Jorge Eduardo Arellano
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No me gusta el prólogo a la obra poética de Carlos Martínez Rivas, Horno al rojo vivo, de Sergio Ramírez, pero menos me gusta la censura en contra de él o de cualquier otro escritor en cualquier parte del mundo. En el prólogo de marras más que un abordaje realizado desde la fenomenología, la estilística, el estructuralismo, la semiótica o los estudios culturales de la obra del Maestro Martínez Rivas, que contribuya a presentar esta obra a la comunidad peninsular de la lengua española, nuestro célebre novelista intenta un retrato hablado muy bizarro y goyesco de un personaje complejo en sus diamantinas y escatológicas facetas.

Sergio Ramírez ha realizado con mucho amor-odio unos cuantos trazos de su retrato personal e íntimo de CMR. El prólogo de Sergio es como un capítulo de una novela imposible de escribir porque solamente CMR la podía escribir: La novela de Carlos. Una novela que inclusive escrita por el mismo poeta siempre sería deficitaria, dada las proverbiales capacidades de autodestrucción y de auto justificación que caracterizan a los creadores. Hay que reconocerlo, somos célebres pavo reales del Jardín de las Hespérides.

Una buena parte del poetariado nacional tuvo una relación o al menos un encuentro o encontronazo con Carlos Martínez Rivas, en su hollar la tierra durante esos 74 fructíferos y maravillosos años de su tenaz vida (1924-1998). Estamos claro que Carlos es uno de los poetas sobresalientes de la lengua española del siglo XX, pero también fue un tipazo realmente difícil y sus relaciones siempre las estableció en esa díada maravillosa descubierta por Sigmund Freud del amor-odio. Casi todas las relaciones trascendentales en la vida de uno son así, nomás recordá los tantos amores que vos hipócrita lector -mon frére- has tenido. Si alguna vez tuviste la dicha de amar.

De ahí que Sergio Ramírez, nuestro novelista más prolífico y famoso, tenga perfecto derecho de escribir lo que se le ocurra de Carlos Martínez Rivas, quien en vida habló “bellezas” de cada uno de nosotros estando presentes o ausentes. Ese derecho a escribir y publicar lo que quiera sobre CMR, X, Y o Z, nadie se lo puede negar, mucho menos censurarlo por razones extra literarias es decir, de tirria política. Asimismo considero que cualquier ilustre miembro del poetariado nacional e internacional tiene el perfecto derecho de criticar el prólogo de SRM sobre la obra de CMR.

Y más sabroso hubiese sido para mí y para otros -dizque lectores y amigos de Carlos- cuestionar la ausencia de una auténtica valoración literaria de su poesía una vez publicado dicho prólogo. ¡Qué rico hubiera sido levantarle las sotanas a este Papa de la novelística contemporánea y a los españoletes de El País por andar publicando buruscas y no sólidas lecturas de la obra de CMR. ¡Qué flaco favor le hicieron a Don Sergio los censores de turno de la tiranía actual! ¡Qué torpeza inaudita!
No me cabe la menor duda, tal como su lectura trasluce, que Sergio escribió su prólogo con mucho amor-odio para recuperar al monstruo y su dibujante. En el papel puso más del monstruo, cosa que resiente y hiere a todos los que tuvimos una relación con CMR y hemos podido valorar la calidad de su obra y su extraordinaria humanidad. Porque sí era un ser humano complejo, generoso y magnífico. Siempre que no se tratara de competencia literaria, veleidad a la que era muy dado. Porque CMR tenía el defecto y el desafecto de competir con todos/todas pretendiendo ignorar que él siempre era caballo ganador en cualquier justa injusta.

No quiero dejar de anotar en este breve artículo que no es necesario hablar de la biografía de un autor para presentar su obra. Generalmente los autores, poetas, novelistas, pintores, músicos, somos seres plagados de muchos defectos y somos más despreciables que El Chacal de la trompeta, quien según Don Francisco es el más despreciable de todos.

No aporta nada al conocimiento de una obra escribir que tal autor era borracho, drogadicto, mujeriego o gay. O aventurar especulaciones sobre el suicidio de la madre por haber abusado de unas joyas confiadas a ella para enviarle dinero a su hijo poeta en París. Esta basura humana, cierta o no, debe de quedar para la biografía o la novela. Las obras de los creadores se sostienen en el tiempo más allá de sus perversiones, defectos o virtudes. Así lo demuestran las obras de Safo, Poe, Baudelaire, Rimbaud, Wilde, Darío, EMS, CMR, EC y etc.

Sin restarle mérito a Sergio Ramírez, nuestro insigne escritor, y a su bizarro retrato, y sin negarle el derecho al mercadeo a El País para la obra poética de Carlos Martínez Rivas, más productivo para una justa presentación de la poesía insurrecta y solitaria, hubiese sido un trabajo de Pablo Centeno, Julio Valle Castillo, Álvaro Urtecho, Steven White o Anastasio Lovo. Pero donde mandan las largas trompetas de la fama y los viles euros, poco o nada tiene que ver la calidad de la poesía y su crítica. ¿Qué pena, no?