en el entonces congestionado país (El Salvador), entregando su vida en defensa de su prójimo.  

La causa de su beatificación estuvo bloqueada durante años por temor a una asociación con la teología de la liberación. El papa Francisco, la destrabó casi inmediato a su elección.

Divergiendo de otros candidatos, los mártires pueden alcanzar la beatificación, siendo el primer paso a una eventual elevación a los altares, sin que se atribuya un milagro a su intercesión. Empero, para la canonización, el Vaticano sí demanda un milagro.

Pero el solo hecho de que Monseñor Romero se haya tornado en vicario de los designios de Dios, al elevar su voz y defender a su pueblo, intercediendo por ellos, implorando el cese a la violencia imperante de esa época y que ello le costaría la vida, sin perder nunca el norte de su fe tan grande, que primó ante sus humanos temores por su integridad física, es en sí mismo, un milagro.

Romero trascendió al inmarcesible plano de la recordación y la admiración, una suerte de vida eterna solo alcanzable por los hombres de fe, los grandes hombres de Dios. Este acto del papa Francisco, reivindica nuevamente a la Iglesia. Después vendrá el camino a la santidad; empero, en este caso en stricto sensu, no media la existencia de un milagro, ya que con su martirio, operó una suerte de exvoto en los pueblos de América y el mundo.   

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, es hoy una fuente inagotable de inspiración, las muestras son abundantes, entre ellas: El cantautor panameño Rubén Blades, conjuntamente con Seis del Solar & Son del Solar basó su tema: “El Padre Antonio y su Monaguillo Andrés”,  que forma parte del álbum “Buscando América”, en el asesinato perpetrado en contra del arzobispo salvadoreño.

La melodía cuenta la historia del cura español Antonio Tejeira, que dejó su tierra rumbo a un “pueblito en medio de la nada”, en donde Antonio acostumbraba predicar en su sermón la “condena a la violencia”. Él es acompañado por el jovencito Andrés Eloy Pérez de diez años, quien logra convertirse en su monaguillo. De manera trágica, ambos fueron asesinados por un desconocido mientras el sacerdote oficiaba la comunión un “domingo de misa”, en medio de la guerra.

Asimismo, el presidente estadounidense Barack Obama, en su viaje a San Salvador en marzo del 2011, visitó la tumba de monseñor Romero en la víspera del 31 aniversario de su asesinato para rendirle tributo.

En su visita conversó con Monseñor José Luis Escobar Alas y el entonces presidente Mauricio Funes. Antes de retirarse Obama y sus dos acompañantes, prendieron velas ante la efigie de Romero.

En América Latina y el mundo, suenan las campanas nuevamente, pero esta vez, por la beatificación de un cura bueno: Monseñor Óscar Arnulfo Romero.

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