Leslie Nicaragua
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¿Cuál es la causa real por la que un hombre o una mujer busca a Dios? Le pregunté este miércoles a un estudioso de la Biblia. A decir verdad, la afirmación más simple parte de dos deducciones claras: un suceso maravilloso o una experiencia muy negativa que convergen en una misma vida. Ambos hechos indispensablemente conducen a la urgente búsqueda de una irrefutable verdad.

Pero el teólogo propuso algo más sencillo aun: la paz de uno mismo. En esa frase resumió el conocimiento de sus largas investigaciones. “Más tarde que temprano las circunstancias vitales llevan a todo ser a un vacío que no puede llenarse con nada humanamente concebible”, agregó. “Aunque hay que tener cuidado de donde se busque esa paz, pues todos los medios son lícitos para buscarla, sin embargo, no todos agradan al que se busca”, meditó el hombre.

Sus palabras me recordaron un filme que miré hace poco titulado “Un poco de fe”. La historia es simple, un famoso periodista judío poco practicante, Mitch Albom, de pronto se ve envuelto en una encrucijada mística: por un lado, su antiguo y anciano rabino le pide ser su sucesor de la sinagoga en la que Albom se formó, y por el otro, conoce “casualmente” al pastor de raza negra Henry Covington, que en su pasado, quebrantó asidua y consecutivamente los diez mandamientos bíblicos.

Atrapado por la necesidad de encontrar el camino eficaz que le ayude a creer que puede ser un hombre capaz de amar, perdonar y servir, Albom se dedica a estudiar su religión, a la vez asiste a las prédicas que desde su pobre y agujereada iglesia expone el reverendo Covington, al que le cree poco porque su vida fue la antípoda de la que tuvo el rabino, un hombre justo e intachable.

Atribulado por sentirse infiel a su fe, le cuenta a su maestro que ha estado visitando una iglesia cristiana --algo inaudito para un judío--, pero lejos de una reprimenda, el viejo rabino le contesta: “¡Mira cuánta variedad de árboles hay! Todos los hizo Dios. Imagínate qué aburrido sería el mundo si solo  existiera una sola variedad de árbol. Escoge uno, y si puedes ayudar a que otros escojan el suyo, hazlo”.

Albom se conmueve tanto por la respuesta recibida por su rabino, como por las acciones de Covington, quien ofrece lo poco que tiene a sus congregantes, que decide ayudar a reparar el templo cristiano al realizar una colecta pública a través de su columna periodística. Esa acción le lleva tanta paz, que lo convierte en un verdadero practicante de su fe.

Como Albom, existen muchas personas cuya comodidad de pronto se ve quebrada por pruebas materiales o emocionales que solo pueden ser superadas a través de la incesante indagación de sus orígenes y el restablecimiento natural del anhelo de valor en la vida. Esta es la inquebrantable ley de la causa y el efecto que debe reflejarse en un cambio de conducta creíble y practicable. Porque solo así podría conseguirse ese acercamiento espiritual que se desea.

La religión, como dijeron el teólogo y el rabino, solo es el medio, pues en cada cual está la disposición de creer. Afortunadamente, me he dado cuenta de que tengo 37 años y, aunque he tardado mucho en despertar, estoy dispuesto a escoger mi árbol y regarlo a diario con todos los estudios que ayuden a acrecentar este poco de fe que aún tengo. Porque se debe estar muy claro de que lo importante no es lo que te sobreviva --huesos o polvo--, sino la posibilidad certera de que tu futuro tiene un sitio concreto. Así que usted también elija hoy su árbol y no deje de abonarlo, los frutos pronto se verán.