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Hace veinte años, cuando el mundo organizó una conferencia histórica sobre los derechos humanos de la mujer, el devastador conflicto en la ex-Yugoslavia llamó merecidamente la atención sobre las violaciones y otros crímenes de guerra que allí se estaban cometiendo contra las civiles. Dos decenios más tarde, cuando niñas de tan solo siete años de edad son blanco de ataques por parte de extremistas violentos, podríamos sentirnos descorazonados sobre el valor de los foros internacionales. Pero, si bien tenemos un largo camino que recorrer para lograr la plena igualdad —donde el fin de la violencia por razón de género es un objetivo central— los progresos realizados en los últimos veinte años demuestran que la Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Beijing (1995) sigue teniendo valor.

Desde la adopción de la Declaración y Plataforma de Acción, más niñas han alcanzado el mayor acceso a la educación. El número de mujeres que mueren al dar a luz se ha reducido prácticamente a la mitad. Más mujeres están al mando de empresas, gobiernos y organizaciones mundiales. Celebro estos avances. Al mismo tiempo, en este Día Internacional de la Mujer, debemos reconocer que los logros han sido demasiado lentos y dispares y que debemos hacer mucho más por acelerar los progresos en todas las zonas del mundo.

El mundo debe unir sus fuerzas para responder a los ataques contra mujeres y niñas por parte de los extremistas violentos. Desde Nigeria y Somalia hasta Siria y el Iraq, el cuerpo de la mujer se ha transformado en un campo de batalla donde los guerreros llevan a cabo estrategias específicas y sistemáticas, a menudo basándose en el origen étnico o la religión. Debemos adoptar una postura internacional clara contra este asalto total a los derechos humanos de la mujer. La comunidad internacional debe traducir su indignación en medidas concretas, como asistencia humanitaria, servicios psicosociales, apoyo a los medios de vida y esfuerzos por llevar a los autores de estas atrocidades ante la justicia.

Incluso en las sociedades que viven en paz, son demasiadas las niñas y las mujeres que siguen sufriendo malos tratos en el hogar, mutilación genital y otras formas de violencia que las traumatizan como individuos y dañan a sociedades enteras. La discriminación sigue siendo una espesa barrera que se ha de romper. Debemos ampliar las oportunidades en la política, la empresa y en otros ámbitos. Debemos cambiar las mentalidades, especialmente entre los hombres, inspirándolos a que se conviertan -ellos mismos- en agentes activos del cambio. Y debemos respaldar nuestra determinación con recursos, basándonos en el entendimiento seguro de que las inversiones en igualdad entre los géneros generan progreso económico, inclusión política y social y otros beneficios que, a su vez, fomentan la estabilidad y promueven la dignidad humana.

Este es un año vital para el avance de la causa de los derechos humanos de las mujeres. La comunidad internacional está trabajando duro para establecer una nueva agenda para el desarrollo sostenible que se basará en lo logrado con los Objetivos de Desarrollo del Milenio y conformará las políticas y las inversiones sociales para la próxima generación. Para que sea realmente transformadora, la agenda para el desarrollo después de 2015 debe dar prioridad a la igualdad entre los géneros y el empoderamiento de las mujeres. El mundo no alcanzará nunca el 100% de sus objetivos, si el 50% de la población no puede realizar su pleno potencial. Dando rienda suelta al poder de las mujeres podemos asegurar el futuro para todos.

(El autor es secretario general de las Naciones Unidas)

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